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Es una pena, pero el mundo está últimamente descosiéndose demasiado y se llena de desgarros que lo dejan en carne viva. Soñábamos ingenuamente que la globalización sería esa untura mágica que iba a cicatrizarlos y a convertirnos entonces en una comunidad internacional, viable y pacífica. Pero ni siquiera internet ha logrado impedir que hoy, a finales de 2016, se nos quite la idea de que levantar muros es la mejor solución para nuestros problemas más graves. Lo vemos en no pocos países: políticamente se implanta la moda de recurrir al miedo, de jugar a la defensiva, de enrocarnos en lo propio y de cerrar los ojos a los dolores del otro. Esa es nuestra contradicción como sociedad del siglo XXI: en el flujo de la interconexión, al bien no le salen las cuentas y se está haciendo menos global.

La Navidad nos visita en medio de este panorama y, como le es costumbre, pone un mensaje incisivo en lo más interior del corazón. Belén es espacio estigmatizado por la exclusión, hasta el extremo de que, literalmente, Dios nace allí donde se le deja. Su establo es el lugar exiguo que queda libre entre los muchos muros políticos, sociales, económicos, religiosos y culturales del siglo I. Sin embargo, literalmente también, Dios nace allí donde quiere para iluminarlo con la luz potente de una estrella que sobrevuela por encima de nuestras diferencias. En Belén la humanidad, no una parte de ella, comprende que ha sido visitada por una salvación que importa a todos, también a los que están fuera de nuestras murallas.

Francisco José Ruiz, sj

(Extracto del editorial del último número de "Jesuitas") (VER)

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