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El pasado lunes, celebramos en el Colegio “Apóstol Santiago” de Vigo, una interesantísima tertulia sobre el casi desconocido jesuita Pedro Páez. El periodista y escritor Javier Reverte, que tiene un libro sobre este notorio misionero en Etiopía, no quiso darnos una charla formal, sino que disfrutáramos de una ‘mesa redonda’ sobre su figura.

Ocupaban el estrado el P. Antolín de la Muñoza, superior de los jesuitas en Vigo, Iván Mirón, Director del Colegio, y el propio Javier Reverte, que se prestó a informarnos de este jesuita paradigmático.

Iván hizo la presentación del acto, del ponente y del porqué de esta presentación, dentro de los actos organizados en el Colegio, entre las actividades propias de la Semana Ignaciana. Dos profesores del centro, Ramón Lago y Francisco Blanco, se habían interesado en recopilar información sobre el P. Pedro Páez. Y se lanzaron a invitar a un erudito como Javier Reverte, para que nos ilustrara sobre su persona, su figura y su obra.

Igualmente, Iván presentó a éste: Escritor y periodista, Javier Reverte nació en Madrid en 1944. Cursó estudios de Filosofía y Periodismo. Fue corresponsal en Londres, París y Lisboa, entre otros destinos. Dentro del mundo periodístico, ha ejercido diversas funciones, y también ha sido guionista de radio y de televisión.

Su producción literaria abarca novelas, poemarios y libros de viajes. Es en este género en el que ha cosechado más popularidad: su “Trilogía de África” (compuesta por ‘El sueño de África’, ‘Vagabundo en África’ y ‘Los caminos perdidos de África’) le reportó gran consideración por parte del público. Otros libros de viajes han tratado sobre Centroamérica, el Amazonas, Grecia, Turquía y Egipto.

Aparte de algunos poemarios como “Metrópoli” “El volcán herido”, ha tenido éxito con novelas como “Todos los sueños del mundo” o “La noche detenida”. En 2010 resultó ganador del ‘Premio Fernando Lara’ de novela por “Barrio Cero”.

En “Dios, el diablo y la aventura”, nos cuenta la apasionante vida del jesuita Pedro Páez, el español que llegó en 1613 a las “Fuentes del Nilo Azul”, en medio de Etiopía, lugar emblemático, buscado desde por Julio César, Nerón o el mismo Napoleón.

Javier inició su relato sobre el protagonista de su obra, pero fue dejando espacios, para que tanto Iván como Antolín, fueran haciéndole preguntas, y contestando a las que iba haciendo con gran interés, el nutrido público que asistió al acto.

Entre los cientos de exploradores y aventureros que la historia de España puede mostrar con orgullo, pocos son comparables a Pedro Páez, nacido en 1564 en la pequeña localidad de Olmeda de las Fuentes, a 25 km de Alcalá de Henares.

Reconociendo muy dentro de sí mismo la vocación a ser misionero, ingresa en la Compañía de Jesús, estudia en Belmonte y en la Universidad de Coimbra, partiendo, antes de ordenarse sacerdote, para Goa. Allí los superiores jesuitas le encomiendan ir, con otro compañero, el P. Antonio de Montserrat, mayor que él, a Etiopía. El viaje resulta largo y penoso, como eran los de los misioneros de aquellos tiempos. Poco antes de llegar a su destino, son hechos prisioneros, teniendo que caminar encadenados a las colas de unos camellos, y pasar un tiempo remando en un galeote.

En 1620 escribe «La Historia de Etiopía», libro germinal para la literatura científica e histórica. Sin embargo, uno de los datos más elocuentes de lo lejos que hemos estado de hacer justicia a su memoria es que la gran obra de Páez estaba inédita en español. Los ingleses lo valoran como un antecedente de Darwin porque es un libro de alto contenido científico. Sus fuentes son absolutamente comprobadas, y hay que pensar lo que era eso en 1620, todo un antecedente del periodismo y la ciencia modernos.

Los españoles, sin embargo, hemos dejado traspapelarse en el olvido a héroes anónimos, protagonistas de grandes hazañas, de las que deberíamos presumir y estar orgullosos. Con casos como éste en España descubrimos que no es la envidia nuestro pecado nacional, sino el olvido. Fraga Iribarne hizo popular aquella significativa frase: “Spain is diferent”. Y, en muchos campos, es triste comprobar la falta de valor que damos al esfuerzo, la honradez, el trabajo, o la solidaridad.

Pero, ¿cómo llegó a Etiopía este jesuita intrépido? Poco después de la muerte de San Ignacio de Loyola -en 1556-, pululaba en el ambiente la frase evangélica “¡Id e inflamad el mundo!”. Y fueron muchos los ‘compañeros de Jesús’ que dejaron su ‘zona de confort’, y se encaminaron a las ‘Indias Orientales y Occidentales’, tanto por el afán de extenderla ‘buena noticia’, como por hacer de su vida algo que mereciera la pena: Francisco Javier, Roberto De Nobili, Mateo Ricci; el Español José de Anchieta -fundador de Sao Paulo- o el peruano Antonio Ruiz de Montoya -propagador de la lengua guaraní-.

Hoy podríamos decir que tenían una ‘pasta’ especial: inquietos, creativos, estudiosos, emprendedores, audaces, comunicativos, y con uno de los exponentes de la inteligencia y objetividad, que fue su gran sentido del humor. Tanto como de su fe en Jesús, eran seres humanos convencidos de que la vida hay que convertirla en un espacio y tiempo de una realización digna: no hacer con nuestra existencia lo que los demás pretendan para nosotros, sino dar vida al sueño que Dios tiene sobre mí.

A pregunta de Iván, nos confesó Javier su gran pasión por África, continente que enamora, que él ha recorrido en casi todas las direcciones, quedándose con Tanzania, como la más bella y atractiva. Aunque le llamó mucho también Mozambique -en especial, Maputo, su capital-, y nos recomendó encarecidamente viajar todo lo que nos sea posible. En un pueblo de Zimbabwe, se dice el refrán: “La cabeza se abre con los pies”, viajar es lo que más enseña.

Pedro Páez tuvo que ‘lidiar’ en Etiopía con musulmanes y, sobre todo, con coptos ortodoxos. Empezó poco a poco, con gran sabiduría y humor, debatiendo con teólogos coptos ortodoxos, y acabó convirtiendo al catolicismo a dos emperadores con oficio prudente y con la política de aprender de los habitantes. Etiopía era el único país de África con lengua escrita, el amárico y con otro idioma antiguo, como nuestro latín, que era el ‘ge’ez’. Páez dedicó una gran parte de su tiempo a familiarizarse, para poder estar familiarizado.

Mientras que sus sucesores, desbarataron mucho de su gran obra, por el afán -de una gran parte de la Iglesia, de entonces y de ahora- de imponer y convencer de la verdad que poseían y debían imponer, Páez, como los conocidos protagonistas de “Las Reducciones del Paraguay”, preferían ‘inculturarse’, aprender, ‘hacerse todo a todos’, sin necesidad de entrar como elefante en cacharrería, en culturas, religiones y ambientes desconocidos.

No en vano Ignacio, en su pequeña gran obra “Los ejercicios espirituales”, pone como uno de sus primeros presupuestos: “Se ha de presuponer que todo buen christiano ha de ser más prompto a salvar la proposición del próximo, que a condenarla”.

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