Publicado: Jueves, 15 Marzo 2018

El Examen Ignaciano llega a las aulas de Primaria del colegio San José de Valladolid

Los pequeños del colegio San José de Valladolid -de 1º a 6º de Primaria- han comenzado este curso a poner en práctica el Examen Ignaciano. Los viernes disponen de un tiempo muy distinto a todos. Un tiempo para mirar dentro de cada uno. Un tiempo para pensar, como lo llaman los más pequeños, que en realidad es el germen del Examen Ignaciano, como ya lo formulan los mayores de 9 años en su libreta espiritual. El equipo de Pastoral ha integrado en su pedagogía la herramienta de Ignacio de Loyola, con todos sus valores para crecer también en los silencios, “desde dentro”. Es una tarea encomendada a los tutores. Ellos generan ese espacio de confianza propicio para interiorizar con la mirada en el evangelio dominical leído el lunes. El primer día de la semana marca los ritmos de manera que la Palabra se transfiere al día a día de los más pequeños en forma de fábula, los martes; de vídeo, los miércoles; de canción, los jueves, para culminar el viernes en la historia de cada uno. En ese “fondo último donde uno se encuentra consigo mismo y con Dios”.

Los gestos son importantes: apagan la luz, cierran los ojos y comienza a sonar una música relajada. El cultivo de la interioridad requiere de un método y los tutores lo practican durante los 15 primeros minutos de su clase. Primero rescatan ese Mensaje con el que arrancaron la semana. Esa virtud. Esa lección de vida. Ese propósito evangélico y que hoy recibe su balance. No es un examen cualquiera. Es el que pasa por el corazón, con sinceridad y con libertad. Los pequeños del primer ciclo valoran su cumplimiento con un gomet. Sencillamente, uno a uno, en silencio, se levantan de su silla para pegar en el listado ese círculo rojo, naranja o verde, que marca el grado de satifacción ante su respuesta.

Los mayores reflejan en su libreta espiritual, custodiada por el tutor, ese balance. El tutor habla de amistad, de escucha y de una semana de vida. Las reacciones se quedan en su interior. Sin supervisión escriben de momentos alegres y momentos difíciles. Heridas y caricias. Y bucean, sin saberlo del todo, en todo lo que hay de presencia de Dios en su día. Para ello, la cara B de la portada de su libreta ofrece unas pautas en esta búsqueda. Pienso en las cosas buenas: “sobre todo, gracias”. Hago memoria de aquello en que no he actuado bien, me he enfado con mis amigos, no he ayudado en casa: “a mejorar”. Un mejorar desde la sanación del perdón, para convertirse en esa persona buena y feliz en cuya felicidad entran los demás. “Le pido que me ayude a mejorar y pienso una cosa en la que puedo mejorar hasta el viernes que viene”.

Termina este tiempo único y especial. No hay nada igual en todos los días. “Nos ayuda mucho porque si has hecho algo malo esta semana, lo piensas y te ayuda a mejorar”, dicen. Hay mucho más. Este repaso de lo más reciente posee la rica semilla para encontrar a Dios y sus bendiciones en la vida cotidiana. Alabar, dar gracias y pedir perdón conforman ese núcleo del examen concebido por Ignacio de Loyola y ellos, a edades tempranas, lo viven como una parte más de su educación. Viven esta experiencia no como la clase de matemáticas de la que tendrán que rendir cuentas, sino como el privilegio de aquél que ha sido seleccionado a participar del gran juego. Un nuevo propósito que alcanzar. Otro regalo que agradecer. Y el tropiezo del que levantarse. AMDG

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