Publicado: Lunes, 18 Mayo 2015

Una imagen "humilde" de la Compañía

Más de algún jesuita me ha sugerido que en nuestra imagen pública como orden religiosa, y ciertamente también de puertas adentro en ella, tendría que oírse una apelación mayor a la humildad. No para que otros la asuman, sino para que nosotros mismos la recuperemos. Se me indica que, de alguna forma, los jesuitas hemos de ganar cercanía a la versión de la humildad que san Ignacio esboza en los Ejercicios: aquella humildad que promueve en nosotros una transformación guiada sólo por un Cristo inapelablemente pobre, desprovisto de reconocimiento y sin más instrumento que el de la verdad (cf. Ej. 167). La Compañía se calificó a sí misma como mínima a los principios, pero para serlo siempre. El magis ignaciano es excelencia en el servicio a los otros por la vía de esa pequeñez, de ese estado permanente de humildad. Somos compañeros del Cristo verdaderamente desprovisto y precario que narran los Evangelios y nos está prohibido disimular y aguar Su humildad. Por si fuera poco, la humildad es la única capaz de recoger nuestra propia fragilidad y de incorporar nuestra incoherencia paradójicamente a nuestra vida apostólica para que así, y sólo así, sea fecunda.

En tiempos de discernimiento previo a la Congregación General, cuando la Compañía se pregunta por su andar en esta Iglesia y en este presente necesitado de Dios, quizás este aviso de algunos de nuestros hermanos sea totalmente pertinente: la humildad, la de nuestro Señor, es parte crucial de la solución y le debiéramos dar cauce personal, comunitario y apostólico allá donde intuyamos que sea necesario.

Francisco José Ruiz Pérez, SJ

(en la imagen, San José María Rubio SJ, por Ignasi Flores) 

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