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El P. Adolfo Nicolás se nos marcha en pocos días. Va a llevar así con nosotros más de tres meses, en parte, descansando después de su generalato y, en parte, chequeando su salud antes de aparecer por su nuevo destino. A la Provincia le ha tocado en suerte, como le pasó a la del Próximo Oriente en el Líbano, de convivir con un exgeneral de la Compañía. La presencia del P. Nicolás entre nosotros nos ha demostrado que esa experiencia trae muchos dones. Uno, de especial valor, es comprobar que disponemos de compañeros, en quienes su principal testimonio de autoridad pasa por la sencillez: no sólo la que ya mostraron al asumir las máximas responsabilidades, sino la que manifiestan al devolverlas para que el Señor continúe impulsando a la Compañía. El P. Nicolás regresa a Filipinas. De allí vino y allí vuelve. No retorna con la salud que desearía. En una oración suya de hace años, él mismo le pedía a Dios la aceptación de toda circunstancia: Ilumina nuestro corazón y nuestra mente. Y no te olvides de hacernos reír cuando las cosas no van como nosotros quisiéramos. La sencillez prohíbe asegurar nada. Lo único que merece la pena es el servicio, que, en el caso del P. Nicolás, le ha hecho trazar una larga línea desde Villamuriel de Cerrato a Manila, con una estación en Roma, sin más equipaje que la vida entregada… sencillamente.  

 

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