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Queridos amigos en el Señor:

Celebramos hoy la fiesta de San Ignacio con una fuerte conexión interna y personal al espíritu ignaciano. Es un día de unidad, de sentirnos parte de un carisma que nos supera, de sabernos peregrinos en medio de tanta vida alrededor y también de tanto por mejorar. Puede ser un momento para volver, una vez más, nuestro rostro a Dios.

Este año me llama la atención que la herida de Ignacio no es lo que le llevó a la conversión, aunque le hiciera empezar a cambiar. Tenemos roturas personales, compartimos el dolor de otras personas, caminamos cojeando con dificultad de múltiples maneras. Pero eso no nos hace "girarnos" hacia Dios automáticamente. Puede dejarnos incrustados y centrados en nuestro yo.

Ignacio encontró una experiencia profunda y una lectura de su vida ya en los caminos, y allí ya la herida de Pamplona no era definitiva ni central. Se "giró" hacia Dios de forma lenta, pausada, amasada por su peregrinar a Arantzazu, Manresa, Jerusalén, Alcalá, Salamanca, París, Roma.

En esta fiesta de San Ignacio de Loyola, se nos ofrece no centrarnos en nuestras heridas personales e institucionales. Ojalá nos alcance la gracia de traspasar la mirada hacia Dios y volver el corazón, una vez, más a él, Señor de la Vida. Nuestro mundo sigue necesitando lecturas creativas como la de nuestro santo, capaz de poner primero a Dios incluso en el quebranto irreparable de su herida.

¡Feliz día de San Ignacio!

Un abrazo a todos

 

Antonio España, sj

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