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En este tiempo litúrgico,  sorprende la apertura de Dios hacia nosotras y nosotros. No siempre estamos pendientes de esta vitalidad. Sentimos que no se “aparece” de forma clara. Se invierte la lógica diaria desde la experiencia de resurrección: nosotros yendo con nuestras fuerzas hacia Dios cuando es Dios en Jesús el que camina hacia nosotros. Lo encontramos tanto con María Magdalena, como con los de Emaús o los discípulos. Se produce siempre un encuentro pasivo: Jesús se acerca, pregunta, acompaña, abre, se hace presente y se comunica. La Pascua nos recuerda así que Dios sigue buscándonos y que podemos estar traspasados por ello.
 
Unidos a esa iniciativa de Dios, es como mejor podemos vivir nuestra vocación aquí y ahora: notando cómo Dios se aproxima. Podemos pedir repetir esta cercanía y continuarla con nuestra vida, personal y comunitaria. En clave provincial, el Resucitado nos devuelve el aprecio hacia los dones que aparecen ya fuertemente entre nosotros: generosidad, libertad interior, entrega, trabajo en educación, hospitalidad, cuidado, espiritualidad o gestión institucional. Son regalos de Dios que podemos minusvalorar porque están presentes a diario y pasan desapercibidos. Incluso dejamos de verlos en nosotros o en otros casi sin darnos cuenta. Sin embargo, la iniciativa de Dios nos lleva a apreciarlos como efectos pascuales en nuestra existencia con un enorme agradecimiento.
 
“Yo soy la resurrección y la vida” (Jn 11,25). La experiencia que continúa en la Iglesia y en nosotros nos lleva al reconocimiento de lo profundo, duradero y denso que llevamos. La Pascua es un tiempo de cercanía de Dios que se regala y que solo podemos encuadrar en el Misterio abierto por Jesús. Es un encuentro de plenitud que podemos seguir generando y alimentando para traer al mundo nueva esperanza, nueva vida y nueva fuerza de Reino.
 
Antonio J. España, SJ
 
 

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