Publicado: Miércoles, 05 Septiembre 2018

Sal Terrae: la formación de los presbíteros

Gran parte de la renovación eclesial liderada por el papa Francisco se juega en tener una generación de presbíteros bien formada, con esqueleto, más que caparazón, capaces de ejercer un liderazgo espiritual fecundo en sus comunidades, con profundas raíces teológicas y místicas, así como una gran sensibilidad para el diálogo con los hombres de nuestro tiempo. No basta repetir fórmulas antiguas; se necesita una verdadera fidelidad creativa capaz de delinear una nueva y atractiva figura de presbítero. La Congregación para el Clero promulgó el 8 de diciembre de 2016 la nueva Ratio Fundamentalis Institutionis Sacerdotalis, con el título El Don de la vocación presbiteral, documento destinado a ordenar la formación de los futuros sacerdotes en todos los seminarios del mundo, así como a organizar la formación permanente de quienes ya están ordenados de presbíteros.

Para contribuir a la reflexión sobre las exigencias de la formación sacerdotal en el siglo XXI, la revista SAL TERRAE ofrece este número con cuatro aportaciones, una por cada una de las dimensiones a cuidar en la formación sacerdotal, que señala el mismo documento de la Santa Sede en su capítulo quinto.

El primer artículo está destinado a la formación humana. El adagio medieval de que la gracia supone la naturaleza y la transforma, no debe olvidarse nunca en la formación presbiteral. Ignacio Boné Pina, S.J. se fija en seis áreas que precisan especial atención en la dimensión humana de la formación para el ministerio presbiteral: calcular los “gastos” humanos que la vocación presbiteral conlleva, no despreciar nada que pueda dar base y esqueleto al formando, crear y cuidar la propia “red social”, atender más a la maduración sexual y las relaciones humanas y afectivas, considerar la perspectiva de edad y de desarrollo y, finalmente, apreciar la rigidez como posible señal de alarma.

Pedro Rodríguez Panizo se fija en la formación intelectual. Con algunas excepciones, algo percibido cada día por los profesores de teología es el escaso interés que muestran por el estudio muchos de los jóvenes candidatos al ministerio presbiteral. Sin un profundo conocimiento de la Escritura y una sólida capacidad especulativa para no caer en un vacío biblicismo, difícilmente se podrá servir como conviene al Pueblo de Dios. Para conseguir una buena formación teológica es preciso no dejar de lado la filosofía y los demás saberes sobre el hombre y el mundo.

El tercer artículo debido al cálamo de Francisco José López Sáez reflexiona sobre el reto espiritual que supone la crisis por la que atraviesa el ser humano y la misma Iglesia, leyéndola como una crisis propiamente cristiana, impulsada por el Espíritu Santo. Señala después algunos peligros actuales para una vivencia de la espiritualidad presbiteral auténticamente fecunda y acaba ofreciendo, al hilo de un texto patrístico, una mistagogía para la espiritualidad presbiteral.

El artículo de Antonio Ávila realiza una reflexión más allá de los modos y los medios de los que ha de servirse la formación al ministerio presbiteral para insertar a los formandos en la vida de la sociedad y de la Iglesia, y analiza lo que puede fallar y a lo que se debe atender.

Dentro de la serie dedicada a los jóvenes, Abel Toraño, S.J. reflexiona sobre la necesidad de vivir la propia vida como vocación. No solo cuando una persona joven pretende dedicarse al ministerio sacerdotal o entrar en la vida religiosa. La vida se entiende como vocación cuando es capaz de dar respuesta integral a la llamada interior a la plenitud, que es llamada de Dios.

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