Cuando en los primeros días de este mes de octubre me empezaron a llegar noticias de que la vida de Julio se iba apagando, mi memoria se fue llenando de vivencias, recuerdos, momentos entrañables.

El año pasado, durante las vacaciones de verano, conviví con mi hermano durante algo más de un mes. Él estaba en la enfermería del colegio del Salvador, Zaragoza.

Diariamente, nuestros paseos recorrían los largos pasillos del colegio. Era un caminar lento, apoyado Julio en una andadera. De rato en rato, surgían recuerdos de Vera de Moncayo, el pueblo en el que nacimos. De sus homilías, en la parroquia, en honor de la Virgen de Veruela, de sus sermones tan agradecidos en las fiestas patronales sobre santa Brígida, Virgen, patrona del pueblo.

Los recuerdos, la memoria nos llevaban de vez en cuando hasta Ecuador. Fueron casi diez años de su vida. Los entregó a Latinoamérica. Profesor de Literatura en el San Gabriel de Quito. Allí disfrutó encaminando a los alumnos y a nuestro juniores en el bello arte de escribir. Tenía mi hermano Julio un don especial para orientar y transmitir la afición por la escritura.
 
Según me comentaba, su permanencia en la residencia de Huesca, siete años, le fue muy grata. Desde allí enriqueció su vida pastoral con el servicio en nuestra iglesia, la docencia en la Escuela de Teología y la enseñanza de Humanidades en el Noviciado de Zaragoza.
 
Los recuerdos nos devolvían, una vez más, a las raíces. Su vocación de jesuita, de sacerdote, de apóstol, habían nacido, me aseguraba, en el seno de nuestra familia. Con un padre que, al término de la jornada, hacía su visita al Señor, en la parroquia, y llegaba a la casa diciendo: "Qué solo se encuentra el Señor!". Con una madre, cuya única misión y entrega era el servicio a todos nosotros. Con una familia amplia en la que cabían tíos, tías, abuela. Y era la abuela quien nos convocaba ruidosamente todas las tardes al rezo del rosario.
 
Comentábamos cómo, al avanzar de los años, nuestra hermana Gloria había ido transformándose en la hermana mayor e inclusive en la madre de todos los demás hermanos. 
 
Nos complacíamos también en la satisfacción que sentía Ignacio, nuestro hermano menor, cuando tenía la oportunidad de reunir, juntamente con su esposa, a su larga familia de hijos y nietos. Era una bendición de Dios. 
 
De rato en rato, tenían cabida también los momentos tristes de la familia. A Julio le tocó comunicarme la muerte del padre y de Jesús, el hermano mayor. Y a mí me correspondió llevar desde Venezuela el sentimiento de dolor y tristeza de ambos con ocasión de la muerte de nuestra madre. Yo pude llegar al funeral y entierro. Julio no pudo viajar desde Ecuador. 
 
Sus impaciencias y momentos de mal humor no le impidieron a Julio sentirse querido y bien tratado por los enfermeros del colegio. Tenía también expresiones de agradecimiento para con la comunidad jesuítica. No le era fácil mantener una convivencia adecuada cuando la salud, el ánimo, las fuerzas iban mermando.
 
Vera, Veruela... Zaragoza, Ecuador... son los nombres de los lugares donde mi hermano se fue encontrando con el Señor.
 
Julio, en ocasiones, fue también frágil y débil. Pero el Señor y María siempre le sonrieron, se sintieron a gusto con él, le dieron numerosas bendiciones.
 
Y ahora, este hermano mío, tan humano, ya está compartiendo la vida sin fin de nuestro Dios Padre/Madre.
 
En unión de oraciones, querido Julio.
 
Dionisio Lahuerta Gil, SJ
Caracas, 10 octubre 2017
 

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