Publicado: Sábado, 09 Febrero 2019

“Servidores del Evangelio por pura gracia”

 

Nuestros compañeros Giuseppe, James, Ángel, Michael, Nelson, Anuj, Benjamin, Pedro, Lluís y João fueron ordenados diáconos esta tarde en Madrid, ciudad en la que estudian Teología.

La ceremonia, presidida por el cardenal arzobispo de la diócesis, D.Carlos Osoro, comenzó con un agradecimiento por todos aquellos que habían venido desde tantos lugares, algunos muy lejanos, para acompañarles con su presencia. Y es que los ordenandos procedían de 6 países: España (Lluís Salinas, Pedro Rodríguez-Ponga y Angel Benítez), Ruanda, India, Italia, Portugal y Malta. Al cardenal Osoro, le acompañaban, el obispo de Lérida, Salvador Giménez Valls y el obispo de Etiopía, el jesuita colombiano Rodrigo Mejía. Asimismo, junto al provincial, Antonio España, concelebraron los provinciales de Portugal, José Frazao SJ y el provincial de Europa Mediterránea, Gianfranco Matarazzo SJ y su delegado para la Tercera Edad, Vincent Madri SJ.

La primera lectura de la ceremonia enmarcó el envío de aquellos que son llamados (Isaías 6,1-2a.3-8) al encuentro con el Señor, simbolizado en el cántico de Taizé del salmo. En la segunda lectura de la carta a los Corintios, Pablo recordaba a sus compañeros la aparición de Cristo a los apóstoles tras la Resurrección. El Evangelio de la pesca Milagrosa (Lc 5,1-11) concluía con el envío de Pedro a ser pescador de hombres. Tras su proclamación y antes de la homilía, los candidatos al diaconado fueron llamados y presentados al obispo por el provincial de España. Esta llamada de confirmación supone la elección de los candidatos a diáconos, por parte de Dios y de la Iglesia.

La homilía de Carlos Osoro giró en torno a labor y las virtudes que deben caracterizar a los diáconos. “Sois lo que sois por pura gracia (…) servidores del Evangelio por pura gracia” les indicó a los ordenandos y les recordó varias condiciones necesarias para serlo: escuchar, “poner toda nuestra vida al servicio del que hoy os configura; dejar que a través vuestro hable Jesús (…); no os quedéis en la superficie, entrad a la profundidad de la vida… remad mar adentro; buscad compañeros de camino y poneos en manos de Jesús (…) Decidle al Señor ¡Aquí estoy!, conscientes de que es por su gracia y de que el Señor me llama a servir el evangelio en su originalidad”.

Al término de la misma, los elegidos para el diaconado hicieron su promesa de consagrarse al servicio de la Iglesia según su orden, abrazando el celibato, orando la Liturgia de las Horas y obedeciendo al obispo diocesano y a sus superiores. Y lo expresaron postrándose en el suelo como símbolo de total reverencia a Dios, mientras se escuchaba el canto de las letanías. Le siguió el momento de la ordenación diaconal propiamente dicha, cuando el obispo impuso sus manos en la cabeza de cada uno de ellos, un signo que indica la transmisión de un oficio, la comunicación de la fuerza y el don del Espíritu Santo para desempeñarlo debidamente.

Ya ordenados, cada uno de los padrinos de estos diez jesuitas les impuso la estola (banda de tela estrecha), al modo diaconal (cruzada) y la dalmática (vestidura litúrgica que se pone por encima del alba). Y, ya revestidos, los nuevos diáconos se acercaron al obispo para recibir de sus manos el libro de los Evangelios, del cual se han constituido mensajeros y el abrazo de paz, que también recibieron de los diáconos presentes en la celebración, como símbolo de bienvenida. Por último, sus superiores les entregaron el libro de la Liturgia de las Horas.

Por primera vez, y una vez ya ordenados, los nuevos diáconos distribuyeron la comunión.

En representación de todos, el ya diácono Pedro Rodríguez-Ponga pronunció al final unas palabras de agradecimiento al Señor por su llamada y por la Iglesia que “a pesar de vivir tiempos de incertidumbres (…) su historia nos recuerda que es en esos momentos cuando sueles enviar a los santos para que sean luces en la oscuridad”. También dio gracias por sus familias, por todos los que les han acompañado en su vocación, los ausentes, los difuntos y los compañeros que les han precedido en esta vocación.

El Salve Regina, entonada por el coro de Ventilla, puso fin a la celebración.

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