Un mundo en tensión: el contexto internacional que encuentra León XIV al inicio de su pontificado
El 2026 será el primer año completo del pontificado de León XIV. Un año en el que comenzará a perfilar su estilo de gobierno y su manera de situar a la Iglesia ante una escena internacional marcada por la incertidumbre. Para Diego Alonso-Lasheras SJ, profesor de relaciones internacionales en la Universidad Pontificia de Comillas y de Teología Moral Social en la Universidad Pontificia Gregoriana (Roma), el momento actual es “tensísimo”.
“Da la sensación de que el sistema internacional tal como lo hemos conocido hasta hace poco se está viniendo abajo. Lo que parecía el ABC del sistema internacional está dejando de parecerlo”, explica. A su juicio, actuaciones como como la intervención de Estados Unidos en Venezuela, ya se habían producido en la historia reciente pero subraya un cambio significativo en el modo de justificarlas públicamente: “Antes se vestían de una retórica de orden internacional, de restablecimiento de la democracia o de protección de derechos. Ahora da la impresión de que predominan intereses económicos”, en referencia al petróleo venezolano.
Ese marco de tensiones condiciona también el arranque del primer año completo de León XIV. “Se encuentra con un mundo con un altísimo riesgo de explosión de conflictos y con conflictos abiertos en lugares que a la Santa Sede le afectan de manera especial”, señala Alonso-Lasheras. Cita, entre otros focos, la situación en Gaza —“mejor que hace unos meses”, aunque “lejos de resolverse”— y el valor especial de Tierra Santa para la Iglesia.
En su discurso ante el Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede (9 de enero de 2026), León XIV recorrió precisamente ese mapa de conflictos y crisis, con referencias a Ucrania, Haití, la región de los Grandes Lagos africanos y Asia oriental, además de denunciar episodios de violencia y persecución religiosa en países como Bangladesh y Nigeria. En ese mismo marco, mencionó también Venezuela.
Alonso-Lasheras añade un matiz biográfico que considera relevante en el modo en que el Papa puede mirar el continente americano: “El Papa es estadounidense, pero ha manifestado un gran cariño por Perú que probablemente se extiende a América Latina en general”.
En ese mismo discurso, León XIV insistió en la importancia del derecho humanitario internacional, cuyo respeto —dijo— “no puede depender” de circunstancias ni de intereses militares o estratégicos. Para Alonso-Lasheras, el contenido se sitúa “muy en sintonía” con lo que podrían haber afirmado Benedicto XVI o Francisco, aunque aprecia una diferencia en el tono: “Es más clásico en las formas, más diplomático; menos provocador”.
Sobre el futuro del orden internacional, el profesor advierte de la dificultad para hacer predicciones en escenarios tan acelerados y cambiantes. Aun así, apunta que la transformación actual puede prolongarse en el tiempo: “Aunque parte de lo hecho por Trump no tendrá marcha atrás, futuros presidentes podrían intentar reconstruir un orden basado en reglas”. Y recurre a mirar el pasado para extraer conclusiones: “Podríamos volver a algo parecido al orden internacional de finales del siglo XIX, cuando las grandes potencias se repartían zonas de influencia”.
En ese escenario, Alonso-Lasheras sitúa el papel de la Santa Sede en su tradicional rol de mediador: “La Santa Sede siempre ha intentado jugar un papel pacificador, a veces con más éxito y otras con menos”. Una capacidad diplomática construida sobre una red de información muy amplia y con información muy buena, también gracias al contacto con las iglesias locales. Eso le permite intentar mediar por la paz”. Sin embargo, pone de relive un límite muy claro: “Los acuerdos de paz solo son posibles cuando existe un deseo real de paz por parte de los actores implicados. Si no existe esa voluntad, la Santa Sede poco puede hacer”, concluye.