Publicado: Viernes, 20 Marzo 2026

Un médico en Battambang: servir junto a Kike Figaredo SJ

Reproducimos un texto publicado en la Plataforma Asturias y firmado por Ignacio de la Vega Morán, un antiguo alumno de la Compañía que comparte el testimonio de su experiencia como voluntario en Camboya. Allí colaboró y vio de cerca la obra y misión que desempeña Kike Figaredo SJ.

Hace algo más de un año, en febrero de 2025, me puse en contacto por primera vez con la ONG SAUCE, que es la organización creada hace 25 años por un grupo de amigos y familiares de Kike Figaredo para apoyar sus proyectos en Camboya. El motivo de mis mensajes era solicitar realizar un voluntariado en los meses posteriores al examen MIR el año siguiente. Es muy común, tras realizar este examen, y antes de empezar la residencia, organizar algún viaje o experiencia en esos aproximadamente 4 meses que tenemos libres. En mi caso quería dedicar parte de ese tiempo a realizar un voluntariado médico y cuando mi madre me habló de que Kike Figaredo, entre sus múltiples proyectos en Battambang, tenía un centro de salud, lo tuve claro: quería irme a Camboya a colaborar en el mismo.

Desde muy pequeñito, gracias al colegio y mi familia, conozco la labor que desempeña Kike en Camboya y siempre le he admirado por ello. Es por esto que era el destino ideal para irme de voluntariado tras el MIR, allí podría ayudar compartiendo los conocimientos adquiridos durante los últimos años, en un proyecto que sabía de primera mano que ofrecía gran apoyo al pueblo camboyano. Un pueblo que recientemente ha encadenado varios conflictos y de los que ahora intenta recuperarse.

Con el apoyo de la Asociación de Antiguos Alumnos, aproximadamente un año después de ese primer contacto con SAUCE, y 5 días después de haber realizado el examen, aterrizaba en Phnom Penh, capital de Camboya. Me acompañaban dos amigos, otro médico y una enfermera. Era la primera vez que vivía esta experiencia acompañado (previamente durante la carrera había realizado algún otro voluntariado médico en África), y lo cierto es que ha hecho que sea mucho más completa. Hacer el viaje con amigos me ha permitido compartir mis inquietudes y pensamientos sobre la vida en Camboya con ellos, que muchas veces coincidían con mi opinión, pero otras me mostraban una forma diferente de ver el mundo. Desde Phnom Penh viajamos a Battambang, la tercera ciudad más grande de Camboya y en la que está localizada la Prefectura Apostólica de Battambang, de la cual Kike es prefecto desde el año 2000.

En los siguientes días empecé a descubrir el increíble trabajo que se realiza con los múltiples proyectos que la Prefectura tiene establecidos. El centro de salud es solo una pequeña parte de su trabajo, en el que destacan las casas de acogida para niños y jóvenes camboyanos abandonados por sus familias, los proyectos de educación en los pueblos más remotos del país o el trabajo por el que Kike es tan conocido: programas que buscan ayudar y favorecer la inclusión de las personas con discapacidad, fundamentalmente física, aunque ahora también intelectual. Mi labor durante el voluntariado consistió principalmente en pasar consulta a los pacientes que acudían al centro de salud.

La sanidad en Camboya no es gratuita y muchos pacientes no disponen del dinero necesario para acceder a la misma. El objetivo de este centro de salud es cubrir esa necesidad de la población, ofreciendo asistencia y medicación gratuitamente. Las consultas eran fundamentalmente de patologías comunes como la hipertensión o la diabetes, aunque no era raro encontrarse con uno o dos casos al día mucho más complejos y que, tras discutir con el resto del equipo, intentábamos diagnosticar correctamente para ofrecerles el mejor tratamiento disponible. Esto no siempre era posible debido a la limitación de medios diagnósticos y terapéuticos, y marcó alguno de los momentos más duros de la experiencia.

Durante mis prácticas en España estaba acostumbrado a ofrecer a cada paciente el mejor tratamiento para su enfermedad, sin prácticamente limitaciones. En Camboya, sin embargo, me encontré con una realidad muy diferente. Pacientes que tuve que tratar “a ciegas”, ya que no podían permitirse realizar las pruebas diagnósticas necesarias. Otros pacientes recibieron tratamientos incompletos debido a la falta de medicamentos de última generación, más efectivos pero también mucho más caros. Y pacientes a los que no pude ofrecer ningún tratamiento, a pesar de la gravedad de su patología, como cáncer o problemas psiquiátricos. Estas situaciones generaron en mí sentimientos de impotencia y tristeza, al verme incapaz de ayudar a esas personas que habían acudido al centro de salud, a veces desde muy lejos, en busca de esa ayuda.

No obstante, como bien deberíamos saber todos los médicos, nuestro trabajo consiste en curar a veces, aliviar a menudo y acompañar siempre; y estoy seguro de que esa labor de acompañamiento al enfermo es una de las principales razones por las que el centro de salud sigue funcionando dentro de la Prefectura. Y es que hubo algo en común en todos los pacientes que atendí: una sonrisa y unas palabras de agradecimiento al salir de la consulta. A pesar de la barrera lingüística (nos ayudaba un traductor), estoy convencido de que todos ellos se sintieron escuchados y acompañados en su enfermedad. Este convencimiento me permitió continuar mi trabajo con una sonrisa.

Además de mi labor médica, también pude participar en diversas actividades con los niños residentes en los centros de acogida de Tahen (pueblo a las afueras de Battambang del que es párroco Kike), casa Lidy o “La Paloma” (casa en la que se alojan los niños y niñas con discapacidad física). Desde el primer momento, me acogieron como si fuera parte de su familia, una familia grande y muy diversa, pero también muy unida e inclusiva. Esta calurosa acogida, que también experimenté en el centro de salud y por parte de Kike y el resto de voluntarios, hizo que a los pocos días de llegar me sintiera como en casa: seguro, acompañado, tranquilo y, sobre todo, profundamente feliz. Feliz de poder compartir con ellos ratos de alegría y llenos de sonrisas. Unas sonrisas que curan y te llenan de paz. Durante este mes de febrero he podido disfrutar mucho más de lo que me imaginaba de una experiencia única. En ella me he encontrado a mucha gente buena, tratando de vivir una vida buena, de entrega hacia otras personas. Y en el centro de todo esto, Kike Figaredo, como Prefecto Apostólico de Battambang, muestra del amor de Dios a su pueblo, que trabaja sin descanso para hacer un poco mejor la vida de miles de camboyanos, independientemente de su religión o pasado. Me voy muy agradecido de este tiempo compartido con todos ellos, también con la tristeza de la despedida, y estoy seguro de que, más pronto que tarde, volveré a estar por estas tierras.

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