Sueños de esperanza: una experiencia en la frontera sur
El fin de semana del 24 al 26 de abril, un grupo de directores de Educsi vivió la experiencia Frontera Sur, en Ceuta. Así cuenta su testimonio Itziar Barrenetxea, directora de San Ignacio de Loyola Ikastetxea, colegio en San Sebastián.
A mí me tocaba realizar un viaje largo hasta Ceuta, un viaje de frontera a frontera. Pero dos fronteras muy distintas. Yo vivo en San Sebastián, muy cercana a la frontera con Francia, una frontera sin barreras ni vallas, por donde, si eres europeo, puedes transitar sin problemas. Pero llegas a Ceuta, donde la frontera con Marruecos son dos vallas por parte de España y una en Marruecos.
Estas vallas llegan hasta el mar, porque en el mar el hombre no puede poner vallas ni líneas que separen territorios.
Íbamos con nerviosismo, sin conocer lo que íbamos a vivir, pero fiándonos de nuestro compañero Miguel Poza. Pero la primera experiencia ya marcó el resto del fin de semana. En la asociación Elín —un oasis en la frontera—, tras 10 minutos de presentación, nos propusieron un primer contacto con los chicos del CETI —Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes—. Ellos nos miraban con cara sorprendida, pero con una sonrisa, siempre con una sonrisa. Creo que nosotros estábamos más asustados que ellos. Pero estos chicos, con sus vivencias de dolor y sufrimiento, hicieron todo muy fácil. Ellos solo quieren aprender porque saben que es el mejor camino hacia el sueño de la esperanza.
A partir de ese momento, tuvimos oportunidad de vivir diferentes experiencias que nos hicieron reflexionar sobre el término frontera. Ver la valla en distintas ocasiones nos hizo ver una frontera que separa, hasta la frontera hecha por el hombre. Mucha explotación y mentira, mucho engaño, mucha indignación, mucha muerte… pero también reconfortada porque muchos podrán cumplir su sueño de esperanza.
También ver las vallas que limitan con el mar. Impresiona ver cómo, una vez que acaban las vallas creadas por el hombre, llega el mar, donde solo una línea imaginaria separa, pero al mar nadie puede ponerle barreras; el Señor no quiso que hubiera barreras que separaran la belleza de su creación. Creó los vientos y las olas que borran toda barrera. Si miras al mar, todo es libre, abierto a todos. Giras la vista y, al llegar a tierra, te encuentras con las vallas que el hombre, con su capacidad, ha creado para separar a los seres humanos.
Por encima de cualquier valla está el ser humano. Y pudimos comprobarlo al visitar a los chicos que habíamos conocido en la asociación Elín. Al principio salieron tres, avisaron a más y se fueron añadiendo chicos hasta que estuvieron alrededor de 20. Todos con una sonrisa; sus miradas reflejan el sufrimiento del camino, pero su sonrisa sincera levanta nuestra comprensión y compasión. Algunos ya saben el día que irán a la Península, su gran ilusión y esperanza. Yo veo el camino que les queda, lo que en la Península les vamos a hacer sufrir y las piedras que les vamos a poner por nuestros miedos y egoísmos. Pero para ellos siempre es mejor que lo que dejan atrás: el desierto, el sufrimiento vivido en el camino, los años de caer y levantarse.
Llegué con muchos prejuicios, ideas preconcebidas, pero me he encontrado personas, con esperanza, buscando un sueño. ¿Quién no ha buscado su sueño? ¿Quién no ha luchado por él? ¿Por qué ellos no van a poder hacerlo?
Vuelvo tocada, reconciliada, interpelada. En el barco de vuelta a Algeciras, miré a Ceuta y pensé en todos los que estarán esperando su oportunidad. Recordé todas sus sonrisas, sus ilusiones, su agradecimiento sincero por estar allí. Me vinieron Paula y Cande, las hermanas vedrunas y todos los voluntarios de Elín. Agradezco a Dios su labor y pido que les dé la ilusión de seguir acogiendo, sensibilizando y denunciando. Solo así el Reino de Dios se podrá hacer un poco más real en la tierra. Allí, en la pequeña sala de Elín, reconocí un trocito del Reino: abren la puerta al que la toca y allí está el Señor enseñando, celebrando.