Raquel Sáez: «A veces basta con estar ahí para que alguien descubra que no está solo»
Esta conversación es el inicio de una serie de testimonios que bajo el título de 'Ecos de la costa Atlántica' nos relatan el trabajo que se realiza en la misión del Sáhara. La primera protagonista es Raquel Sáez madrileña, integradora social y coordinadora de Intervención en Cáritas Dajla, en el sur de Marruecos. Llegó en noviembre de 2025, después de varios años trabajando en la acogida y el acompañamiento de personas migrantes en Canarias y Madrid. Su experiencia le permite conocer dos realidades de la Ruta Atlántica: la de quienes consiguen llegar a Europa y la de quienes permanecen en tránsito, a menudo en condiciones de enorme precariedad.
Cáritas Dajla forma parte de la misión de la Prefectura Apostólica del Sáhara, presidida por Mons. Mario León, OMI. En este territorio, donde el desierto se encuentra con el Atlántico, una pequeña comunidad eclesial sostiene una presencia de acogida y acompañamiento a personas en situación de vulnerabilidad, especialmente a quienes viven las consecuencias de los desplazamientos migratorios.
Su trabajo combina la respuesta humanitaria ante situaciones de emergencia con el acompañamiento social, sanitario y educativo. Una misión que se desarrolla desde la proximidad, el respeto a la dignidad de cada persona y la colaboración entre personas de distintas procedencias y tradiciones religiosas.
Conversamos con Raquel sobre la realidad migratoria en Dajla, los rostros que la han marcado, las dificultades y esperanzas del acompañamiento y el significado de una misión que, muchas veces, se concreta en gestos tan sencillos como ofrecer un vaso de agua, escuchar o permanecer junto a alguien que desea dejar de sufrir.
P: Raquel, antes de llegar a Dajla trabajaste acompañando a personas migrantes en Canarias y Madrid. ¿Qué te llevó a dar el paso de venir a Marruecos?
R: Mi experiencia comenzó en 2021, cuando me fui a Canarias para trabajar en la primera acogida de personas migrantes recién llegadas. Durante cuatro años estuve vinculada a esta realidad, entre Tenerife y Lanzarote. Después trabajé en Madrid, primero en la respuesta de acogida a las personas desplazadas por la guerra de Ucrania y posteriormente en protección internacional, acompañando especialmente a personas procedentes de países africanos.
Fue entonces cuando, a través de personas vinculadas a la Delegación Diocesana de Migraciones de Nador, conocí el trabajo que se estaba realizando en Marruecos. Una compañera también había venido para realizar sus prácticas y terminó incorporándose como voluntaria.
Cuando finalicé mi trabajo en Madrid, decidí venir a Dajla. Tenía una inquietud que llevaba tiempo acompañándome: conocer qué estaba sucediendo al otro lado del Atlántico, comprender mejor los contextos de tránsito y acercarme a las circunstancias que llevan a tantas personas a abandonar sus países. En Canarias había conocido muchas historias de llegada. Aquí quería comprender también lo que sucede antes, durante el camino.
P: ¿Qué realidad encontraste en Dajla? ¿Cómo describirías la misión de Cáritas?
R: Es una realidad dura, pero también profundamente humana y gratificante. Son tres palabras que utilizaría para describir mi experiencia.
Dajla reúne situaciones migratorias muy diferentes. Hay personas que llevan años viviendo aquí y que han conseguido cierta estabilidad, y otras que acaban de llegar, a menudo después de experiencias muy difíciles. Algunas llegan por tierra, tras atravesar diferentes países africanos y pasar por Mauritania. Otras son personas que intentaban alcanzar las islas Canarias por mar y cuya travesía se ha visto interrumpida. Nuestra misión tiene que adaptarse a estas realidades.
Se trata de escuchar a cada persona, comprender su situación y acompañarla para que pueda recuperar cierta estabilidad y avanzar hacia una vida más autónoma. No se trata solamente de distribuir alimentos o productos de primera necesidad, aunque eso sea fundamental en determinadas situaciones. Para mí, lo importante es que cada persona sienta que sigue teniendo dignidad, derechos y capacidad para decidir sobre su propia vida.
P: ¿Cómo se concreta ese acompañamiento en el día a día?
R: Tenemos diferentes líneas de intervención. Una de ellas es el acompañamiento social. Realizamos entrevistas para conocer las situaciones de vulnerabilidad y valorar qué necesidades podemos atender. A veces se trata de apoyo alimentario, productos de higiene, ropa o artículos para bebés. En otras ocasiones, ayudamos a las personas a conocer los recursos sanitarios disponibles o a orientarse en una ciudad que no conocen.
También existe un trabajo con la infancia, especialmente en el ámbito de la preescolarización, la adquisición de hábitos, la convivencia y la iniciación a la alfabetización en árabe y francés.
En el ámbito sanitario, tratamos de facilitar el acceso a los servicios existentes, con el apoyo de personas voluntarias cuando es posible. No pretendemos sustituir al sistema sanitario, sino ayudar a quienes encuentran dificultades para acceder a él. Hay algo que considero esencial: acompañar no significa crear dependencia. Si una persona acaba de llegar y no conoce los recursos de la ciudad, podemos acompañarla inicialmente, explicarle dónde acudir y cómo hacerlo. Pero también tenemos que favorecer que, progresivamente, se desenvuelva por sí misma. Nuestro objetivo es contribuir a que cada persona recupere su autonomía y la capacidad de construir su propio futuro. Su integración en el medio es nuestra meta.
P: Dajla está también vinculada a las travesías marítimas hacia Canarias. ¿Qué sucede cuando llegan personas supervivientes de una embarcación?
R: Es una de las realidades más duras que vivimos y, al mismo tiempo, una de las que mejor explican por qué nuestra presencia aquí es tan necesaria. Cuando llega una embarcación y las personas son derivadas al hospital, el cuerpo entra en una especie de estado de alerta. La adrenalina te permite reaccionar, organizarte y dar respuesta a muchas necesidades al mismo tiempo. En esos momentos no siempre tienes tiempo para asimilar lo que está sucediendo; simplemente haces lo que puedes por cada persona que tienes delante.
Desde noviembre de 2025, calculamos que hemos atendido a más de 500 personas en estas situaciones, tanto en el hospital como en las intervenciones de primera asistencia humanitaria. Durante estos meses hemos intervenido ante la llegada de numerosas embarcaciones, aproximadamente entre 30 y 35, y hemos conocido de cerca la muerte de unas 20 personas que habían sobrevivido a la travesía, pero que finalmente fallecieron en el hospital. Detrás de cada cifra hay una vida con su historia.
Durante los meses de julio, agosto y septiembre, la actividad ha sido especialmente intensa. En ese periodo han llegado a Dajla aproximadamente 500 personas y desde Cáritas hemos acompañado a unas 350, entre las intervenciones en el hospital, la atención en nuestra sede y las distribuciones de ayuda humanitaria en espacios autorizados.
Durante todo el mes de agosto, Cáritas Laayoune permaneció cerrada y voluntarios de Laayoune se desplazaron a Dajla para colaborar en la respuesta a las necesidades que iban surgiendo. A veces hablamos de las migraciones en términos de cifras, pero cuando estás aquí descubres que cada persona tiene un nombre, una historia y una vida que merece ser cuidada. Detrás de cada intervención hay personas que necesitan mucho más que alimentos, ropa o productos de primera necesidad: necesitan atención, seguridad y, en ocasiones, que alguien permanezca a su lado cuando no hay nada más que se pueda hacer.
P: Has vivido situaciones de enorme sufrimiento y también la muerte de personas a las que acompañabais. ¿Hay alguna experiencia que te haya marcado especialmente?
R. Hay dos experiencias que me han marcado profundamente y que todavía hoy recuerdo con mucha emoción.
La primera fue la de una mujer embarazada que llegó en coma. El corazón de su bebé había dejado de latir y fue necesario intervenirla quirúrgicamente. Cuando recuperó la consciencia, nadie le había explicado todavía que había perdido a su bebé.
Me miraba a los ojos y repetía una y otra vez, en francés: «Où est mon bébé ? Je ne le sens pas»
Recuerdo cómo, con mucha suavidad, tocándole la frente y cogiéndole la mano, intenté explicarle lo que había sucedido. Todavía recuerdo su llanto. Hay situaciones para las que no existen respuestas ni palabras capaces de aliviar el dolor. En ese momento, lo único que podía hacer era acompañarla, permanecer a su lado y repetirle: «Je suis là pour toi»,
La segunda experiencia también fue la de una mujer embarazada que permaneció cuatro días en coma en la UCI. Durante esos días iba a verla cada día, le hablaba y le pedía que despertara, que su bebé estaba bien y que todos necesitábamos que se recuperara.
Finalmente, despertó. Cuando fui a verla a la habitación de maternidad, pude llevarle a su bebé y lo vio por primera vez. Hay momentos que no se pueden describir con palabras.
Recuerdo que me dijo: «Raquel, merci. Je t'ai sentie près de moi tous ces jours. Je ne sais pas ce que tu me disais, je ne m'en souviens pas, mais je sais que tu étais à mes côtés».
Creo que esas palabras resumen muchas de las cosas que vivimos aquí. A veces no podemos cambiar lo que está sucediendo, ni evitar el sufrimiento, ni encontrar una solución. Pero sí podemos estar presentes. Y quizá, en determinados momentos, saber que alguien ha permanecido a tu lado sea algo que te acompañe mucho tiempo después.
P: En una misión como esta, ¿qué significa para ti devolver la dignidad a una persona?
R: Creo que el cuidado de la dignidad humana resume buena parte de lo que tratamos de hacer.
Muchas de las personas que llegan hasta aquí han vivido experiencias en las que sus derechos han sido vulnerados. Han atravesado situaciones de violencia, sufrimiento, desprotección o abandono que pueden hacerles sentir que han perdido aquello más íntimo que las sostenía.
Pero la dignidad nunca desaparece. Lo que podemos hacer es ayudar a que esas personas vuelvan a reconocerla, a sentirse respetadas y a descubrir que tienen derechos y posibilidades.
Hay una expresión africana que me gusta mucho: Ubuntu, «yo soy porque nosotros somos».
Creo que expresa muy bien lo que vivimos. No estamos hablando simplemente de alguien que da y alguien que recibe. Estamos hablando de personas que se encuentran, se reconocen y se enriquecen mutuamente.
En ese encuentro hay una humanidad muy profunda.
P: Trabajas también con compañeros musulmanes. ¿Cómo vives esa experiencia de colaboración y encuentro entre diferentes tradiciones religiosas?
R: Es una de las experiencias más bonitas que me llevo de Dajla.
Trabajo muy de cerca con Samir, que es musulmán, y compartimos situaciones muy intensas. A veces hablamos de nuestra fe, de nuestras maneras de comprender la vida y de cómo vivimos determinadas experiencias.
Recuerdo especialmente el fallecimiento de una de las primeras personas a las que acompañamos. Era musulmana y Samir realizó unas oraciones y gestos propios de su tradición religiosa.
Yo no comprendía las palabras, porque no hablo árabe ni conozco suficientemente el Corán. Pero fui acompañando sus gestos desde el respeto. Si él tocaba la cabeza de aquella persona, yo también lo hacía.
Fue un momento que me emocionó profundamente. Sentí algo muy fuerte, una conexión que iba más allá de las palabras.
Creo que aquella experiencia me ayudó a comprender que, aunque vivamos la fe de maneras diferentes, podemos encontrarnos en algo muy profundo: el reconocimiento de la humanidad del otro, el respeto y el deseo compartido de cuidar.
Estoy muy agradecida de poder recorrer este camino con Samir y con todo el equipo. Es una experiencia de fraternidad que me está enseñando mucho.
Vivir aquí el día a día también significa vivir rodeada de fe. La encuentro en las personas musulmanas con las que compartimos el trabajo y la vida cotidiana, pero también en las personas de la Iglesia, los voluntarios y los sacerdotes que forman parte de esta misión.
Recuerdo un día que estaba con Gimena y Lucía doblando ropa para llevarla al hospital. De repente, se miraron y, sin necesidad de decir demasiado, se preguntaron con la mirada: «Lo has sentido, ¿verdad?». Las dos estábamos sintiendo a Dios en aquel momento tan sencillo: doblando ropa que después entregaríamos a personas que no tenían nada.
A veces pensamos que la fe se encuentra en los grandes acontecimientos, en las oraciones o en los momentos extraordinarios. Pero aquí también la descubro en las tareas más cotidianas, en preparar una bolsa de ropa, acompañar a alguien al hospital o sentarte junto a una persona que está sufriendo.
Es una fe que se expresa en el cuidado, en el servicio y en la certeza de que lo que hacemos por otra persona tiene un sentido que va más allá de nosotros mismos.
P: ¿Qué has aprendido de las personas a las que acompañas?
R: Me sigue sorprendiendo su agradecimiento.
A veces llegas al hospital y ves cómo se ilumina la cara de alguien al reconocerte. No necesariamente porque lleves comida o algún producto que necesita. A veces simplemente porque has ido a visitarlo, a preguntarle cómo está o a pasar un rato hablando.
Creo que en esos momentos la persona siente algo muy importante: «No estoy sola. Hay alguien a quien le importo». Y eso también te transforma a ti.
Cuando empecé a trabajar en el ámbito migratorio, mi padre me recordaba con frecuencia el pasaje del Evangelio de Mateo 25, 35-36: dar de beber al sediento, vestir al que lo necesita, visitar al enfermo.
Durante mucho tiempo no me había detenido demasiado a pensar en ello. Pero aquí, viviendo estas situaciones, he comprendido de otra manera esas palabras.
Muchas veces haces las cosas sin buscar ningún reconocimiento, simplemente porque es lo que sientes que debes hacer. Y después descubres que esos gestos cotidianos tienen una profundidad enorme.
P: Desde tu experiencia en Canarias y ahora en Marruecos, ¿qué crees que necesitamos comprender mejor sobre la movilidad humana?
R: Creo que necesitamos conocer mejor lo que sucede a lo largo de todo el recorrido migratorio.
Cuando trabajaba en Canarias, acompañaba a personas que acababan de llegar. Ahora estoy conociendo otra parte de esas mismas trayectorias: las dificultades que encuentran durante el tránsito, las condiciones en las que viven y las situaciones que pueden atravesar antes de intentar llegar a un lugar seguro.
Estar aquí me está ayudando a comprender que la movilidad humana no puede reducirse al momento de la llegada de una embarcación.
Detrás hay procesos mucho más largos y complejos. Y hay personas que necesitan ser acompañadas independientemente de que continúen su camino, permanezcan en Marruecos o tengan que replantearse sus proyectos.
Por eso es importante mirar a cada persona en su contexto y no solamente desde su situación administrativa o migratoria.
P: ¿Qué futuro te gustaría para esta misión en Dajla?
R: Me gustaría que pudiéramos seguir creciendo y ampliando nuestra capacidad de acompañamiento.
Creo que hemos consolidado dos líneas de intervención importantes: la respuesta humanitaria a las nuevas llegadas y el acompañamiento a personas que viven en Dajla. Contamos con el apoyo de otras Caritas y organizaciones de Iglesia; y con una experiencia y unos procedimientos que nos permiten responder a situaciones muy complejas. Pero las necesidades siguen siendo enormes.
Me gustaría que pudiéramos disponer de más recursos para atender las emergencias y, al mismo tiempo, desarrollar otras posibilidades de intervención, especialmente para favorecer la integración. Eso exige invertir en el ámbito de la formación y el acompañamiento social.
También creo que sería importante analizar cómo Cáritas puede ampliar de forma eficiente su servicio a otras personas vulnerables de la comunidad local, más allá de la población migrante.
Y me gustaría que se conociera mejor lo que estamos haciendo aquí, siempre con la prudencia que exige nuestro contexto. Hay realidades que necesitan visibilidad, pero también tenemos que proteger a las personas y cuidar las condiciones que hacen posible nuestra intervención.
P: Para terminar, ¿qué les dirías a las personas en España que conocen poco esta misión y a quienes podrían plantearse colaborar o realizar un voluntariado?
R: Les diría que es una experiencia que te marca.
No es un voluntariado fácil ni una experiencia que debamos idealizar. Aquí escuchas historias muy duras y te encuentras con situaciones que requieren mucha fortaleza personal, sensibilidad y capacidad de acompañamiento.
Es importante venir preparado, saber escuchar y comprender que no siempre podemos resolver los problemas de las personas.
Pero también es una experiencia que te transforma. Tú aportas algo, pero recibes muchísimo de quienes acompañas.
Me gustaría que quienes conocen nuestra misión desde lejos pudieran descubrir la humanidad que hay detrás de cada intervención, el compromiso del equipo y la importancia de esos gestos cotidianos que muchas veces pasan desapercibidos.
Si tuviera que resumir lo que hacemos, en pocas palabras, elegiría la defensa de la dignidad de cada persona. Intentamos lo imposible para que nadie se sienta abandonado en su camino.
Estos meses también me han hecho reflexionar sobre la importancia de preparar adecuadamente a las personas voluntarias antes de su llegada. Es fundamental que conozcan la realidad del proyecto, el contexto migratorio y las dificultades que pueden encontrarse durante su misión.
Aquí vivimos situaciones dramáticas, algunas de ellas difíciles de asimilar incluso para quienes tenemos experiencia en el ámbito de la intervención social. Por eso, creo que no basta con preparar al voluntariado antes de venir. También es necesario que exista un acompañamiento posterior, un espacio en el que poder compartir lo vivido, expresar las emociones y procesar las experiencias que nos marcan.
Acompañar a quienes acompañan también forma parte del cuidado.