Una calle en Sevilla dedicada al Padre Trenas
El Ayuntamiento de Sevilla dedica una calle al jesuita Manuel Trenas
Manuel Trenas López nació en Málaga en 1914 y murió en Sevilla en 1981. Con quince años, en 1929, entró en la Compañía de Jesús. En1932, cuando en la segunda república se decretó la disolución de la Compañía de Jesús, Manuel Trenas, con los demás estudiantes jesuitas, continuó su formación en Bélgica. En 1948 Trenas fue destinado a Sevilla y se le encomendó la Congregación de los Javieres, en la que se reunían sobre todo oficinistas y empleados del comercio.
Trenas fue un buen predicador y un excelente acompañante espiritual de muchos jóvenes. Los congregantes de los Javieres, con el padre Trenas, prestaron una significativa ayuda social en las chabolas de la barriada del Vacie, que no eran las únicas en Sevilla.
Uno de los reflejos de la pobreza en los años 50 era la presencia de niños desvalidos, muchos en la calle. La congregación de los Javieres disponía de una casa en la calle Jesús del Gran Poder, en la que una academia daba clases. Trenas empezó a recoger niños abandonados en aquella Casa del Niño Jesús, que también se llamó Hogar del Niño Jesús y después se trasladó a la calle San Luis y vino a ser Ciudad de los Muchachos. En el diario ABC de 21 de mayo de 1952 se reseña la inauguración del comedor en el que el padre Trenas se proponía acoger a «cuarenta niños huérfanos de padre y madre, desprovistos de toda recomendación». En menos de un año fueron casi un centenar; se habla de trescientos niños internos.
Desde la calle, a través de unos grandes cristales, se veía a los niños apretados alrededor de las mesas del comedor. Una hucha en la ventana recogía las aportaciones voluntarias de los que pasaban por la calle y los veían comer. No había entonces subvenciones fijas como las que hoy puede tener un centro concertado con la administración. El Hogar se mantenía de milagro, con limosnas que el padre Trenas conseguía, incluso mandando cartas a direcciones extraídas de guías de teléfonos de varias ciudades de Europa. Uno de los internos decía después que antes pedía él limosna; desde que fue acogido lo hacía el padre Trenas por él y por todos.
En la casa los mismos niños, coordinados por mayores y con una organización de mandos entre ellos, realizaban muchas tareas. Pero la casa fue también un centro de solidaridad en el que amigos y voluntarios ayudaban como médicos, profesores y en lo que hiciera falta. Hubo una señora voluntariamente entregada al cuidado de la ropa. A la entrada de la casa un cartel recordaba: «Los niños de hoy son los hombres del mañana. Si los abandonamos, no tendremos derecho a quejarnos de que la Sociedad sea mala».