Publicado: Sábado, 05 Septiembre 2020

Los votos, en una Iglesia que sigue apostando por Dios

Las palabras del Provincial de este mes tienen un inevitable tono de acción de gracias por la vida de los compañeros jesuitas que han hecho hoy sus primeros votos.

Comenzamos el curso con la vivencia de un mundo inseguro y frágil que parece no remontar la pandemia. Junto con ello, otras amenazas surgen, como si la inseguridad se estuviese adueñando de la economía, de las decisiones políticas, y haciendo cada vez más difícil la reflexión. La vida que continuamos y que hemos recibido es para agradecer a Dios y para construirla cada día.
Hoy, 5 de septiembre, Fran, Momo y Luis han hecho sus votos de noviciado. Sus votos son una invitación a creer un poco más en la presencia de Dios en Jesús. Dios se aproxima desde muchas vocaciones y esta es una en la que la Iglesia necesita crecer, necesita reconocer su singularidad y necesita mantenerse alerta para el futuro.

Ser religioso y ser sacerdote se sale del patrón y del canon establecido para ser feliz, para estar realizado, para aparecer ante el público o los medios virtuales. Se podría decir que desentona con la cultura global. Hace unos cuantos años, ser religioso y sacerdote entraba dentro de lo establecido, de lo que necesitaba la comunidad católica para vivir su fe y, además, era aplaudido por una sociedad todavía cristiana (al menos en apariencia) marcada por una tradición muy monolítica, segura de sí misma y sin cuestionamiento externo. Ahora nuestra comunidad es plural, frágil y cuestionada externamente (también muchas veces dividida internamente).

En esta ceremonia de votos, nos podemos reconocer todos como Iglesia que sigue apostando por Dios. Especialmente, una Iglesia que no olvida la centralidad de la entrega en todos los aspectos de la vida: mi tener, mi querer y mi poder (pobreza, castidad y obediencia). El Evangelio dice así: “Cualquiera que venga a mí y no me ame más que a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, y hasta a su propia vida, no puede ser mi discípulo. El que no carga con su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo” (Lc 14, 25 y ss.). La donación de uno mismo, con lo que tiene, quiere y puede, es riesgo (el ego se siente amenazado) y es también liberación para desarrollar una vida como Jesús que es quien inspira, alienta y concreta la misión para servir al Pueblo en lo que necesite.

Pidamos, en este comienzo de curso, por nuestras vocaciones personales y, especialmente, por las vocaciones consagradas en la Iglesia que estos días celebramos.

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Antonio J. España Sánchez, SJ

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