Publicado: Viernes, 28 Agosto 2015

Testimonio de verano XIV: De Roncesvalles a Santiago

Llevaba mucho tiempo queriendo hacer el camino desde Roncesvalles. Haberme decidido a hacerlo ha sido una de las mejores decisiones que he tomado. Mucha gente me pregunta que "por qué" me gusta andar por andar pudiendo ir en coche, y yo les digo que en vez de preguntarme el "por qué" que me digan el "por qué no".

El Camino significa mucho más que devorar unos cuantos kilómetros; significa tener la oportunidad de conocer a gente, de vivir una experiencia diferente y sobre todo te permite encontrarte contigo mismo y aprender cómo eres realmente, porque el Camino saca lo bueno y lo malo de cada persona.

Nuestro día comenzaba a las cinco y media de la mañana, nos levantábamos, recogíamos, desayunábamos y nos disponíamos a andar. La primera parte de la mañana estaba dedicada a escuchar la pista que tocaba cada día, era un momento de reflexión, de  soledad, de encuentro con Dios. A media mañana hacíamos una parada donde tomábamos un bocadillo de pan con chocolate o de pan con aceite y azúcar, esto nos daba la energía suficiente para poder acabar la etapa.

La llegada a los albergues siempre era muy emocionante, el ver que habíamos sido capaces de lograr acabar la etapa, poder reencontrarnos con los peregrinos que habíamos visto caminando y sobre todo poder compartir las experiencias vividas durante cada etapa. Una vez instalados era el momento de relajarse, de ducharse, de lavar la ropa y de comer.

La tarde estaba dividida en diferentes partes. La primera parte era la hora de la siesta, luego estaba el tiempo para escribir el diario y poder volver a escuchar la pista de la mañana o leer el libro de J.M. Olaizola "Peregrinar por dentro y por fuera" y por último celebrábamos la eucaristía o teníamos una reunión para compartir. Finalmente cenábamos y nos acostábamos,  para así poder al día siguiente continuar caminando.

Tras casi un mes caminando al fin llegamos a nuestra meta, allí nos estaba esperando el apóstol Santiago. La entrada al Obradoiro la hicimos en silencio, recordando todo lo vivido, agarrados de la mano y mirando hacia el suelo. Entonces nos dimos cuenta de que lo habíamos logrado, que ya estábamos en Santiago y que esta experiencia había llegado a su fin.

Ahora, casi un mes después, todo se echa de menos, la gente, la austeridad, los madrugones, la hora de la ducha, la comida, las eucaristías o incluso los ronquidos.

Sé que voy a volver a encontrarme con todas las personas que he conocido en este camino, con las que tanto he reído y tanto me han apoyado durante el mismo y que gracias a ellos ha sido una gran experiencia.

 De verdad espero poder volver a repetir algo así, porque entre todos hemos hecho de este tiempo un verano especial.

Una experiencia para recordar siempre. ¡ULTREIA!

Elena Manjón García

Salamanca 

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