Publicado: Martes, 02 Febrero 2021

Sal Terrae: Una iglesia de hombres y de mujeres

Las mujeres son la mitad de la humanidad. La universalidad de la Iglesia alcanza no solo a todas las lenguas y culturas y a todas las clases sociales, sino que debe llegar a todos los hombres y mujeres. Así como la universalidad de la Iglesia debe extenderse a todas las lenguas y culturas, reconociendo y respetando sus peculiaridades también ha de acoger a todos los seres humanos respetando la diversidad entre hombres y mujeres. Pero, así como la universalidad de la Iglesia debe acoger todas las clases sociales al tiempo que ha de tratar de superar las diferencias injustificadas o discriminatorias entre ellas también ha de acoger a hombres y mujeres tratando de superar las diferencias injustificadas o discriminatorias entre ellos. La frase de S. Pablo “No hay judío ni griego, esclavo ni libre, hombre y mujer, porque todos sois uno en Cristo Jesús” (Gál. 3,28) necesita todavía extraer todas sus consecuencias en la vida de la Iglesia para lo que es preciso mucha reflexión y discernimiento. En la Iglesia no faltan declaraciones programáticas, pero es necesario que se vayan impregnando los modos de actuar y de vivir cada día. El presente número de la revista SAL TERRAE trata de contribuir a esta reflexión.

En primer lugar, Rosa Ruiz Aragoneses pone de relieve la igualdad fundamental de todos los bautizados como discípulos del Señor. Sin embargo, la presencia de la mujer en la Iglesia, más allá del ámbito doméstico o de los cuidados, sigue sin reflejar del todo tal principio. Quizá ha llegado el momento de hablar menos de los espacios que deberían ser ocupados por mujeres para caminar hacia una Iglesia sinodal donde no se distinga a los bautizados en función de su género, sino que todos sean discípulos iguales, aunque en diversidad de vocaciones y ministerios.

Cristina Inogés Sanz reivindica que el camino sinodal alentado por el papa Francisco requiere cambios de mentalidad y de estructuras. Los seminarios y la formación que en ellos se imparte son pieza de la estructura a cambiar. La presencia femenina, no solo en el ámbito de la formación académica, es de vital importancia para ayudar a cambiar mentalidades. En ausencia de mujeres la identidad del futuro sacerdote nace viciada al no ponerse en relación con otras diferentes.

María Teresa Comba, en una perspectiva histórica, describe el proceso desde la invisibilidad a la visibilidad de la mujer en la sociedad. Presenta cuatro estadios: el primero centrado en demandar el derecho a la ciudadanía; el segundo, el voto femenino, el tercero la igualdad y la eliminación de la feminización de la pobreza y el cuarto el cese de toda violencia contra las mujeres. Tras este último se han desarrollado reflexiones y propuestas para visibilizar a la mujer también en la Iglesia, partiendo de la mirada de Dios y del inspirador testimonio del papa Pío XII en favor de las mujeres católicas de su época.

Dolores Aleixandre Parra parte de algunos ejemplos sobre tensiones, desencuentros y problemas en la relación entre hombres y mujeres, para proponer un «camino sinodal» de diálogo y escucha mutuas. Recurriendo a un estilo de parábola, se imagina una larga conversación entre un grupo de hombres y otro de mujeres que caminan juntos y en el que ellos tratan de escucharlas de manera incondicional y libre de prejuicios.

Finalmente, dentro de la serie dedicada a la Eucaristía, Fernando Millán Romeral, describe los rasgos peculiares de las comidas de Jesús frente a las comidas de otros grupos religiosos contemporáneos. La comunidad cristiana que celebra la eucaristía tiene conciencia de ser una comunidad de perdonados que proclama gozosa la misericordia de Dios.

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