Publicado: Martes, 14 Junio 2022

Sal Terrae: La libertad de opinión en la Iglesia

La Iglesia nunca ha sido una comunidad de monjes cantando a coro, pero el proceso centralizador sufrido a lo largo de los siglos hizo que las diferencias de opinión en su seno no se exhibieran públicamente. Los pontificados de Juan Pablo II y Benedicto XVI - más el primero que el segundo - posibilitaron, por una parte, el auge de grupos que convirtieron la palabra papal en algo sagrado e intocable con la consiguiente marginación de otras opiniones divergentes en el seno de la Iglesia.

Esto ha cambiado en el pontificado de Francisco. Se manifiestan opiniones alternativas y críticas frente al pontífice y algunas de estas voces críticas provienen de cardenales, obispos y grupos de católicos tradicionalistas.

Este número de la revista SAL TERRAE quiere reflexionar sobre las divisiones en la Iglesia y su reflejo en los medios de comunicación, sobre lo positivo y lo negativo, los límites y las condiciones de lo que, en general, se puede llamar la libertad de expresión, algo que la Iglesia defiende tanto fuera como dentro de ella. Así lo declaraba ya Pablo VI el 18 de mayo de 1971 en su instrucción pastoral titulada “Communio et progressio” (116): “Es necesario, pues, que los católicos sean plenamente conscientes de que poseen esa verdadera libertad de expresar su pensamiento, que se basa en la caridad y en "el sentido de la fe". […] Las autoridades correspondientes han de cuidar, pues, de que el intercambio de las legítimas opiniones se realice en la Iglesia con libertad de pensamiento y expresión. Por ello, determine las normas y condiciones conducentes a este fin”.

Silvia Rozas Barrero FI describe cómo el papa Francisco es el pontífice más altamente valorado por la sociedad y, al mismo tiempo, cuestionado públicamente por diferentes sectores de la Iglesia. El diálogo querido y provocado por él mismo se encuentra con los riesgos propios del siglo XXI: el enfrentamiento y la polarización. Ante las dudas que se difunden sobre su Magisterio, los fieles necesitan profundizar y formar su capacidad crítica para ir a las fuentes primeras de cada asunto y descartar la manipulación de algunos sectores de la Iglesia cuando se produce.

Ana Isabel Jiménez Serrano se fija especialmente en la polarización que afecta a los medios de comunicación al exponer los temas que tienen a la Iglesia como protagonista, comenzando por la figura del papa Francisco quien, desde su proclamación, ha sido protagonista de las portadas de los medios más relevantes del mundo. Su figura ha sido objeto de conspiraciones, guerras y desafíos de los que los medios de comunicación no solo han sido testigos sino, en muchos casos, también actores protagonistas.

Diego M. Molina, S.J. pone de relieve la importancia que tiene el papa en la estructura eclesial, consecuencia entre otras cosas, del desarrollo histórico que ha hecho que pertenezca a la conciencia católica la afirmación de que donde se encuentra el papa, allí está la Iglesia. Durante el siglo XX además se desarrolló una especie de devoción a la figura papal. Después de la admiración que despertó Juan Pablo II en amplios sectores de la Iglesia, especialmente entre los nuevos movimientos, la figura del papa Francisco aparece más discutida, atrayendo hacia sí tanto admiración como crítica. Todo ello hace necesario profundizar en lo que sería una relación sana con el papado.

Finalmente, Pablo Guerrero, S.J. reconoce cómo hoy, más que nunca, necesitamos de esa Iglesia que cura, escucha, reconstruye, acompaña, incluye y abraza. Porque en el mundo, y por ello también dentro de la Iglesia, hay enfermedad, incomunicación, destrucción, soledad, exclusión y división. La capacidad de alegrarnos con el otro, el aprendizaje de la escucha, el respeto por la diversidad y la asunción del diálogo frente a la tentación del dogmatismo son presentadas como actitudes necesarias para fomentar una pertenencia eclesial madura.

Dentro de la serie dedicada este año al Camino de Santiago Juan Antonio Torres, OSB pone de relieve que, al lado de que los peregrinos contribuyen a desarrollar una dimensión comercial legítima, la Iglesia se esfuerza, con su testimonio creyente y de caridad, para que el Camino sea para los peregrinos una experiencia de fe. Aunque a nivel personal puede haber distintas razones para emprender el Camino, algunas no siempre religiosas, la experiencia de soledad y austeridad inherente a la peregrinación facilita frecuentemente un encuentro con Dios.

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