Semblanza del P. Florentino Zubiaurre Azkoitia SJ

En esta Iglesia, junto a la Virgen de la devoción del P. Zubiaurre (Urrestilla, Guipúzcoa, 17/10/1930– Loyola, 27/06/2017), con la presencia del confesionario en el ángulo oscuro de la Iglesia, en el que él administró tantas veces el sacramento del perdón, nos reunimos en una Eucaristía de agradecimiento a Dios por la vida de este jesuita de bien, que todos conocimos, y para pedirle a él que interceda desde el cielo por nosotros.

El evangelio que acabo de proclamar, recoge una serie de exigencias a quienes quieran adherirse a la persona de Jesús. Recoge el final de los consejos que Jesús impartió a los 12 apóstoles que envió a predicar por los pueblos de Galilea.

Son palabras exigentes, incluso radicales. Lo que muestra que en ciertos momentos, Jesús se puso serio y no toleró rebajas en su mensaje. Lo que representa un aviso a la tentación de confundir la bondad del Señor con un evangelio leve, fácil y blando. Jesús, a nivel de principios, es exigente y no admite soluciones de compromiso.

Tres son las afirmaciones centrales del texto evangélico de hoy: Jesús debe ser amado por encima del amor a la familia, e incluso a la propia vida. Nos exige un amor preferencial a él, más allá del amor natural a nuestra familia. Esto es: en caso de conflicto entre las palabras de Jesús y nuestros intereses familiares, ha de prevalecer el querer de Dios…

Esto nos resulta difícil, sobre todo en el orden práctico. Evidentemente las palabras de Jesús no pretenden negar la importancia del amor entre padres e hijos, pero hay que situarlo a un nivel inferior del querer de Dios sobre nuestra vida.

1. Toma tu cruz y sígueme. No se trata de que debamos amar las cruces de la vida por ellas mismas, como si Dios quisiera que sus hijos sufriéramos sin motivo. No, se trata de seguir su camino, de vivir como él, de asumir sus enseñanzas sobe la verdad, el amor, la justicia, etc. Si esto hacemos, entonces nos encontraremos con las dificultades y las cruces. Cruces que unas tienen su origen en nosotros, y cruces del sufrimiento de los demás que nos toca participar. Cruces inevitables, que nos salen al paso cada día, y en donde lo específicamente cristiano es el modo como las llevamos. En este caso como en todo, un cristiano tiene que referirse al modo como Jesús vivió: él cargó con la cruz que suponía ser fiel a la voluntad de su Padre, respetó una jerarquización en sus amores y abrazó las cruces que otros se las imponían.

2. El que pierde la vida por Jesucristo, la encuentra. ¡Palabra extrema! Se trata de no vivir para nuestros gustos, intereses, como norma última de conducta, sino que estemos dispuestos arriesgar la vida, i.e. a vivirla, según el evangelio. Y esto se compatibiliza mal con el deseo universal que todos tenemos de ganar, lograr, conseguir, triunfar, etc. a costa de lo que sea, cuando Jesús nos pide relativizar incluso la propia vida por fidelidad a su persona. También a este nivel las palabras de Jesús fueron coherentes con lo que fue su vida y su muerte

3. Este catálogo de principios puede resultarnos presuntuoso, excesivo, si no podemos en el centro de nuestra vida la persona de Jesús, cuanto él hizo y está haciendo por nosotros. Su amor hacia nosotros no tiene comparación alguna, y su voluntad de que seamos felices es absoluta, por paradójico que nos puede parecer en algunos momentos. Pero si él no ocupa el centro real, afectivo, en nuestro corazón; si se limita a ser un personaje creído sólo a nivel de la cabeza, pero sin incidencia en la vida; si pensamos que él está allí y nosotros aquí, lejos de él, remando solos ante las dificultades,… entonces pasaremos la página del evangelio de hoy y actuaremos a sus espaldas. Y esto, aunque una vida normal no se verá enfrentada a alternativas tan radicales como presenta el evangelio de hoy.

4. El P. Zubiaurre trató de vivir estos tres principios: prefirió a Jesús a su propia familia, cuando a los 20 años entró en el noviciado de Loyola: día a día fue perdiendo su vida por los demás; y fue digno de Jesús porque tomó en silencio su cruz de la enfermedad, de la incomprensión y la crítica, incluso a veces de sus más cercanos. Pero la clave de todo fue su amor sencillo y sentido a Jesús y a María. Este credo de su vida lo fue recitando en sus cuarenta y dos años de vida en Tudela: en la ETI (Escuela Técnica Industrial), en el Colegio S. Fco. Javier, en la Pastoral, desde esta Iglesia y confesionario, desde su Iglesia de la Virgen de la Cabeza, y desde los barrios y casas de personas necesitadas.

5. Su retrato personal podríamos configurarlo a base de unos pocos trazos: fue un hombre pobre, humilde, disponible y servicial, piadoso, trabajador y sacerdote a tiempo completo.

Pobre para consigo, en el vestir, en el tener, en el consumir… pero rico en la libertad y en los valores evangélicos. Pobre en títulos universitarios, pero rico en la sabiduría del evangelio. Pobre en teorías, pero rico en la compasión de su corazón. No buscó el reconocimiento. Hacía lo que creía que era su deber.

Sensible al mundo de los pobres, de los límites humanos. No se apuntó a un slogan de “amor a los pobres”, con riesgo ideológico, pero con frecuencia sin relación con la realidad. No, él visitó a los pobres. Pidió a quien podía darle una ayuda para los pobres. Y siguió constante en este frente aunque algunos le dijeran que le engañaban. Fue sensible a los que sufrían, a los enfermos, a los que no contaban socialmente, a los que carecían de cultura y recursos.

Fue también un hombre devoto, de piedad profunda, que se puede encuadrar en la “piedad popular” de la que el Papa Francisco dice “en algún tiempo mirada con desconfianza, ha sido objeto de revalorización en las décadas posteriores del Concilio. Pablo VI dio un impulso decisivo en este sentido. Explicó que la piedad popular “refleja una sed de Dios que solamente los pobres y sencillos pueden conocer” y que “hace capaz de generosidad y sacrificio hasta el heroísmo cuando se trata de manifestar la fe” (Evangelii gaudium 123).

Y en este marco se encuadra el amor del P. Zubiaurre a las devociones, al rezo del rosario, a las imágenes de los santos, a las peregrinaciones, a su participación en cofradías, Javieradas, peregrinaciones, etc… El estaba a gusto con el pueblo sencillo, humilde, y que no cuenta socialmente.

Sacerdote para todos, para todo y sin horario fijo. Así se han de entender su colaboración con el clero de Tudela, cuando éste le pedía una ayuda, su prontitud a prestar los últimos auxilios a quien se los pedía, su fidelidad al confesionario, etc.

Y todo esto llevado a cabo con un estilo que se caracterizaba al menos por estos rasgos: Actuaba sin meter ruido, sin llamar la atención, le gustaba los últimos puestos. Era un hombre de mirada baja, reservado en sus trabajos apostólicos… y siempre sonriente.

No estaba condicionado por modas, estilos y novedades pastorales: él iba a lo esencial y no tenía reparo en ello.

No ejerció de persona intelectual, ni intelectualizó demasiado su vida. Sintonizó con Jesús y María, a quien amaba como un niño, y para quien tenía detalles como el de llevar bajo su buzo de trabajo, sotana o camisa el cordón y medalla de congregante mariano.

Al final, P. Zubiaurre, te trasmito mi envidia y la de muchos tudelanos. ¡Qué bien has cumplido tu vida! ¡Cuántas lágrimas has secado! ¡Cuántas pobrezas has compartido! ¡Cuánto entusiasmo has sido capaz de imprimir a tus compromisos! ¡Cuánto te has olvidad de ti por los otros! ¡Qué ejemplo nos has dado!

Por eso, por encima del reconocimiento que te hizo el Ayuntamiento hace seis años, por encima del parque dedicado a tu persona al borde del campo de futbol de los jesuitas, están las personas a quienes has hecho un poco más felices, que te siguen admirando y agradeciendo. Siempre serás para todos nosotros un ejemplo, un referente de vida de hombre bueno, para una sociedad que va dando la espalda a los valores de aquel otro hombre sencillo, sensible y compasivo que nació en Nazaret y se llama Jesús. ¡Gracias Zubi!

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El 3 de febrero de 2011, el Ayuntamiento de Tudela le hizo un homenaje de reconocimiento por su obra social, con los sectores más desfavorecidos de Tudela. El Sr.

Alcalde, Sr. Casado en su parlamento contó una impresión de lo que el P. Zubiaurre había significado para él. Siendo colegial, cuando bajaba de las clases de Cou, en el nuevo edificio, me iba admirando de la ciencia de algunos profesores jesuitas. Y a veces me encontraba con el P. Zubi limpiando y barriendo los jardines del patio interior del antiguo edifico. Le miraba sin mayor interés. Pero pasando el tiempo me di cuenta que si los profesores me resultaban admirables por su ciencia, el P. Zubiaurre era maestro de sabiduría humana y cristiana. Y esto era algo superior.

Ese mismo Sr. Alcalde, el 7 de marzo de 2012, comunicó oficialmente a la Comunidad de Jesuitas de Tudela cómo en el último pleno del Ayuntamiento se había decidido denominar como “Padre Zubiaurre” el espacio público en un terreno limítrofe con los campos de deportes del Colegio. Y así lo es.

El 6 de julio de 2017, el actual alcalde de Tudela, Eneko Larrarte, también alumno nuestro, nos comunicó en carta oficial el sentimiento de pena por la pérdida del padre Zubiaurre, que “aunque no lo conociera, no dejaban de apreciar todos los vecinos de Tudela por su bondad. Porque sobre todas las cosas eso era “Zubi”, un ser extremadamente humilde y bondadoso. El P. Zubiaurre, que dedicó una buena parte de su vida a confortar física y espiritualmente a varias generaciones de tudelanos y

tudelanas, recorriendo con su moto las calles de nuestra ciudad con su permanente sonrisa. Siento esta pérdida tan entrañable…”

José Antonio Castellot, S.J.

Tudela, 27 de octubre de 2017

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