Semblanza del P. Jaume Filella SJ

Todos los que nos hemos reunido aquí compartimos el dolor por la muerte de Jaume Filella. Una persona como él, con su calidad humana, su energía, su bondad y su inteligencia deja una profunda marca en las personas que trata.

Tendremos que hacer el duelo por su ausencia física. Pero junto al sentimiento de dolor por su muerte, nos une la acción de gracias por haberle encontrado en nuestra vida. Porque sin duda nos hizo mucho bien. En esta Eucaristía queremos celebrar el Amor de Dios, que sin duda le acoge en su Vida Plena y también celebrar la comunión, o podríamos decir, la “común-unión”, que Jaume vive con todos nosotros ya ahora.

Quisiera hablar de Jaume Filella a partir de un hecho que me ha llamado la atención: a lo largo de estos últimos años han sido bastantes las personas de ESADE que me han preguntado con mucho interés y cariño por Jaume. Personas de toda condición: más arriba o más abajo del organigrama, creyentes y no creyentes, de los distintos departamentos. Cuando les he preguntado que habían sentido en su trato con él, me han dicho que se habían sentido queridos, acogidos y fortalecidos. 

A partir de este hecho, me pregunto ¿Quién era Jaume Filella? ¿Cómo era? En realidad, sé poco de él. Entró en la compañía en 1944, el mismo año en que yo nací. A los cinco años de su entrada en el noviciado fue destinado a la India y no volvió definitivamente a Barcelona hasta 1988, casi 40 años después, en 1988. Los años anteriores había venido a Barcelona un trimestre al año, durante el cual daba cursos en ESADE, además de otros muchos cursos, retiros y charlas de índole claramente pastoral.

Empecé a conocerle cuando ya se acercaba a los 60 años, cuando su personalidad había ya cuajado dando un gran “sí” a la vida.

En efecto, Jaume había dado un gran “sí” a la vida y por esto las personas que se acercaban a él se sentían afirmadas, queridas, aceptadas. Lo que él afirmaba era el ser de las personas, no su riqueza, su estatus o su inteligencia. Por eso, personas de toda condición preguntaban con cariño por él.

En un precioso libro que recoge la substancia humana de sus cursos, Jaume decía: “Soy lo que soy, y esto que soy, vale”. Lo que “vale” es el ser de cada uno, no sus “cualidades” grandes o pequeñas. Y añadía: “Soy vitalidad. Soy energía”i. Su trato despertaba el “ser” y la energía de las personas. Era muy bondadoso pero la suya no era una bondad “blanda” sino sorprendentemente interpeladora.

Con frecuencia, en una conversación o en clase, te descolocaba. Situaba la pregunta o la cuestión en un marco más amplio que al principio costaba aceptar, pero que, al final, ensanchaba la mente y el corazón. Y esto sucedía porque tenía una sorprendente capacidad de transformar las oposiciones en complementariedades y la fragmentación en integración. Una integración muy respetuosa de la diversidad interna.

Probablemente su larga asimilación de la cultura india le había ayudado a caminar en esta dirección.

Quisiera añadir que este fue el Jaume que conocí, en su plenitud como persona. Los últimos años en la enfermería demostró que todo esto no era fachada. Supo aceptar y vivir con dignidad la decadencia física que le provocó la enfermedad de Parkinson. Los que le veíamos de vez en cuando y los que le han ayudado y cuidado durante estos últimos años, han sentido que lo que decía en sus clases es verdad: que lo que somos, “vale”. En Jaume, aprisionado ya por la vejez, este valor del ser, de la vida, continuaba percibiéndose.

En el Evangelio hemos leído las Bienaventuranzas y podríamos preguntarnos qué tipo de persona describen, cual es el modelo humano que dibujan. Sin duda, retratan a al mismo Jesús. Pero también describen, a otro nivel, el tipo de persona que era Jaume. Él asumía libremente la pobreza porque para él el “ser” valía más que el tener. Él aceptaba la vida entera con sus momentos de alegría, pero también con su dolor y su tristeza: daba un gran “sí” a toda la vida. Su mirada sobre las personas reconocía en ellas a hijos e hijas de Dios y por esto buscaba la justicia, vivía la misericordia y construía la paz. Sabía asumir los conflictos y sabía perdonar. Él se definía, en definitiva, como un “optimista paciente”.

En la Eucaristía celebramos y acogemos la VIDA de Jesús Resucitado en cada uno y en la Comunidad. Esta misma VIDA que Jaume supo vivir y hacer fructificar. Por esto,

sintiéndonos en comunión con él, le pedimos que nos haga capaces de abrir también la puerta al Espíritu de Jesús para ser instrumentos de la construcción de un mundo más justo, acogedor y solidario.

Josep Miralles, SJ

San Cugat del Vallés, 16.11.17

Descargar la semblanza en pdf junto al artículo de Carlos Losada publicado en La Vanguardia en este enlace.