Semblanza del H. Lázaro Cortabarría Ibabe SJ
Nos despedimos de Lázaro en esta capilla gótica de la Universidad de Deusto que él ha cuidado y conservado con tanto mimo y cariño, y en la que tantas veces se ha encontrado con quien ha sido su mejor amigo.
Lázaro Cortabarría Ibabe (Aramaiona, Álava 21/09/1920 – Bilbao, 25/11/2017), natural de Aramaiona, hombre bueno e íntegro. Un hombre con una enorme personalidad, recio, valiente, emprendedor, sufrido, generoso, honrado, servicial con todos y, sobre todo, un hombre de Dios. Un hombre al que esta Universidad debe tanto, porque a ella le ha entregado los últimos 55 años de su vida, haciéndonos a todos la vida más confortable y preocupándose porque a nadie le faltara el más mínimo detalle.
Muchos de los que estamos hoy aquí estaremos siempre en deuda con él. Y, desde luego, al tratar con él, todos hemos sentido un poco más cerca la presencia del Dios que plantó su tienda entre los hombres y que en Jesús asumió el dolor y la enfermedad de la humanidad. Después de una vida entregada con total responsabilidad a s trabajo y a la comunidad, Lázaro estuvo impedido largos años en una silla de ruedas. Pero nunca se quejó, siempre agradecido, con una memoria increíble, rezando sus rosarios y viendo los partidos de pelota a mano que seguía con gran afición.
Desde que Lázaro entró en la Compañía de Jesús en Tournai, en Bélgica, en 1937, ha construido mucho. Primero en Loyola, después en Tudela y de nuevo en Loyola; en Oña, Briviesca, Valladolid, en Mota del Marqués y finalmente en la antigua Provincia de Loyola, en donde ha supervisado las obras de la Provincia y ha hecho de la Universidad de Deusto el lugar amable y cercano que hoy en día es.
A él le debemos, entre otras, las nuevas obras o las grandes reformas de muchas de las casas que han sido tan importantes para sus compañeros jesuitas: el antiguo juniorado y filosofado de Loyola, la granja de Briviesca, el noviciado de Villagarcía y la modernización de la Universidad de Deusto, tanto en San Sebastián como en Bilbao.Lázaro ha construido mucho y bien. Pero sus obras nunca han sido monumentos destinados a ser contemplados sino a ser habitados y a darnos calor, a facilitarnos nuestro trabajo y a darnos comodidad a los demás. Siempre atento a las necesidades de cada uno de nosotros, no conozco a nadie que se haya dirigido a él pidiéndole una mesa, el arreglo de una gotera o una papelera y haya recibido un mal gesto o una negativa por respuesta. Y era lo mismo que se tratara de demoler muros para levantar la antigua biblioteca que de hacer un empalme para colocar una extensión eléctrica.
Hombre lleno de detalles, a cuántos de los que estamos aquí no nos ha telefoneado el día de nuestro cumpleaños o se ha interesado por la salud de nuestros familiares.
Pero, para quienes compartimos una misma fe en Jesús, con Lázaro no se nos va un simple constructor. Con él se nos va algo más. Se va de nuestro lado un constructor
del Reino de Dios. Y los constructores de este Reino no son trabajadores anónimos ni personas fácilmente sustituibles. Son hombres y mujeres elegidos para llevar a cabo una misión; hombres y mujeres con un rostro concreto en quienes se refleja la mirada del mismo Jesús.
Desde la fe en Jesús, todos los amigos y familiares de Lázaro que nos hemos reunido hoy aquí, al pensar en él y recordarle, deberíamos considerar en lo que es el
trabajo bien hecho y en la construcción sobre roca firme, como dice el evangelio. Un trabajo que pervive a nuestro alrededor y que siempre nos acompañará. Un trabajo en el que ha edificado conjuntamente con quien puso sus ojos en él hace 97 años y cuya muerte y resurrección celebramos hoy. Un trabajo hecho desde el convencimiento de que Jesús es la fuente y el origen de la esperanza cristiana.
Lázaro ha sido un hombre estimado por todos, por su familia a la que todas las semanas llamaba y a los que seguía con cariño, por los arquitectos con los que trabajó,
que reconocían su sabiduría, eficacia y buen juicio, por todos los empleados que le respetaban y querían y por todos los compañeros jesuitas a los que en su vida diaria y en lo profesional “edificó” abundantemente.
Javier López Ariztegui SJ. Bilbao, 28 de diciembre de 2017