Semblanza del P. Luis M. Mendizábal Ostolaza

Conocí personalmente al P. Mendizábal el año 2003, al ser destinado a la Comunidad de Toledo, donde él residía. Desde el primer momento me recibió con esa sonrisa agradable y acogedora con la que él solía recibir a todos cuantos pasaban por la Comunidad. Allí permanecimos justos hasta que el 1 de julio se cerró la residencia. Él fue destinado a Alcalá y un servidor a la comunidad de San Pedro Fabro en Madrid.

Tratando de presentar una semblanza del P. Mendizábal, tal como yo la percibí en los años que vivimos juntos, destaco los rasgos siguientes, sin que con ello pretenda agotar su rica personalidad humana y espiritual.

Su vida consagrada en la Compañía de Jesús estaba sustentada en una base profundamente humana: de carácter alegre, acogedor y servicial. Su conversación en los momentos de asueto era agradable, con sus chascarrillos que nunca faltaban. Como anécdota le oí decir que en cierta ocasión iba con otro jesuita a dar EE a una ciudad. Por el camino le dice el que lo acompañaba: “se me ha olvidado la carpeta de las pláticas. No sé qué voy a hacer” A esto él respondió: “Pues a mí se me ha olvidado la libreta de los chistes”.

Sobre esta riqueza humana estaba presente “el hombre de Dios”. Había hecho suyas aquellas palabras de la Fórmula del Instituto, y que varias veces me comentó: “Procure, mientras viviere, poner delante de sus ojos ante todo a Dios y luego el modo de ser de este Instituto”. Tenía un profundo conocimiento del Instituto de la Compañía de Jesús. Cuando le preguntaba yo sobre algún tema relacionado con esta materia, enseguida me mostraba la cita dónde poder encontrarlo. De este profundo conocimiento nacía su amor a la Compañía. En él pude observar un hondo respeto y obediencia a los superiores.

Apóstol del Corazón de Jesús: El P. Mendizábal fue un ferviente apóstol del Corazón de Jesús. Recuerdo con enorme gratitud la Hora Santa que cada primer viernes tenía en nuestra iglesia de San Ildefonso. A ella acudían muchas personas para escuchar sus meditaciones, orientadas siempre para “conocer a Jesucristo y así amarle y seguirle”.

Otro rasgo de la personalidad del P. Mendizábal fue su sabio consejo y acompañamiento espiritual. Con un profundo respeto a la persona trataba de ayudarle a “buscar y encontrar la voluntad de Dios”. Seglares, vida consagrada, sacerdotes y obispos, sabían que en el P. Mendizábal tenía un “Hombre de Dios”, que con su ciencia y virtud les iba a orientar en sus situaciones concretas.

En toda esta riqueza humana y espiritual no podía faltar su amor a la Iglesia. Con frecuencia hablábamos de este rasgo que ha de estar presente en la vida del jesuita. Él así lo vivió. Cuando pedían su colaboración para cualquier servicio, allí estaba presente, y así lo inculcaba a cuantos se acercaban a él.

Una vida así, gastada en servicio del Reino, tuvo como final el gran funeral que se celebró en Alcalá el día de su entierro. Yo no pude asistir. Pero he pedido a Fernando, un seglar que conoció muy de cerca al P. Mendizábal, que nos diga algo sobre esta celebración.

“Me pide el P. Ricardo que escriba mis impresiones sobre lo vivido estos días con el fallecimiento del Padre Mendizábal. Lo primero que se me viene decir es “Gracias por el privilegio de haberlo tenido en nuestras vidas”: Efectivamente su funeral (todos los que estuvisteis coincidiréis conmigo) fue humanamente impresionante: cinco obispos, más de 100 sacerdotes, más de 100 religiosas, familias… venidos de todas las partes: Barcelona, Sevilla, Zaragoza, Gandía, Getafe, por supuesto Toledo, etc. Pero lo más impresionante, es que cada uno nos sentíamos y sabíamos auténticos “hijos”, únicos e irrepetibles para el padre Mendizábal, a mí en particular se me vinieron a la memoria tantos buenos consejos, tantos ánimos, dados a pesar de él no encontrarse bien… El último día que lo visité en la residencia, el día antes de fallecer, que él estaba ya muy fatigadito y hablando conmigo se quedaba dormido en la silla… pero cada vez que pasaba uno de sus hermanos sacerdotes, trataba de espabilarse, les sonreía y les nombraba con tanto cariño… (“cuánto amor”, frase que le encantaba oír de los labios de mis hijos mientras le abrazaban…) realmente creo que ha fallecido en el Corazón de Dios, ese Corazón que él tantas veces, a tiempo y a destiempo nos ha tratado de dar a conocer, del que disfrutaba hablando, de Jesucristo vivo, de su amor que conocía tan bien y que él mismo transparentaba. Él mismo escribió en alguna ocasión: “Yo estoy seguro que la persona, sacerdote o religioso enamorado de Cristo, que hablase sinceramente, arrebataría al amor de Cristo, si hablara de lo que es Jesucristo vivido, realmente vivido por él”. Yo estoy seguro de que a muchos, su vida nos ha arrebatado a este amor.

Él ha descansado en el Corazón de Dios siendo fiel a su vocación de jesuita, ha fallecido donde él quería, en su sencillo cuarto de la residencia (cada vez que me veía en el hospital me decía, ponme los zapatos y llévame al colegio de San Ignacio…), rodeado de sus hermanos jesuitas que tan bien le han atendido y cuidado hasta el final. Tuve la suerte de poder bajarlo de la iglesia al coche, cargando con él, que tantas veces ha cargado con misericordia con nuestras flojeras y mediocridades…

Si impresionante fue su funeral, no lo fue menos su sepultura, en el precioso cementerio de San Isidro en Madrid, traído a hombros por las Hermanas de la Fraternidad entre cánticos de “Ved cuan amable convivir los hermanos unidos”, y “nada nos separará del Amor del Señor”, “Anima Christi…”, etc. mientras rezábamos en la espera con el superior los responsos y una parte del rosario, de la mano de María, y rodeado de tantos sacerdotes, religiosas, seglares y familias a la que él durante tanto tiempo nos ha cuidado, aconsejado… y llevado en su corazón. Realmente salimos todos consolados, con la certeza de que él desde el Cielo nos sigue acompañando y llevando, con una gratitud profunda mezclada con la pena de no poder volver a preguntarle en persona nuestras “pequeñeces”, pero con la serena certeza de su compañía (yo ahora me pregunto en cada cosa, qué le agradaría al Señor y qué le agradaría al padre Mendizábal?, que siempre en él coincidía…) y con un intenso deseo que él siempre ponía en nosotros de ser fieles a Jesucristo, y decir con él “Jesucristo lo es todo”.

MUCHAS GRACIAS PADRE POR TU VIDA

Ricardo Rodrigo, S.J. y Fernando Fernández

(Oviedo, 24.01-2018)

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