Semblanza del P. Antonio I. Pascual Lupiáñez SJ

Se nos fue nuestro Lupi, como era conocido familiarmente por sus compañeros y amigos. “Un hombre bueno” es la calificación espontánea de cuántos conocen su fallecimiento. Un jesuita con porte de gentleman inglés, con elegancia austera, educado, acogedor, entrañable y con sentido del humor, aspecto exterior que ya adelanta su rica persona, de la que destacaré algunas dimensiones.

Fue alumno externo del colegio San Estanislao, de El Palo, de la promoción de 1948, y dejó tan buena impresión que lo eligieron Antiguo Alumno de Honor en 1999, galardón que le fue entregado en las fiestas patronales, el Día del Antiguo Alumno, el 14 de noviembre.

Acabada la formación, lo enviaron al curso de verano en El Puerto de Santa María en el edificio que se había quedado vacío por el traslado del noviciado a Córdoba, por lo que asistió a la reapertura del mismo como colegio San Luis el año 1962. De ahí marchó como director espiritual al Seminario menor diocesano de Jaén, en Baeza (1962-65) y continuó por el Santo Reino, en la capital (1965-69). Allí fue un pionero de los medios de comunicación social, como uno de los fundadores de la emisora de Radio Popular en Jaén (1966) de la que fue su primer director espiritual y asesor religioso, en un local anexo al antiguo palacio episcopal. Preparaba, grababa y emitía su programa religioso semanal y allí le sacó partido y perfeccionó sus aprendizajes sobre comunicación. Por entonces, la provincia Bética desarrollaba una red radiofónica para la radiodifusión cultural y religiosa con Radio Vida (Sevilla 1955), Radio Popular de Montilla, Córdoba (1961) dedicadas también a la alfabetización, trasladada a Córdoba, Radio Popular de Jaén (1966), Radio Popular de Granada (1967) y Radio ECCA de Las Palmas (1965), iniciada por el mismo fundador que la de Montilla. Aquella estancia en la provincia de Jaén, tanto en el seminario diocesano de Baeza como en la capital, le permitió recorrer pueblos de aquellos cerros de Úbeda, donde era invitado para charlas y retiros. Se convirtió en el paño de lágrimas de los curas, a los que siempre estaba disponible para sustituir en sus parroquias.

En la capital del Santo Reino era confesor de los alumnos del Seminario; y de paso se hacía amigo de los estudiantes que por aquellos años residían allí.

Fue socio (1969-72) en el difícil provincialato de Alejandro Muñoz Priego, y lo que más le apenaba era en cada consulta, ver la amplia lista de jesuitas que pedían su dimisión de la Compañía, en aquellos años en que se dispararon estas cifras al tiempo que se desplomaron los ingresos.

Su buen carácter y afabilidad le facilitaban ser querido por todos. Quizás por eso fue mucho tiempo superior. Comenzó como tal en Jerez de la Frontera (1972-78), donde la provincia Bética, en su afán por ir entonces a las periferias, cambió la residencia en el edificio céntrico de la antigua Compañía, por la parroquia Madre de Dios que atendía desde 1967. Era una parroquia diseñada arquitectónicamente para una pastoral nueva, con el altar en el centro de la comunidad y con una zona acristalada para que las madres pudieran estar con sus niños sin que molestasen sus alborotos. En todo el complejo parroquial se puso en marcha una acción pastoral propia del postconcilio, con actividades juveniles y para otros colectivos, además de atención social, pero que no despreciaba la religiosidad popular de las cofradías.

Regresó a su tierra natal, Málaga, donde fue superior sucesivamente en las tres comunidades que allí había entonces. Su bondad y humanidad compensaban otras deficiencias más operativas. En el colegio San Estanislao (1978-92) fue profesor y trabajó en el apostolado familiar y matrimonial. Supo ayudar a la comunidad educativa y religiosa en la gran transformación del colegio, que comenzó con la separación de comunidad y colegio (ministros, contabilidad, vivienda independiente, suministros de agua, electricidad…). Allí fue nombrado ministro en 1978 y superior en dos periodos, 1979-81, y 1988-92. En este último curso (1991/92) también fue director del Centro Xavier, un centro de pastoral que dependía del colegio que después se transformación e obra intercomunitaria como Centro Arrupe.

De allí pasó a la residencia de Málaga (1992-98), en una época en la que confluyeron allí varios jesuitas volcados a una acción social carismática, y, por lo tanto, difíciles de gobernar. Tuvo que “torear” situaciones que resultaban molestas para el resto de la comunidad, pero estando cerca de todos y mostrando comprensión y afecto en las dificultades. Una tarde de domingo observó, a tiempo, que lo que se había preparado para la cena había “desaparecido”, pues había sido “derivado” a otro fin más social. Tuvo la idea de convertir aquella amenaza en oportunidad: encargó unas pizzas y presentó la cena de aquel día como un experimento novedoso, jovial y más divertido que la cena habitual.

Además de la pastoral propia de una residencia, colaboraba con los colegios jesuitas. En la segunda promoción de formación de profesores para el “Master en Ciencias de la Religión Cristiana” de la Facultad de Teología de Granada (1993-1996), fue uno de los tutores para las sesiones en Málaga.

De allí fue enviado a la pequeña comunidad de la Escuela San José (1998-2007), la escuela del Padre Mondéjar, como es conocida en Málaga, donde fue superior (2000-2005), continuando sus ministerios habituales, con especial colaboración con le Escuela San José. Eran entrañables las eucaristías dominicales comunitarias ampliadas con el matrimonio Vara-Aragüez, sus grandes amigos que compartió con la comunidad. En sus últimos años activos recuperó su actividad mediática, si bien, no en las ondas, sino en la prensa escrita, pues por algo era hijo de un tipógrafo. Desde 2002, hasta que su cabeza se lo permitió, escribía los comentarios de las lecturas de los domingos en Diario Sur. No defraudó con esta responsabilidad semanal. Eran textos breves, periodísticos, atinados y muy valorados, que escribía peleándose con el ordenador, cuyo ratón no consiguió dominar.

Era un buen operario para multitud de trabajos para los que era solicitado: ejercicios espirituales, retiros, ayuda en parroquias, escuela de oración, eucaristías, reuniones con matrimonios, consejo y acompañamiento espiritual, cursos prematrimoniales, confesión, conversación espiritual, profesor de Teología en el seminario, confesor ordinario de las religiosas carmelitas descalzas de Torremolinos y siervas de María…). Ayudaba en la traducción de textos latinos cuando ya empezaron a escasear quienes dominaban la lengua de Cicerón. Ha acompañado a muchas personas en su progreso como personas y como creyentes. Ha ayudado a superar muchos escrúpulos y obsesiones. Ha cultivado muchas y buenas amistades… Estaba disponible y dispuesto para ello. Aunque había estudiado la Teología antes del Vaticano II, era un hombre del concilio, un pastor posconciliar que se nutría leyendo a los teólogos y pastoralistas más punteros del momento. A él le oí expresar la regla de oro de la homilía, que, aunque en otros contextos puede sonar a machista, recibió carta de naturaleza al ser citada por una teóloga en un artículo hace algunos años: “La homilía debe ser como la minifalda: corta, ajustada [a la situación] y que enseñe algo”.

Cuando una demencia incipiente lo empezó a acechar tuvo una etapa de despistes “graciosos”. Era consciente de su limitación y se protegía con expresiones genéricas para no “meter la pata” y no citar a esposa o hijos de conocidos, por si no los había, o referirse a otra ciudad: Tú, y tu familia, estáis bien? Estás contento en tu sitio en el lugar donde estás?... No obstante, algunas de sus últimas reuniones como superior acababan en una risa contagiosa de todos, incluido él, cuando lo percibíamos perdido.

Con el Alzheimer más patente tuvo una primera etapa de ambigüedad, con suficiente autonomía como para querer salir de la enfermería. Tomaba el autobús desde El Palo al centro y a veces se perdía por algún barrio de Málaga. Alguna vez tuvo que devolverlo la policía local. Se equivocaba de cuarto, incluso de prótesis dental. En una época coincidieron en la enfermería tres jesuitas aquejados de la misma enfermedad que pasaban el día juntos. Su drama se refleja muy bien en una escena de Lupi con uno de ellos, mientras esperaban al tercero. Su interlocutor le dijo: “Hoy, a quien no he visto por aquí es al Lupi”. A lo que el Lupi contestó con total naturalidad: “No habrá podido venir hoy el hombre”. Siempre conservó la sonrisa y la amabilidad, pero lo íbamos viendo caer indefectiblemente en el abismo de la enajenación, con dolor, al ver sólo la fachada de aquella persona que conocíamos y queríamos. Ya no reaccionaba… y se fue apagando poco a poco, … hasta que Nuestro Señor lo llamó a la lucidez plena junto a sí.

Descanse en paz!

Wenceslao Soto Artuñedo, S. I.

Madrid 19.02.2018

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