Semblanza del P. Vicente Parra Sánchez SJ

Escribir una nota sobre Vicente Parra es una tarea fácil y difícil al mismo tiempo. Fácil porque son muchas las cosas que en mi memoria y en mi corazón ha dejado su paso por mi vida: desde anécdotas sencillas y entrañables, hasta sentimientos hondos de gratitud y amistad; difícil porque esa misma abundancia de vivencias dificulta una síntesis que quiere ser objetiva. Dejo al margen ahora lo que es un recorrido por los datos de su biografía que ya han sido publicados; me interesa subrayar rasgos básicos de su persona.

Hacer memoria de Vicente Parra es hacer memoria del hombre, del educador y del jesuita.

Lo mejor que se puede decir de la persona de Vicente Parra como hombre es que era muy humano. Con todo lo que eso comporta y significa, y con toda la capacidad que eso da para acercarse y ayudar a otras personas humanas. En la homilía de su funeral en Valencia nos dijo Eduardo Serón que Vicente era un hombre bueno. Lo era. Y en esa misma eucaristía otras personas mencionaron con emoción el recuerdo de su capacidad de amistad, con todo lo que esa palabra conlleva: cercanía, implicación, fidelidad, acogida… Su sencillez era bonhomía. Y su sentido del humor, con buena dosis de socarronería de labriego valenciano al estilo Tarancón, era la guinda de esa humanidad. Era también una persona transparente, con la vulnerabilidad que toda transparencia acarrea. 

Vicente fue también educador. En el campo de la educación concretó su vocación de servicio como jesuita en la mayor parte de su vida. En la antigua Provincia jesuítica de Aragón, e incluso en el conjunto de las Provincias de España, hablar de Vicente Parra era hablar de colegios y pocas personas conocían y amaban tanto los colegios como él. Hizo de todo en el mundo educativo: desde las tareas más sencillas y cotidianas hasta cargos de responsabilidad. Misiones difíciles en tiempos difíciles, en aquellos años de cuestionamiento radical del apostolado de los colegios. En sus responsabilidades, Vicente aportó dedicación, sabiduría, energía, creatividad y apasionamiento.

Y en el fondo, animando e inspirando todo, su ser jesuita. Con verdad, con disponibilidad, con identificación plena con la Compañía de Arrupe. Y eso hasta el final: más allá de los años activos y de primera línea en los colegios, también en el acompañamiento pastoral de personas y grupos cuando dejó de asumir tareas y responsabilidades de gestión, y en el lento apagarse en la enfermería de Valencia. ¡Cómo nos dolía a quienes le queríamos ese silencio final del Vicente Parra dicharachero, bromista y hablador! Pero para entonces ya su conversación era la conversación interior y misteriosa con el Jesús que ha dado sentido a su vida toda.

Descanse en paz Vicente Parra, hombre bueno, educador incansable, jesuita entregado.

Darío Mollá Llácer, sj

Valencia, 15.03.2018

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