Semblanza del P. Luis Felipe Alberca Silva SJ

Creo que la mejor glosa que se puede hacer de la vida de Luis Felipe se encuentra en aquellas palabras del libro de la Sabiduría que leímos el día de su funeral: “Las almas de los justos están en las manos de Dios, los insensatos consideran su muerte como una desgracia. Pero ellos reposan en paz.” Él era de verdad un hombre bueno que respiraba paz por los cuatro costados y la transmitía a todos los que tuvimos la suerte de convivir con él.

Era un hombre de ciencia: toda su vida entregada a la observación del magnetismo terrestre en el Observatorio del Ebro en Roquetes (Tarragona). Fue durante casi 20 años director de esta obra centenaria de la Compañía de Jesús, sucesor de científicos de nivel internacional: los PP. Cirera, Rodés, Romañá y Cardús. Prosiguió su labor científica hasta un mes antes de su muerte, cuando la falta de memoria le impidió trabajar: recibía los datos de magnetismo terrestre de los diferentes observatorios de Europa, América y sudeste asiático, estudiaba y trataba estos datos y los reenviaba a un Centro de recepción, aptos ya para ser publicados con vistas a la previsión de fenómenos atmosféricos con incidencia en nuestras vidas.

Pues, a pesar de su alta labor investigadora y a pesar de sus muchos contactos con científicos de alto nivel, en los cuatro puntos cardinales del planeta, nuestro Luis Felipe, dentro del Observatorio y, sobre todo, fuera de él, era un hombre encantador, un hombre bueno, cercano, asequible muy querido por sus vecinos en Roquetes y en especial muy querido del párroco y feligreses de la parroquia del pueblo, donde pasaba buenas horas confesando, atendiendo a consultas, celebrando la Eucaristía e incluso en la catequesis infantil, donde tenía encandilados a los niños hablándoles de las estrellas y del Buen Dios que las creó. Era tan popular, que los habitantes de Roquetes pidieron al alcalde que el pueblo le dedicara una calle; así fue en medio de una gran fiesta popular. La gente comentaba con orgullo que aquel padre tan sabio había estado hablando con ellos, que incluso había aceptado con gusto el comer en su casa o había bautizado a un hijo suyo. Y el comentario final casi siempre era: es tan bueno y tan sencillo que da gusto estar con él; parece que sales con un corazón un poco más bueno.

A los 80 años dejó su querida Roquetes y pasó a vivir a una comunidad de Barcelona; allí siguió siendo el hombre bueno quien todos pedíamos su implicación para poner paz en algunos momentos de tensión comunitaria. Para bastantes de nosotros era nuestro confesor ordinario, donde nos sabía transmitir la paz del Padre Bueno que tenemos en el cielo. Un desgraciado accidente de tráfico a finales de noviembre pasado, en el que la responsabilidad era exclusiva del conductor del vehículo, que lo atropelló en un paso cebra, significó el principio del fin. Su desgastado organismo y su avanzada edad no respondieron a los muchos medicamentos y cuidados que recibió en el hospital y en la enfermería provincial; su vida se fue apagando y el 24 de marzo murió, como había vivido, con una gran paz, acompañado de sus familiares y amigos jesuitas. Quiero acabar como empecé: “las almas de los justos están en manos de Dios y ellos reposan en paz”

Lluís Victori Companys, SJ

Barcelona, 28.03.2018

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