Semblanza del P. Javier Oliver Villegas SJ

De pocos jesuitas se podrá decir, como de Javier Oliver, que era un miembro nato a la Compañía. Su identidad más íntima se veía afectada cuando ponía un S.J. tras su apellido. Bromeábamos diciendo que no había tenido que entrar en la Compañía, porque, ya desde mucho antes de su noviciado, su casa estaba aquí. En realidad, cuando llegó al noviciado de Aranjuez fue lo más natural que su hermano José Ramón, un año mayor que él, estuviera ya esperándole. Todo había empezado mucho antes, en tiempos del Colegio de Areneros, que él recordaba con nitidez como parte esencial de sus primeros años, y que le dio esa seguridad que no admite dudas de que la Compañía era su sitio. Ser jesuita pertenecía para él a la categoría de lo obvio, de lo que no obliga a hacer grandes retoques a la propia personalidad ni a la propia historia, porque ambas forman parte de un itinerario sin curvas.

Escuchar el txistu y el tamboril pasó, en los años cincuenta, a ser parte del paisaje de la vega de Aranjuez; como sonaban naturales los previsibles chistes protagonizados por Francisco Amesketarra, contados con un plausible acento donostiarra. Javier Oliver era una unidad indestructible, jesuita desde siempre, había venido a quedarse entre nosotros con todas las consecuencias.

Vivió con enorme y característica fidelidad toda una vida de entrega desinteresada al trabajo en nuestros colegios. Ciudad Real en la etapa en que la Compañía lo llevaba con eficacia y sin reparar en medios. Villafranca de los Barros, que acabaría siendo su último destino. Pero a la Escolanía Mater Amabilis, de la casa profesa de Madrid, le cupo más años que a ninguno, toda una vida, y logró conquistar su corazón. Cuando la Compañía decidió su cierre, las familias de los alumnos llegaban hasta la curia provincial cargadas de argumentos para impedirlo. En las discusiones salía, como bien irrenunciable de la Escuela en peligro, el P. Oliver. La Escolanía había dado vocaciones a la provincia, había suscitado aficiones musicales que aún duran, era indudable su éxito pedagógico. Javier, que le había sido fiel tanto tiempo, fue en aquella ocasión más fiel a la Compañía que a su querida Escuela. No le he escuchado quejas sonoras de una decisión que no llegó a comprender del todo. Y pasó con serenidad a otro trabajo.

He reído más de una vez con él, comentando su amor al detalle. Minucioso para tantas cosas, lo diminuto llegaba en Javier a su apogeo cuando reparaba los relojes que casi todos poníamos en sus manos. ¿De dónde le venía la afición, si se puede llamar afición a una habilidad cercana a lo profesional? Era sencillamente así, capaz de abstraerse, de recorrerse Madrid a la busca de una pieza de segunda mano que hiciera caminar aquel reloj de tercera categoría, al que tanto cariño tenía un jesuita de nuestra enfermería. Gustaba de tener detalles invisibles, de los que no reportan más beneficio que el trabajo bien hecho, que la pieza terminada, que difícilmente serán agradecidos porque el tiempo empleado y las mil vueltas a que ha obligado permanecerán siempre invisibles. Admitía fácilmente la broma, siendo él Ministro, de que andar a la búsqueda de mantequilla salada porque le gusta a uno de la comunidad es un esfuerzo que merece más amplios objetivos. Respondía incrédulo, ¿más que darle esa alegría a quien sé que le gusta tanto?

Javier se nos ha ido, con la discreción del que hace mutis por las bambalinas rápidamente y sin hacer ruido. En la casa de Las Navas de Riofrío le habrán echado de menos este verano. Organizar allí las vacaciones para un grupo de compañeros, ocupándose, como no, con fidelidad imperturbable de los mínimos detalles, fue su pasión un verano tras otro. Ponía en ello toda la ilusión que algunos jesuitas entregados invierten en las misiones de la Compañía que nadie les ha encargado, pero que son imprescindibles para que tantos se sientan en familia.

Con ocasión de sus agostos en Las Navillas, aceptaba yo siempre suplirle en la capellanía a la que acudía todos los días. ¿No me das instrucciones? le decía yo, antes de hacerme cargo, jugando a ponerle pegas. Yo me fío siempre, respondía. Y su tono era serio, porque Javier, que se fiaba ciegamente de Dios, había aprendido a fiarse de los demás con humildad y libertad interior. 

Ahora ha muerto, y desde la lejanía que da vivir en otro país, pienso en su sencillez de vida, en su fidelidad a lo pequeño, en su modo sin fisuras de ser jesuita, y algo me empuja a seguir adelante confiadamente.

Luis López-Yarto, SJ. Roma, 20.09.2018

Descargar la semblanza en pdf en este enlace: 2018 33 Necrológica JOliver