Semblanza del P. Eduardo Flores Fernández SJ

El lunes 1 de Octubre al atardecer silenciosamente murió Eduardo Flores S.J., (1926-2018), en la enfermería de la Comunidad de san Estanislao, Miraflores de El Palo (Málaga) al borde de los 92 años de edad. Decía Santa Teresa que la vida es una mala noche en una mala posada (Camino de Perfección, Cap. 40), pero a veces la noche, si es oscura se hace larga, muy larga... Y prosigue Santa Teresa: ¡Qué dulce será la muerte! Estoy seguro que así ha sido la muerte para el bueno de Eduardo con el que he convivido los últimos nueve años en la Comunidad del Sagrado Corazón de Málaga.

Desde muchos años atrás la vida para Eduardo ha sido una noche oscura, quizá demasiado larga y como sabía que la muerte sería dulce para él, desde hace mucho tiempo deseaba morir. Quizá el verso de Teresa “Que muero, porque no muero”, a primera vista, interpretada en sentido lateral, podría ser la expresión de su último andar por la vida. Sin embargo, una naturaleza fuerte, -era un hombretón de más de un metro ochenta centímetros- y una complexión robusta le han mantenido largo tiempo hasta el momento último de su muerte ligera y dulce por lo que podemos sospechar.

A más de un compañero nos ha enseñado su libro de cabecera, pocas cosas tenía en su cuarto, siempre iba “ligero de equipaje” y ese librito era la preciosa obra de Luis Vives S.J. “El examen de amor: Lectura de san Juan de la Cruz”. No leía mucho, porque entre otras cosas su visión no era muy clara; al final de su vida tenía miedo de quedarse ciego, por una degeneración de la mácula que comenzaba a manifestarse, por ser una rémora en la Comunidad. También tenía mucho miedo de perder la memoria y la ejercitaba con el clásico pensum, aprendiendo largas poesías de memoria y viendo fielmente el programa de TV “Saber y Ganar”.

La lectura de San Juan de la Cruz llenaba su vida interior, difícil por otra parte de intuir desde fuera, porque todos respetábamos su intimidad y su silencio, a veces en demasía prolongado. Su interior noche oscura ha sido larga, quizá demasiado larga, si no hubiera tenido el consuelo de que “por el amor sería examinado” al atardecer de la vida. Y me consta, que a su manera peculiar, como en muchas facetas de su vida, su preocupación por los demás era profunda y sincera.

Los que hemos convivido con él podemos contar muchas facetas de cómo se manifestaba su forma de ser. Recuerdo que recién llegado a Málaga a trabajar en la Universidad me lo encontré sentado en un banco del parque central y hablando con él me dice: “Mira, Ignacio, esta es mi Universidad: la calle, estar con la gente”. Tenía entonces una cabellera bien poblada, canosa y ondulada, con una barba a juego, que le daban un aspecto de hombre maduro e inteligente. Me contó con cierto orgullo una anécdota: el otro día un sobrino mío me vio por la calle y vino a saludarme cariñosamente y los amigos le preguntaron: “¿Quién es ese intelectual de izquierda a quien has dado un beso?”

Quizá su sistema nervioso no iba a la par de su aspecto sano y fuerte; él era plenamente consciente de ello y no tenía pudor en manifestarlo a los más cercanos; pero esas disfunciones en la vida social y comunitaria le hacían sufrir mucho, eran parte de su noche oscura, de ahí sus silencios y sus ausencias. Como quería morirse, no era muy amigo de los médicos. Más de una vez me ha tocado acompañarlo a alguna consulta; sin embargo al médico de la comunidad el Dr. D. Antonio Urbaneja le tomó un cariño especial. Al cumplir los 90 años le hicimos una fiesta en la comunidad, no quiso invitar a nadie de su familia, pero me encomendó que invitara al médico D. Antonio que le gurda un cariño especial, porque lo entendía muy bien.

Le he conocido ya mayor; en sus primeros ministerios trabajó con gran aceptación como misionero popular, porque hablaba muy bien y era muy cercano al pueblo de Dios. Nunca perdió su cercanía a la gente y hay una faceta curiosa en su vida. Él paseaba todos los días por la mañana y por la tarde; muchas veces tomaba uno de los autobuses de largo recorrido, iba hasta la parada final y luego volvía en el mismo autobús al centro de la ciudad; su cercanía le granjeó la amistad con muchos de los conductores de la Empresa Municipal de Transporte.

Eduardo ya ha salido del largo túnel, ha sido examinado por el amor y ya ha visto la Luz, ha descansado en la paz del Señor.

Ignacio Núñez de Castro S.J.
Málaga 6 octubre 2018

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