Semblanza del P. José M. García de Blas SJ

A José Mª García de Blas le llegó “de mañana”, sobre las 6.00 a.m. del sábado 10 de noviembre. Se sintió mal, tan mal, que, impulsivo como era, se levantó rápido de la cama y, sin tocar el timbre de alarma ni esperar a más, subió por su propio pie a la enfermería. Se hizo cuanto se pudo para ayudarle a superar la situación. A pesar de ello, un cuarto de hora después se encontraba frente a frente con “el amo de la casa”, tanto tiempo presentido y deseado, y, de repente, sin pensarlo, visto tal cual es. Todo tan de prisa.

Había nacido en Fuentelcésped (Burgos), pequeño pueblo castellano enclavado en el corazón de la “Ribera del Duero”, a 90 km de Burgos y a 10 de Aranda de Duero, tierra de pan llevar y, ahora, de excelentes vinos, de donde habían salido ya varios jesuitas. Él se sintió siempre muy de su pueblo natal, a donde volvía de cuando en cuando. A sus 12 años pasa un curso en Oña (Burgos), en el Colegio Máximo de San Francisco Javier, en una especie de Pre-Escuela Apostólica, donde un padre y un maestrillo preparaban a una treintena de muchachos del entorno para ingresar, si daban buena cuenta de sí (o, como decían ellos, “pa’ si valemos”), en la Escuela Apostólica de Castilla Occidental, en Durango (Vizcaya). Al terminar el bachillerato, ingresó en el noviciado de Orduña, donde, algunos meses después, se le dijo que no podría ser admitido a los votos en la Compañía por la fuerte sordera que le aquejaba desde los primeros años y se preveía que no le permitiría desarrollar normalmente sus ministerios. 

Tuvo que abandonar el noviciado. Tanto él como sus padres sintieron en el alma esta decisión. Durante el año siguiente se sometió a alguna intervención quirúrgica complicada y mejoró parcialmente en su audición. Pidió de nuevo el ingreso en la Compañía y fue admitido en el noviciado de Villagarcía de Campos, inaugurado poco antes, en 1960. Realizó normalmente los estudios propios de la Compañía (al final, ya en los épicos últimos años ’60), y el 26 de junio de 1971, fue ordenado sacerdote en Madrid.

Su actividad ministerial hasta su venida definitiva a Salamanca en 2003 se desarrolló en las ciudades de Burgos, Salamanca y Logroño, siempre en el ámbito educativo, siendo lo que vulgarmente llamamos un “todoterreno”, haciendo, como tantos beneméritos jesuitas, disponibles y sacrificados. todo de todo (la obediencia “hacía milagros”). En estas actividades pasó 30 años, hasta que en 2003 se retiró bien merecidamente del fragor de la primera línea al remanso más apacible de Salamanca.

Otro ritmo de vida y otras ocupaciones, como parece que “Dios manda”, cuando se llega a una cierta edad con el desgaste que la vida entregada conlleva, y que a veces tanto nos cuesta aceptar. Aquí atendió algunas parroquias rurales de la comarca de Peñaranda de Bracamonte durante cinco años, colaboró en la Escuela de padres del Colegio, y luego se hizo cargo de la misa diaria, a la una del mediodía, en la iglesia de las Esclavas del Corazón de Jesús en el centro de la ciudad. También esto tuvo su final, cuando, hace unos dos años, tuvo que pasar por una intervención quirúrgica, nuevamente complicada, que no tuvo el resultado apetecido y le restringió más su libertad de movimientos.

Desde entonces su única ocupación oficial ha sido “orar por la Iglesia y la Compañía”, lo que hacía en su asidua participación en la misa diaria de las ocho, que presidía por turno (siento todavía el apretón de su mano, al darme la paz), en la oración comunitaria, el rezo del breviario, a lo que añadía espaciosos ratos gratuitos de oración por las tardes en la penumbra de la capilla de comunidad. Prolongaba también una ocupación, extendida a lo largo de estos años de Salamanca, que cultivaba con esmero y con auténtica intención apostólica (sin dejar rastro en los catálogos de Provincia): la elaboración de imágenes religiosas (iconos y otras) a base de láminas montadas en tabla, doradas y barnizadas, en lo que adquirió una notable maestría, hasta llegar a hacer alguna exposición al público en una sucursal urbana de Caja Duero. 

Gracias a su modo de ser, espontáneo y comunicativo (“campechano”, diríamos coloquial y cariñosamente), en todos los lugares por donde pasó creó buenas relaciones y no pocas amistades. que en algunos casos se han prolongado en el tiempo posterior. 

En la comunidad se hacía notar. Aunque su pronunciada sordera lo aislaba de las conversaciones en grupo dificultándole participar en ellas, no dejaba de intervenir de cuando en cuando, a veces en alta voz, que, a causa de aquella, no siempre lograba ajustar. Participaba asiduamente en las reuniones de la comunidad e intervenía en ellas con libertad cuando lo juzgaba oportuno. Era uno de los habituales en las transmisiones deportivas de la televisión, con carácter de “técnico” (así llamamos en esta comunidad a los que permitimos hacer comentarios), desde el fútbol hasta el patinaje artístico, pasando por el baloncesto y el tenis.

Era un hombre de sentimientos profundos y vehementes, sin trampa ni cartón - su fortaleza y su caballo de batalla -, con una emotividad a punto de quebrarle la voz en cuanto bordeaba en sus homilías algún punto especialmente sensible para él. Muy exigente consigo mismo ante las radicales demandas de nuestra vocación, que apreciaba muy sentidamente, como demostró en la insistencia con que persiguió ser admitido finalmente en la Compañía. Dio de sí cuanto tenía y podía, y llevó ejemplarmente sus cruces tras el Señor con paciencia y entereza, confiado en Su paternal Providencia.

Cuando “de mañana” llegó “el amo de la casa”, allí estaba él. Descanse en paz. 

Urbano Valero, S.J.
Salamanca, 18 noviembre 2018

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