Semblanza del P. Ignacio Boné Pina SJ

Homilía en el funeral

“Y sean exhortados a menudo en buscar en todas cosas a Dios nuestro Señor, apartando, cuanto es posible, de sí el amor de todas criaturas y ponerle en el Criador de ellas, a él en todas amando y a todas en él” (Co 288). Estas palabras de Ignacio de Loyola eran y son parte de la vida de cualquier persona creyente, pero para nosotros, jesuitas, es una clave de búsqueda profunda, constante y total. Creo que esta búsqueda era parte de la vida de Nacho como esperanza para otros.

En el último whatsapp me decía: “Un poco de relax flamenco te iría bien. Mañana tengo misa en Ventilla pero ya vemos”. No pude ir a la cita y la misa fue de otra manera. Es de las personas que he conocido con capacidad de creer, de emocionarse, de trabajar, de comprometerse y de buscar ratos de relax compartidos.

Se dedicaba a cuidar a otros y, sobre todo, a cuidar jesuitas: unos escolares, otros de su edad o mayores (recordemos el cariño por Javier Leach), otras personas de la UNINPSI y de Comillas; cuidaba en Fe y Luz, cuidaba en Ventilla o Las Fuentes, cuidaba a su familia (María Jesús, su madre; a su padre antes de fallecer, Francisco; y sus hermanos, hermanos políticos, sobrinos, y toda la familia), cuidaba a la gran lista de amigos que tenía… Era ese gran corazón, lleno de compasión esperanzada lo que le hacía plenamente humano y creyente. Un corazón también frágil y humano, débil y limitado.

Miraba la realidad de forma profunda y dialogante, quizás como ecos del pasado en el centro Pignatelli de Zaragoza. Escribía en un artículo de espiritualidad: “Hay mucha semiología de la catástrofe personal, comunitaria, institucional, eclesial y social; abunda lo apocalíptico, en el peor de los sentidos de las palabras. Hasta los sociólogos alertan sobre este modo de leer los tiempos en clave catastrofista, y cuando se autoevalúan, recomiendan poner entre paréntesis el ruido y la furia… Recomiendan reencontrarnos con el ser humano como criatura esperanzada y, aceptando que no se puede volver al pasado, ejercer resistencia para, desde el presente, redimir esperanzas. Esta semiología de la esperanza resulta urgente…” (Manresa, 83, 2011).

Podría seguir con Nacho pero creo que me diría: “!Qué pena lo tuyo¡” (frase con la que nos espetaba constantemente haciéndonos ver con sorna, una visión externa de nosotros. O me diría que puedo estar aumentando su narcisismo, al que siempre estaba domando para no caer en centramientos inútiles. Por eso, creo que Nacho nos invitaría a mirar a Jesús, nuestro Señor. No querría que nos quedáramos ensimismados y rotos, aunque ahora no queda otra cosa que sentir la pérdida y el dolor.

Las lecturas nos acompañan para mirar la Navidad y también el nuevo nacimiento que tendremos en esperanza. Este nuevo nacimiento que ha tenido Nacho ayer y que tendremos nosotros también con Cristo.

En la primera lectura, David busca un sitio para Dios construyendo un nuevo templo. Dios se dirige a Natán para comunicar que Dios se consuela con ese deseo y que bendecirá al pueblo con la cercanía de Dios, con la paz y con la descendencia. La imagen del templo nos lleva a tratar de expresar cómo poner a Dios en medio del mundo, cómo construirle sitios donde sea inteligible, cómo darle espacios donde pueda establecer su morada en medio de la pobreza y la injusticia. Hoy, estamos parcos en expresiones, en ideas y en espacios para Dios. ¿Cómo hacerlo habitar de nuevo? ¿Qué templos tendríamos que construir hoy que ya no vivimos en tiempos del rey David, 1000 años antes de Cristo? Un libro que Nacho me recomendó hace tiempo fue el de EMMONS sobre el agradecimiento. Quizás ese nuevo templo parte de una experiencia profunda de agradecimiento que se transmite por toda la sociedad y por todos nuestros poros; por los sitios donde estamos y por las palabras que decimos… También desde el desvalimiento de las víctimas y de la pobreza, el agradecimiento saca lo mejor del ser humano y estamos invitados a ello.

En el Evangelio, nos preparamos para la Navidad. Se trata de la reacción de fe de Zacarías ante el nacimiento de Juan el Bautista. Es un himno que anticipa los elementos básicos del Evangelio puestos en la figura de un anciano que representa el Antiguo Testamento. Es Antiguo pero es Nuevo también porque mira más allá, como nosotros miramos hoy.

Atisbando el más allá es como nos encontramos. Las palabras como muerte nos abofetean y nos descolocan totalmente. Las palabras de Zacarías nos vuelcan hacia una nueva dimensión. Quizás, desde lo primero habría que inclinarse a lo segundo: hay algo nuevo por venir y eso supone abrirse al Misterio (con mayúsculas).

1. Hay un sentimiento de bendición y de agradecimiento superior a nuestros males y encrucijadas. Dios nos visita, Dios es fuerza de salvación. Esta experiencia puede ser profunda si la cultivamos con los medios a nuestro alcance, sabiendo que somos débiles, frágiles y perecederos. En esa bendición, podemos abrirnos a la confianza en la salvación que nos libra de enemigos, que realiza el perdón y la misericordia, que nos ayuda a recordar el pasado como Alianza de Dios con nosotros. No estamos solos en ello.

2. Esto nos lleva a la acción para ir libres de temor, arrancados de los enemigos, para vivir en santidad y justicia. Es una invitación del Evangelio que seguro que escuchamos muchas veces de Nacho como predicador excelente: “se aprecia el riesgo de una espiritualidad solo intimista y terapéutica que ignore el valor-también sanador- de la dimensión profética y social de la fe”. Hay algo en el verdadero Dios que nos llena de consolación y que nos hace vibrar en nuestra vida y en nuestra acción. Ojalá podamos vivir en ello.

3. Finalmente, Zacarías habla de su hijo, Juan el Bautista como preparador de Jesús. El Bautista va delante de Jesús. Todos, de alguna manera, vamos delante de Jesús… Pero es Jesús el que nos acaba adelantando. Porque Jesús, el Señor, nos trae una luz nueva y nos guía por caminos de paz. Ojalá Jesucristo nos adelante totalmente y dejemos fuera nuestro ego, en esa lucha que debemos seguir teniendo.

Termino con las palabras que escribió Nacho en su felicitación: “La Navidad es salvación de tantas desconfianzas sobre uno mismo, sobre otros, sobre la historia o sobre Dios. Que la recibamos con esa confianza que lleva a creer y a confiar. Feliz Navidad y gracias por todo…” Nacho Boné.

Antonio España Sánchez, SJ
Madrid, 24.12.2018

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