Semblanza del P. Joan Pegueroles Moreno SJ

Una amistad filosófica y espiritual

El pasado jueves recibí la noticia del fallecimiento del padre Juan Pegueroles. Su estado de salud lo hacía prever pero, no por ello, el impacto del conocimiento de su muerte fue en mí menor.

Conocí al P. Pegueroles a finales de la década de los setenta del pasado siglo en la Universidad de Deusto. Acababa de terminar mi carrera de Filosofía en otra universidad pero acudía a la biblioteca de Deusto cuyo director, el Padre Jaime Echarri, me facilitó la entrada y el uso de sus instalaciones. Entonces, me encontraba inmersa en la tesis doctoral sobre un autor que el profesor Pegueroles, como yo le llamaba, conocía muy bien: San Agustín de Hipona. Desde ese momento, nuestra relación fue continua, en persona y a través primero de correspondencia epistolar y luego, valiéndonos de las nuevas tecnologías, por medio de correos electrónicos.

Durante más de treinta años, acompañada de una amiga, Luz-Marina, he visitado al Padre Pegueroles en el Centre Borja. Nos recibía con mucha alegría y preparación. Volcaba en nosotras todos sus conocimientos filosóficos, experiencias religiosas y lecturas recientes. Pasábamos un día entero en su compañía y nos invitaba a comer en el “Menjador”. Hacía la reserva del mismo con tiempo e ilusión. Nuestra ida a Sant Cugat del Vallès se había convertido en toda una tradición. En ocasiones, nos acompañaba en el café el hermano Rosique al que también agradecemos su acogida cuando era administrador del Centre Borja.

¿Cómo podría definir al Padre Pegueroles? Robándole las palabras a otro gran amigo suyo, el profesor Eudaldo Forment, como un hombre santo y un sabio humilde. Así lo era. Siempre dispuesto a ayudar a quien se lo pidiera. 

Fue, durante estos largos años de amistad, mi auténtico profesor aunque nunca me diera clases. Me enseñó mucho sobre San Agustín y abierto como estaba a otras corrientes filosóficas, me introdujo en la figura de la filósofa Simone Weil. Siempre me decía que cada filósofo y filósofa eran un regalo de Dios y que de cada sistema filosófico podíamos extraer verdades.

Su amor a la Filosofía fue intenso y nunca dejó de estudiar y de leer, también literatura que era otra de sus aficiones. Sus autores favoritos fueron San Agustín de Hipona, Santo Tomás de Aquino, Sören Kierkegaard, Hans-Georg Gadamer, Fiódor Dostoievski, Charles Péguy, Georges Bernanos, Romano Guardini y tantos otros. Tenía una vida interior rica, llena de conocimientos y de experiencias de fe.

Su enseñanza me ha llegado a través de nuestras conversaciones, escritos, llamadas telefónicas, cartas y correos. He aprendido muchas cosas de él pero sobre todo que la libertad consiste en hacer el bien y en no poder hacer el mal, siguiendo a San Agustín, y esta concepción de la misma es clave para estar cerca de Dios y ser felices. 

Fue no sólo mi profesor de Filosofía sino también mi guía espiritual. Nunca he conocido a un cristiano tan libre y feliz como él. Su vivencia del Cristianismo era total y, según me acaba de comunicar su amigo y colega profesional Eudaldo Forment, arriba citado, cuando lo visitó por última vez hace un mes, le habló de Filosofía y de un libro sobre la Virgen de Romano Guardini. Estaba preparándose para el encuentro con Dios.

La última visita que le hice fue durante el pasado mes de octubre. Mi amiga, Luz Marina y yo, fuimos a verle y a felicitarle por su 90 cumpleaños. Siempre que íbamos le llevábamos dos libros que él elegía. Esta vez le dije que, por ser una década tan especial, podía pedirnos cuatro. Entre ellos, pude dedicarle el último que escribí y recibir sus comentarios que para mi alegría fueron positivos.

Justo cuando nos estábamos despidiendo, nos miró y nos dijo, hasta el año próximo o hasta la eternidad. Nunca olvidaremos este último encuentro. 

Nos sentimos huérfanos sin él y tendremos que seguir adelante por las sendas de la Filosofía y de la Fe sin su compañía. Pero creo que ahora tenemos un aliado en el Cielo. 

Cuando recibí la triste noticia, tuve en ese momento la certeza de que el Padre Pegueroles estaba plenamente feliz, contemplando la Verdad que tanto había buscado e indagado.

Descanse en paz y siga ayudándonos, a sus alumnos y compañeros del mundo de la Filosofía, desde donde está. Allí, estoy segura de que, como Sócrates, seguirá leyendo y filosofando, Nos queda su testimonio, escritos, dedicación y su sonrisa con la mirada penetrante de quien siempre tuvo que transmitir algún conocimiento humano o espiritual.

María del Carmen (Menchuca) Dolby Múgica

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