Semblanza del H. Antonio Isern Rodés SJ

Creo que no hay duda de que si tuviéramos que sintetizar la vida del Hermano Antonio con una palabra, sería: "servicio". Un servicio al Señor (con mayúsculas) en la Compañía de Jesús a lo largo de sus numerosos años.

Y un servicio que tiene sus calificativos. Un servicio diverso. Como secretario de determinados departamentos en la Curia de Roma, ayudante del director de la casa de Ejercicios de Sarriá, portero de la residencia de Llúria y, destinado a Bolivia, en Cochabamba, Hermano socio del Viceprovincial, ayudante del procurador, responsable del archivo, portero, sacristán, enfermero. En Uruguay, en Montevideo como sacristán. Y será constante este servicio de sacristán el resto de su vida: en Madrid, en la iglesia de Maldonado, de gran culto, a lo largo de 25 años; y los últimos 11 años en esat capilla del Centro Borja, con una breve estancia en Manresa. A menudo aquí, en el Centro Borja, también hacía suplencias en la recepción, y subía a la enfermería para ayudar a dar de comer a los enfermos.

Otro calificativo de su servicio es cuidadoso. Desde tener a punto los utensilios para el culto litúrgico con una extrema limpieza y brillo, hasta tener los bancos milimétricamente alineados, antes e inmediatamente después de cada celebración. Un día me lo encontré encaramado en los armarios de la sacristía quitando el polvo de unos rincones de los que, como me comentó el entrañable compañero Pep Vives, no se le debía haber sacado desde la inauguración del Centro Borja. Muy sencillo, pero muy pulido en el vestir con sus limpias camisas, siempre de manga corta, y sus zapatos siempre bien lustrados.

Un servicio muy armónicamente planificado. Por ejemplo, respecto a las horas de su trabajo, según las estaciones del año. En verano, ya hacía, de madrugada, el fregado del piso y la limpieza de los bancos de la capilla, porque todavía era hora del fresco y se ahorraba la sudada de otras horas del día. Y, como era melómano, hacía el trabajo con música de fondo.

Un servicio ágil. Era admirable como a su edad tenía siempre una manera de "caminar corriendo" o, si se quiere, una manera de "correr caminando", muy inclinado y sin caerse. Aunque alguna vez había tenido alguna caída. Nadie es perfecto.

Un servicio discreto y callado. Algunas veces él mismo me había confesado que no era una persona comunitaria, como así era. Del comedor tomaba lo poco que necesitaba para el desayuno o la cena para tomárselo en la habitación Y, a la hora de la comida, solía sentarse en la mesa de los callados. Sólo, a última hora del día, hacía desde su habitación llamadas a algún familiar o amigo. Pero también deberíamos decir que, a veces, se le escapaba su genio.

Un servicio austero. Su habitación era de una austeridad extrema: la mesa, una máquina de escribir de museo, una sencilla radio, la silla, la butaca, las estanterías casi vacías, con la Biblia y algún libro más. Ah!... y una plancha, porque él lavaba allí mismo los purificadores.

No hay duda de que el buen Dios habrá acogido con los brazos abiertos a su fiel servidor. No sé si es una herejía decir que, desde ahora, el cielo aún estará más limpio.

Francesc Xicoy, SJ (Barcelona, 07.04.2019)

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