Semblanza del P. Antonio Escudero Ortiz SJ

La eucaristía funeral de ayer a la tarde es reflejo de quien era Antonio Escudero: una persona querida que congregó un gran número de sacerdotes de la ciudad a la concelebración (fuimos 18, flanqueando al superior el vicario general de la diócesis y el párroco a cuyo ámbito pertenece nuestra residencia jesuita), y un fuerte número de fieles que llenaron la gran iglesia jesuita como pocas veces sucede ya en nuestros días. Más aún, desde varios pueblos con los que tenía una relación han pedido tener una eucaristía más tarde en sus iglesias, porque algunos no habían podido acudir al centro de Santander.

Son muchas las razones de esta acogida, y los rasgos que cabría recordar, pero creo mejor no perderme, tras esta explicación, sino recoger con ella una parte de la homilía de ayer:

Queridos compañeros concelebrantes, querida comunidad, querida familia de Antonio, y amigos todos, 

Una vez más la muerte nos obliga a despedir a una persona querida, rompiendo algo dentro de cada uno. No es solo lo inesperado del accidente fatal de Antonio el que hoy nos golpea, es que la muerte siempre acaba sorprendiéndonos y entrando con violencia en nuestras vidas. Pero, a la vez, separarnos de alguien que ha formado parte cercana de la historia y vivencias de nuestro camino, nos hacer reconocer primero que el transcurrir de la vida también debe ser visto desde el amor y la gratitud: En concreto hoy por todo lo que se nos ha dado con Antonio, especialmente a su familia, a esta comunidad, y a todos los que lo hemos ido encontrando: en su juventud y luego en África y en Uruguay, y en Valladolid y Santander, a tantos hombres y mujeres cercanos a él como estamos hoy aquí. Muchos, a la vez que la tristeza honda de la ausencia, también podemos sin duda recordar momentos buenos, alegres, y felices y creativos de la vida, en esta despedida de Antonio, que nos acompañó con su amistad verdadera, con el cariño con que se entregaba a todos siempre, con su empeño en sacar adelante sus tareas y deberes incluso aquellos que tomaba sobre si cuando veía alguna necesidad que podía remediar, aunque no estuviera en su agenda de trabajo. En Antonio uno descubre el valor de la fidelidad a muchos, y sobre todo a su vocación a la llamada del Padre Dios.

Hay dos lecciones suyas válidas para todos, que quiero compartir porque me han llegado hondo en los apenas cinco años y medio en que he tenido la enorme gracia de contar con su profunda amistad: 

La primera su naturalidad en vivir en paz, alegría, y con gran ánimo ante la adversidad. Cómo no apreciarlo cuando se piensa que ya hace 50 años tuvo una fuerte operación de columna, con consecuencias de intoxicaciones crónicas posteriores, que más tarde ha sufrido múltiples cálculos renales, amebas en el hígado, dos infartos, dos operaciones de hernia, neumonía, menisco, hipertensión, etc.: ¡Pues bien, la pregunta puede ser: ¿alguien le ha oído “lamentarse” y “quejarse” de haber tenido mala salud?! ¿Alguien ha oído alguna vez que rechazara el ritmo fuerte de trabajo que había llevado y aún llevaba, o el no echar una mano a alguien, o hacer incluso una “chapuza material” como él mismo denominaba en bien de quien le necesitara…?!!!

La segunda lección, derivada quizá, y que llevo muy dentro, es que ha enseñado con su vida el valor de la entrega generosa y disponible. Quiero recordar que estuvo 9 años en el Chad, 7 en Camerún, y otros 8 en Tacuarembó, uno de los 19 departamentos de Uruguay; unido a las enfermedades dichas que le trajeron a España entre esos años y finalmente los últimos 11 años a Santander. Cualquiera diría que, esos 24 años de entrega en países de difícil salud podrían haber sido suficientes! ¡Pues no lo eran para Antonio! Todavía hace un par de años marchó a Camerún un verano para dar Ejercicios, y yo egoístamente pensé que lo único malo de aquel viaje fue que vino a Santander con ganas de volver a África de nuevo por unos años, esta vez a Marruecos. Creo que todos los que estamos aquí, y otros que no han podido venir hoy, somos la causa de que aceptara no hacerlo, aunque quiso pedirlo: el insistir en nuestra necesidad de su presencia aquí pudo evitar esta nueva ausencia; aunque ahora nos quedemos sin él!

Para acabar, aunque sea muy brevemente y perdonad que me alargue un poco más, hay una dimensión ineludible, en aquellos que creemos y confesamos en cada eucaristía que Jesús murió y resucitó; nosotros creemos y queremos creer que toda la vida la recoge, colma y eterniza N. Padre Dios, y así lo hacía Antonio. Por ello continuamos nuestra eucaristía, pidiendo vivir la alegría propia de la esperanza cristiana, que aumentemos nuestra fe en que un día nos volveremos a encontrar para siempre en el abrazo final del Padre, con Antonio y con las personas queridas a las que echamos de menos en nuestras vidas. Digamos como en el Evangelio “Creo Señor que eres la resurrección y la vida, que quien cree en ti aunque haya muerto vivirá” (Jn 11, 17-27)”… ¡y podemos añadir, pero aumenta mi poca fe!

Jesús M.ª Eguiluz Ortuzar, SJ
Santander, 27.04.2019

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