Semblanza del P. Manuel Montero Agüera SJ

Manolo Montero ha estado trabajando como ocupado operario en la residencia de Córdoba hasta última hora, pues sólo hacía menos de dos meses que había sido destinado a la Enfermería de Málaga. Por su propia iniciativa había solicitado irse a terminar sus días en la Enfermería (rasgo nada frecuente entre nuestros mayores), donde se había adaptado con un discreto silencio y una actitud colaboradora. El 12 de agosto sufrió un ictus que le hizo desplomarse recibiendo un fuerte golpe en la cabeza, que pocos días después le causaría la muerte. Al constar en el certificado de defunción la causa de la muerte por un golpe, tuvieron que hacerle la autopsia, por lo que no pudo ser acompañado por sus familiares, compañeros y amigos en el velatorio acostumbrado, y sus restos llegaron a la Comunidad justo a tiempo de la celebración de sus exequias.

Manolo Montero fue un jesuita serio y un sólido profesor de Historia y de Historia del Arte. Trabajó hasta el último día de su vida, en la dirección espiritual y en oír confesiones (con dificultades en sus últimos años, por sus problemas de audición).

Desde el Juniorado, en el Puerto de Santa María, se ganó la confianza de los Superiores, por su sólida vida espiritual y su buen criterio (siempre conservador y siempre muy sólido). Después de estudiar la Filosofía en Chamartín, durante los tres años de Magisterio hizo los cinco cursos de la Licenciatura en Historia en las Universidades de Sevilla y Valladolid. Y después de Teología y Tercera Probación y dos años como profesor en El Puerto, estuvo siete años en Córdoba, primero en el Noviciado de La Aduana y luego en ETEA. El período más largo de su vida, 24 años, los pasó en Málaga, principalmente en el Colegio de San Estanislao, donde desplegó ampliamente sus dotes de profesor, y luego en la Residencia como superior y operario. Sus siguientes seis años, de Rector en Cartuja, fueron años agitados, por los cambios en la Iglesia y las divisiones internas en la Compañía. Trató al P. Arrupe, “a quien veneraba como santo pero no podía admirar su trabajo como Superior”, como el mismo Manolo Montero repitió muchas veces. Por fin, pasó sus últimos 17 años de vida en Córdoba, en San Hipólito, como Espiritual del Apostolado de la Oración y como capellán de una Cofradía, además de un trabajo apostólico normal, de predicación, confesiones y Ejercicios.

Lo que siempre recordaremos de Manolo Montero es su cordialidad al recibir y tratar como Superior a muchos jesuitas, su sentido profundo de responsabilidad en sus diversos cargos y su espíritu de oración, que hacía muy fácil encontrarlo rezando en la capilla.

Que descanse en paz.

Manuel Segura Morales, SJ

Córdoba, 16.08.2019

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