Semblanza del P. Ángel Martín SJ

Cuando avisé a nuestra curia de Madrid que Ángel había fallecido, la primera reacción del Socio del Provincial fue textualmente la siguiente: "Ay, nuestro Angelito. Me vienen ahora recuerdos de La Isleta... Nena lo habrá recibido en el cielo con un abrazo y una regañina". En estas palabras se pueden encontrar quizás los rasgos más sobresalientes de la personalidad de Ángel Martín, un recio y peculiar burgalés afincado en el Sur desde los años 50.

Nacido en Humada (Burgos), Ángel formaba parte de una familia de muchos hermanos, tres de los cuales ingresaron en la Congregación de los Maristas. Y entre los Maristas vivió Ángel más de treinta años (1945-1977), desde su adolescencia en la provincia de Álava hasta una dilatada dedicación a la enseñanza, en gran parte por tierras andaluzas. Pero le faltaba algo: Ángel quería ser sacerdote. Y por eso entró en el noviciado de la Compañía de Jesús (Sevilla, 1978), cuando tenía 48 años.

A la Compañía llegó Ángel con un amplio bagaje de estudios clásicos, por lo que durante años siguió impartiendo clases de Lengua española, Latín, Griego y Hebreo. Tenía una gran afición a las etimologías. Recuerdo que una día, al observarle buscando mentalmente las raíces de alguna palabra, le dije bromeando: "Ángel, no me engañes. Te lo estás inventando... A ti te gustaría ser otro san Isidoro (autor de 'Las Etimologías'), pero tú no pasas de Isidorillo". Él se reía y afirmaba con la cabeza.

Ordenado sacerdote en Valencia por Juan Pablo II (1982), la mayor parte de sus años como jesuita quedó concentrada en dos destinos: Las Palmas y Almería. En Las Palmas empezó enseñando en nuestro Colegio, pero poco a poco fue abriéndose a otras ocupaciones, como la atención pastoral de zonas urbanas más o menos marginales (Las Coloradas, El Confital), la incorporación al equipo parroquial de La Isleta, o la capellanía del Hospital Insular. En Almería formó parte igualmente del equipo parroquial, extendiendo su presencia al Hospital Torrecárdenas y al Centro Penitenciario 'El Acebuche'.

Quizás lo más llamativo de nuestro Ángel erudito (al fallecer conservaba todavía en su cuarto textos griegos y hebreos...) es que de una forma totalmente espontánea se situaba siempre al lado de los más sencillos y necesitados. Visitaba con detenimiento a los enfermos en sus casas, jugaba con los niños de la parroquia, se acercaba a (mejor dicho, vivía cerca de) la gente más modesta... Un día lo encontré en una esquina "comprometida" de Las Palmas donde se sabía que se pasaban papelinas, en busca de conocidos suyos de ese entorno social. Otro día llevó a una sobrina a visitar a una serie de familias amigas en Almería, y la sobrina (que es policía) se encontró entre clanes fichados por sus colegas... "Pero lo más sorprendente es que todos lo querían mucho...", añadía la muchacha.

Esa forma de ser de Ángel, siempre algo peculiar, y ese talante de sencillez espontánea explican que mucha gente le llamara "Angelito" con toda naturalidad. Y que la difunta Nena (nuestra oronda cocinera de La Isleta, más joven que nosotros pero que nos trataba como una madre) riñera a Angelito porque se retrasaba en hacerle los recados que ella le encargaba.

A Ángel le gustaba cantar con su voz grave y campanuda. Entre sus melodías preferidas destacaban el Adeste, fideles, y el Himno a la alegría. En la Misa de despedida, ayer mismo, nos pareció que era tarde litúrgicamente para un Adeste, fideles; pero sí entonamos con afecto aquello de "Escucha, hermano, la canción de la alegría...".

Mientras damos gracias al Padre "porque ha querido revelar estas cosas a la gente sencilla", imaginamos a Ángel de paseo por el cielo acompañado de su inseparable Manolo Reyes, con quien compartió tantas horas en sus tiempos de debilidad.

Juan Luis Veza, 14 enero 2020

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