Semblanza del P. Manuel Carreira Vérez SJ

Nació en Vilarube (Coruña) el 31 de Mayo de 1931; pasó su infancia y primera juventud en Villalba (Lugo); falleció en nuestro colegio de Salamanca el 3 de febrero de 2020 a los 88 años de edad y 71 de Compañía.

La significación del P. Manuel Carreira justifica una semblanza que exceda un poco las medidas de costumbre. Son muchos, y de muy ancha geografía, los que reconocen el bien que les hizo con su ciencia y de sus retiros espirituales; también quienes discuten su escora conservadora; ninguno, su honradez. En ciencia estuvo atento a los progresos de cada día; las formas de su fe fueron las honestas del tiempo de su formación, inteligentes y siempre fieles a la sustancia del hoy cristiano.

Conviví con él 27 años en la Residencia de Profesores de Comillas (Madrid) desde 1973 hasta el 2000, salvo los trimestres en que se ausentaba anualmente para sus clases de astrofísica en la Universidad de John Carroll (Cleveland, Ohio). Fuimos amigos; yo le llamaba Carri, y él a mi Toni.

La primera vez que le vi fue en un taller que había montado en el sótano de la casa; estaba serrando una barra de hierro; le pregunté qué hacía:

–Una pata para el soporte de un telescopio.

Iba de negro clerical; excepto el alzacuello y la dentadura. Vi que tenía una pierna rígida, más corta que la otra, calzada con un zapato con alzas de unos 10 centímetros.

A lo largo de los años fue poblando su taller de artilugios, hasta con un torno de más de una tonelada que se hizo traer del Observatorio Vaticano.

–Arriba tengo un laboratorio fotográfico.

Me enseñó a revelar e imprimir fotos. En los Estados Unidos tenía patentado un invento consistente en un espejo basculante con que que se podía hallar la parte del cielo que se quería estudiar, y unos binoculares dirgidos a él, de modo que se podíam ver las estrellas mirando hacia abajo, reflejadas en el cristal, del mismo modo que se lee un libro sobre un atril. La revista Sky and Telescope lo contó entre los diez productos más importantes del año 2001.

–Los fabrica una empresa que ha comprado la patente.

–¿Se vende?

–¡Pse! Seis o siete al año. No nos haremos ricos.

Tenía otro invento, que dejó de uso libre. Parecía un medio bidón con dos agujeros opuestos por el diámetro en los que iban incrustados a modo de cuernecillos unos tubos con lentes. Se enfocaban hacia el cielo y aparecía la luna brillando tanto que había que ponerle a los oculares una especie de gafas oscuras. Todo el secreto estaba en un juego de espejos que en el interior iban dirigiendo el rayo de luz de una lente a otra hasta hacerle recorrer la distancia de un telescopio convencional de varios metros.

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