Semblanza del H. Alberto Aparicio SJ

Su currículum muestra que las misiones que se le encomendaron son propias de una persona de confianza e inteligente.

Recién hechos los votos del bienio, con 19 años, se le encarga la prefectura de los jóvenes aspirantes a entrar en la Compañía como hermanos. Se pone en sus manos su formación. Está en ello 9 años (1945-54).

De ahí pasa, sin otra preparación especial que un curso de mecanografía, a socio y secretario de tres provinciales sucesivos, 14 años (1954/58).

De 1968 a 1973 está en la Curia General (Roma) de ayudante del Secretario de la Compañía. Enfermó allí y tuvo que regresar a España, donde fue sucesivamente administrador de la casa de Salamanca, enfermero en Vigo y León, subdirector de la Casa de Ejercicios de Villagarcía.

Conocí al H. Alberto Aparicio en septiembre de 1999 cuando los dos fuimos destinados de bibliotecarios al Colegio de la Inmaculada de Gijón. Empezamos dedicando año y medio a organizar la biblioteca, luego nos sentamos frente a frente en una gran mesa a esperar a los lectores. Los alumnos tenían 20 minutos para visitarnos. El resto del tiempo, cuatro horas, hablábamos. El H. Aparicio es la persona con la que he hablado más tiempo en mi vida: todos los días, unas cuatro horas, durante trece años. Cuando él fue destinado a Salamanca por razones de salud, seguimos haciéndolo por teléfono.

Hablábamos de lo único que se podía hablar con él; por lo menos en esa época: de la gracia, de la redención, de la humanidad de Jesucristo, de la Santísima Trinidad y cosas así; principalmente del Espíritu Santo.

El H. Aparicio asistía semanalmente a las reuniones de la Renovación Carismática y quería encontrar formulación doctrinal adecuada de sus experiencias. Eran experiencias muy ricas y él no disponía de más recursos conceptuales que el catecismo y sus abundantes lecturas de libros piadosos. El resultado no satisfacía a su inteligencia. Años atrás había dado yo en Comillas un curso bisemestral sobre los dones de Espíritu Santo (1, De donis in genere, 2, de donis in specie). No me pareció cruel repetírselo. Todo lo contrario. Disfruté viendo la alegría con que me escuchaba.

Si alguna vez intentaba yo algún tema profano me atendía con su extrema cortesía, pero no le brillaban los ojos como en nuestras conversaciones espirituales. Las teníamos sentados o mientras nos movíamos entre los estantes colocando libros. No sé si alguien me ha hecho tanto bien. De su vida espiritual no diré nada pues se dirigía y se confesaba conmigo. Me atrevo a esto sólo, porque podía deducirse de su conducta: era hondísima– largo tiempo en la capilla, en la que hacía por las tardes un lento via crucis, sus virtudes de humildad, obediencia, servicialidad, pobreza, mortificación, y como ornamento de todo, su educación exquisita.

En Roma, para practicar el italiano tradujo al español dos libritos en los que se refutaba el Marxismo. Me preguntó si se podrían publicar. Eran populares, y de un estilo ya pasado para esa clase de escritos. Le dije que no. Quedé admirado de su excelente castellano salmantino.

Había en su talante algo de militar –puntualidad, exactitud, obediencia, lealtad. Un día que la prensa había informado de un acto corrupto de un guardia civil, le noté apenado. Le pregunté si tenía parientes en el cuerpo y me dijo:

–Sí. Mi padre.

No es equivocado pensar que el Hermano Alberto trajo a la Compañía, e integró en ella, las virtudes de la Benemérita.

Este último año coincidimos en Salamanca. Estaba en silla ruedas, encogido, con los ojos cerrados. Después del rosario, que subía yo a rezar, en la solana con los mayores, le acariciaba los hombros, y le besaba la mano. Hacía un ademán de protesta:

– ¡Pero, Padre! Yo estoy seguro de haber sido amigo de un santo. Y, bien mirado, su aprendiz.

Antonio Pérez SJ, Salamanca, 1 de mayo de 2020

Descargar semblanza en pdf: 2020 39 Necrológica H. Alberto Aparicio SJ