Semblanza del H. Manuel Narváez SJ

Me llega la noticia de la muerte del Hermano Narváez. El corazón se me llena de tristeza pero la memoria de recuerdos entrañables de uno de los mejores compañeros en mi vida de jesuita. Me dejo impresionar también, aunque el dato me fuera conocido, por la sencillez de su currículum. Tras cinco años de “veterano” (como entonces se decía) en El Puerto de Santa María, tres destinos antes de retirarse a la enfermería de El Palo. Cada destino prácticamente de veinte años: Montilla, Las Palmas y Granada. Setenta años de vida en la Compañía y tres destinos bien aprovechados… El hermano Narváez aportaba mucho allí donde estuviera.

Yo conviví con él en Las Palmas, dieciocho años de los veinte que él trabajó allí. Fui entonces testigo de lo mucho que recordaba sus años de Montilla y las misiones populares, pero también de la generosidad con la que se entregó a su trabajo en el colegio. Pronto se ganó la estima de cuantos le trataban. Recibiendo a los alumnos a la entrada del colegio, atendiéndolos en los campos de deportes por las tardes y los sábados, recogiendo el correo cada día y haciendo de mensajero con las instancias educativas oficiales o privadas, como comprador para la comunidad y el colegio y en un sinfín de otras actividades, Manolo Narváez no perdía ni las fuerzas ni la sonrisa y el buen humor. En una ocasión en la que me encontró lamentándome de un esfuerzo por el traslado de algo me reprochó que no le hubiera pedido ayuda y añadió con una palmadita en un hombro: “¡Tienes que ser más humilde!” Cuando algo le contrariaba en su trato con la gente se limitaba a repetir con un reproche que yo consideraba lleno de afecto: “¡Es que tus canarios…!”. Pero seguramente la frase que más repetía cada vez que se le pedía algo era: “¡De zeguida!” En legítimo granaíno. Y lo llevaba a la práctica, porque dejaba lo que tuviera entre manos, aunque fuera su descanso, para hacer lo que se le pedía.

Todo ese trabajo junto con su trato amable y educado con todos hicieron que la gente lo quisiera con enorme lealtad: el personal del colegio y sus profesores, los amigos que hacía por todas partes a donde iba por trabajo (desde Merca-Las Palmas a la Consejería de Educación), las familias de los alumnos y los mismos estudiantes. Con frecuencia los grupos de alumnos que hacían alguna visita de estudio o excursión a las islas vecinas pedían que los acompañara el Hermano Narváez. En una de ellas en que yo también acompañé al grupo pude comprobar la autoridad que tenía ante los estudiantes y lo benéfico e inteligente de su influencia en los momentos de conflicto. Un grupo de aquellos alumnos suyos quiso invitarlo a la celebración de sus 25 años de promoción. Lo invitaban y le pagaban el viaje por tener la alegría de recordar con él sus años de colegio. La invitación no pudo concretarse porque el hermano Narváez ya estaba demasiado mayor para ese viaje. Manolo Narváez educó más desde su puesto de trabajo que muchos de nosotros desde las aulas.

Cuando Narváez dejó Las Palmas para acudir a su destino en Granada hubo que buscar a tres personas distintas para atender lo que hasta entonces hacía él solo. Y sus alumnos, a los que él llamaba con humor “la canalla”, apenas conocida la noticia de su fallecimiento ya le están rindiendo tributo sincero y espontáneo en las redes sociales en las que hoy ellos se mueven.

Supe que cuando le llegó el momento de dejar Granada para retirarse a la enfermería Manolo lo pasó mal. Recordar esto en realidad me da un pellizco de ternura en el corazón. Probablemente le angustiaba el paso a una vida más inactiva. Pero era hombre de lectura y de vida interior y espiritual intensa. También de buen criterio que había ejercitado durante muchos años desempeñándose como consultor de las casas en las que vivió. Quiero pensar que con esos auxilios pronto encontró su paz. Y desde luego puedo añadir que visitarlo en la enfermería, en los últimos años con una sordera muy grande que le dificultaba la conversación, era siempre un agradable regalo porque él suplía ampliamente la dificultad de la sordera con la alegría con que recibía la visita y con los recuerdos siempre agradables y agradecidos que acudían a su mente para compartir con el visitante.
Descanse en paz.


Emilio Veza Iglesias, S.J.
19.06.20

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