Semblanza del P. Agustín Toranzo SJ

En 1958 quedó campeón juvenil de España en lanzamiento de disco y subcampeón en lanzamiento de martillo. A todos nos es familiar el pergeño físico de los atletas de estas disciplinas; el P. Agustín, a sus 80 años, todavía daba el tipo: hercúleo, aún más acentuado por una ligera inclinación del tronco debido a una lesión de columna. Había una correspondencia extraña entre su aspecto físico y sus formas de piedad. Fuimos vecinos de cuarto durante su último año; le oí muchas veces rezar su jaculatoria favorita a Nuestra Señora:

–¡Mamasita, ayúdame!

En 44 años en Hispanoamérica, sin perder el acento fuerte, zamorano, adquirió el lenguaje de allá: el piadoso y el callejero. El primero lo empleaba incluso en las eucaristías públicas. Dios era Diosito, nuestro Papasito Dios. Su carácter era como su figura y su habla: recio, completamente hostil a los rodeos y a dar a las cosas otro nombre que el que tienen, tanto para expresar sus discrepancias, como su cariño. No es raro que los hombres de su apariencia y talante sean emotivos y tiernos, muy sensibles para la gratitud, de lágrima pronta; así era Agustín. Hablamos mucho. En nuestra comunidad de Salamanca era bien visible nuestra amistad. Cuando en sus últimos días, dejó de bajar al comedor, me preguntaban por su salud, porque sabían que lo acompañaba. Teníamos recuerdos centroamericanos comunes: las mismas personas, los mismos sitios. Nunca acabó de entender por qué no le dejaron seguir allí hasta el final.

–Aquí no hago nada.

Se le rompía la voz de emoción y de disgusto.

Un rasgo importante suyo era lo que yo llamaba su nominalismo, muy propio de hombre de campo. Cuando en la conversación alguien –yo, especialmente– substituía una cosa o un hecho, por su idea general, se enfadaba:

–¡No es eso; eso no es nada!

También en materias de religión. El cristianismo que se actualizaba en su vida de apostolado y piedad era una historia de acontecimientos; el apostolado consistía en crear la situación para que sucediera e irrumpiera Dios en las personas, no tanto la doctrina. Sé que esta conceptualización le hubiera enfurecido, y aun ahora, desde el cielo me habrá mirado de reojo; a mí me ayudó y me ayuda su tanta verdad.

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