Semblanza del P. Manuel Díaz Gárriz

Ejemplo de inculturación.

Al terminar los exámenes finales en Dehli nos enviaban a todos a Mehsana a ejercer el diaconado. Luego, durante nuestro primer año de sacerdocio, solíamos tener como superior y consejero al P. Gárriz. Conocíamos su fama de estricto, pero pronto advertíamos que las exigencias del P. Gárriz eran sobre todo para consigo mismo, y que el hecho de tenerlo cerca hacía desaparecer cualquier traza de severidad. Por fuera pudiera quizá parecer duro como una nuez de coco, pero por dentro era, también como un coco, tierno y dulce.

Estábamos una mañana con el P. Gárriz en Kalol, cuando apareció en la puerta un tullido; al preguntarle qué buscaba, respondió sencillamente que venía en busca del P. Gárriz, y que sólo querría disculparse por haber testificado en falso contra él cuando declaró en el juicio en que se le acusaba de inducir a “conversiones forzadas”. El P. Gárriz lo despachó con una amable palmada en la espalda, una bendición y algo de dinero. El hombre se marchó cojeando, encantado y – era de esperar – con lágrimas en los ojos.
No hubo discusión, ni un mal gesto, ni forma alguna de perdón paternalista. El del P. Gárriz fue un perdón espontáneo y sumamente humano.

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