Semblanza del P. Jose María Guerrero Guerrero

Dios forjó en Chema -como llamábamos familiar y cariñosamente a José María Guerrero SJ en la Compañía- mucho de su personalidad positiva por medio de sus padres quienes, si bien apenas sabían leer y escribir, tenían una profunda y arraigada fe católica. Nació en Morillejo, un pueblo campesino y pobre de España. Allí, en los primeros años de su existencia, supo de los rigores y dureza de la vida en una casa sin agua potable, con todo lo que eso significa para una familia numerosa. A la pobreza del pueblo donde nació y creció, se le agregó la dureza y brutalidad de la guerra civil de España que lo dejaría huérfano de padre a temprana edad. Es probable que, en medio de esos acontecimientos tan dolorosos, haya escuchado de sus padres algunas expresiones que calarían hondo en su conciencia: “Tranquilo, hijo; tranquilo que todo irá bien; ya lo verás, todo irá bien”.

José María aprendió de Dios, también vía sus padres y habitantes del pueblo, el sentido, valor y dignidad del trabajo. Entre muchas otras cosas, su vida no se entiende sin el sentido del trabajo digno y responsable que, en su conciencia ya debilitada y confundida de los últimos meses de su vida, no dejó de realizar hasta el último de sus suspiros. ¿Por qué? Porque desde niño leyó, meditó e hizo carne en su larga vida lo que descubrió de Jesús en los Evangelios: «Mi Padre trabaja siempre, y yo también trabajo» (Jn 5,17) Así, a la pregunta “¿qué estas, haciendo Chema?” respondía, “Pues, aquí trabajando; ¡qué otra cosa voy a estar haciendo, sino preparando retiros, ejercicios espirituales y artículos sobre el presente y futuro de la vida religiosa”. Y te pasaba el último artículo que había escrito, que en verdad era uno antiguo, pero que había vuelto a imprimir para dárselo a quien le pudiera servir.

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