Semblanza del P. Jesús María Fernández Gómez

Cuando pensamos en Jesús Mari, lo primero que emerge no es una imagen ruidosa ni una presencia dominante, sino una figura serena, discreta, que habitaba los espacios sin imponerse, pero dejando huella. Su modo de estar entre nosotros no buscaba protagonismo; más bien era el de quien acompaña desde la cercanía callada, desde una fidelidad que no se anuncia pero que permanece. Quienes tuvimos la suerte de convivir con él, sabemos que esa aparente reserva escondía una vida 
profunda, un compromiso serio y un corazón generoso.

Mi primer encuentro con Jesús Mari fue en San Sebastián, cuando yo era escolar en COU. Él era entonces profesor de filosofía y encargado de curso. Ya entonces se percibía en él una cierta distancia respetuosa, propia de alguien que prefería  expresarse con los hechos antes que con palabras. Pero al mismo tiempo, en sus clases había rigor, amor por el pensamiento y una pedagogía que no se contentaba con transmitir contenidos, sino que buscaba hacer pensar. Aquellos años dejaron una impresión duradera: la de un educador exigente y entregado, con un modo propio de cuidar a quienes le habían sido confiados.

Después, ya como jesuita, pude compartir con él comunidad en Indautxu y más recientemente en Deusto. Fueron años de mayor cercanía, donde pude descubrir otros matices de su persona. Es cierto que no era de quienes buscan las primeras filas en la vida comunitaria ni de quienes se prodigan en largas conversaciones. Tenía un carácter sobrio, algo reservado, y prefería muchas veces el silencio a la charla ligera. Pero también era observador, atento a los demás, con una forma discreta de estar presente. En momentos concretos, su disponibilidad, su palabra breve y precisa o su gesto servicial revelaban un compromiso silencioso pero real.

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