Semblanza del P. Juan José Rodríguez Ponce
Juan José Rodríguez Ponce, Juanjo le llamábamos los cercanos, nació en Villafranca de los Barros (Badajoz). Allí estudió en el Colegio de san José de los jesuitas y allí surgió su vocación a la Compañía de Jesús. Siempre se sintió extremeño y jesuita. De ese ADN está hecha su fidelidad, su realismo cordial; cercano, pero nunca al precio de revestirse de libreas que no eran las suyas. Estaba muy asentado en su vocación; eso le permitió, cuando vinieron los años en que las aguas estaban agitadas, transitar sin naufragar por los diferentes triángulos de las Bermudas.
De trato fácil, era hábil y bondadoso, pero crítico. En sus apreciaciones no solía faltar una pizca de picardía. Listo, trabajador, fiel y discreto, “conocedor de lo que hay en el hombre” (Jn 2,25). Supo moverse con soltura y tomar distancia de las tensiones ideológicas de los años sesenta y setenta. Eso salvó su vocación. Tenía un sentido común fuera de lo común. Le gustaban los refranes y sentencias a los que recurría una y otra vez de manera atinada para fijar criterios. Por decirlo con uno de sus dichos, “no necesitaba ninguna escalera para llegar al suelo”. Sus pies estaban siempre tocando tierra.
En septiembre de 1963 entró en el noviciado de Vilagarcía de Campos (Valladolid). Sus seis primeros años de jesuita fueron los clásicos de las grandes casas de formación anteriores al Concilio: dos años en el noviciado de Villagarcía, dos años de Humanidades en Salamanca y dos años de Filosofía en Alcalá de Henares.
En esos años el Concilio Vaticano II (1962-1965) había generado una ola de entusiasmo y un horizonte que invitaba al "aggiornamento”, a la innovación y a la reconciliación de la Iglesia con el mundo moderno. A partir de entonces nada iba a ser como venía siendo. Las estructuras de formación en grandes casas distantes de la vida cotidiana de la sociedad entraron en crisis. Juanjo y otros compañeros pasaron a cursar la teología en la Universidad Comillas trasladada a Madrid. Vivían “insertándose” -
otra gran palabra de aquel tiempo – y colaborando en El Pozo del Tío Raimundo. El P. Llanos era allí el polo de atracción de todas las miradas y de todos los oídos. Pero también residían y trabajaban allí otros jesuitas como Jaime García Escudero, Agustín Drake, Jaime Garralda... Los jesuitas del Pozo llegaron a tener encomendadas tres parroquias en la zona.
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