Semblanza del H. José Alberni Padilla

“¡Ser Diácono es tener el don y la responsabilidad de transparentar la acción permanente de Dios, que nunca se desentiende de la humanidad frágil; es un camino para disponerse por entero a la misión de la Iglesia y ser testigo en el mundo del amor de Dios!” Así describe la Formación del jesuita VII, la etapa del Diaconado en la Compañía de Jesús. No es frecuente entre nosotros la figura del Diácono permanente, pero si hay algún rasgo que describa al H. José Alberni es el haber sido ordenado como Diaconado de la Iglesia de Dios. Pepe, que terminado el servicio militar había entrado en la Compañía de Jesús en Córdoba (1959), después de pronunciar los Votos religiosos como Hermano jesuita, fue ordenado Diácono en Las Palmas de Gran Canaria por el Obispo D. Ramón Echarren en 1979. Su vida la ha “gastado y desgastado” en la enseñanza en el colegio de San Ignacio en Las Palmas de Gran Canaria, en la Parroquias de San Agustín y San Pelagio en las Palmas y Córdoba, y en los últimos años en la Residencia de Málaga.

Como Diácono permanente animaba las Eucaristías con el canto, -le gustaba mucho cantar con una potente voz conservada hasta el final-, y sobre todo en ser “testigo del amor de Dios” en la preparación de parejas al Matrimonio. Al jubilarse, después de casi cuarenta años en el Colegio de San Ignacio, donde compaginó la enseñanza en el Colegio con la ayuda a la Parroquia, fue destinado a Córdoba a la Parroquia de San Pelagio, encargada a la Compañía de Jesús. Tenía una gran habilidad para entretener a los pequeños; durante sus años en estancia en Canarias llevaba las clases de Religión y de Música. Aquí en la Residencia del Sagrado Corazón de Málaga, donde fue destinado al dejar la Compañía la parroquia cordobesa, aún conservaba un conjunto de marionetas; mis sobrinos nietos, cuando han conocido su fallecimiento recordaban, que al venir a nuestra Iglesia cuando eran pequeños, el H. José les enseñaba cómo bailaban sus amigos de cuerda y madera.

A los cuarenta y tres años, sintió una fuerte llamada al servicio ministerial, así hablaba de su ordenación como Diácono y descubrió un camino, un tanto virgen, el diaconado permanente en la Compañía de Jesús. Cuando llegó a la Residencia de Málaga el año 2011 recibió el encargo de animar la liturgia del Templo y de organizar las bodas en nuestra Iglesia. Se sentía plenamente realizado en la tarea de recibir a los novios, explicarles la ceremonia, llamarlos por teléfono, atender a los padres de los contrayentes, facilitarles el permiso de entrada con carruajes hasta el atrio (la Iglesia se encuentra en zona peatonal) y sobre todo hablar con los novios. ¡Cuántas veces le hemos visto serenar los nervios de las novias! Él mismo muchas veces presidía la celebración; le llamaban “el Diácono del amor”.

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