Testimonio: Urbano Valero SJ
Hace ahora 72 años, a mis tiernos quince (entonces, sin ser lo más corriente, podía suceder), en la tarde calurosa de un 2 de agosto, cruzaba yo por primera vez el portón de la casa en que actualmente vivo (Colegio de San Estanislao, Salamanca), -“La Casona” la llaman algunos-, con el deseo definido y firme, se suponía, “de vivir y morir en el Señor con esta y en esta Compañía de Jesús, nuestro Criador y Señor”. Afortunadamente, iba a tener por delante 17 largos años de formación jesuítica, la de aquel tiempo, estructurada y reglada hasta el último detalle, pero rica y de efectos profundos y duraderos, para esclarecer y confirmar aquel deseo inicial de adolescente, hasta poder ser admitido, “en modo más intrínseco, como miembro del mismo cuerpo de la Compañía”. Estoy muy agradecido a esta por todos aquellos años de aprendizaje y crecimiento.
Bajo este signo de redescubrimiento, renovación y reformulación del ser y hacer de la Compañía en el mundo de hoy se ha desarrollado toda mi vida de jesuita. La he vivido con paz e ilusión crecientes, sintiendo progresivamente que ella era mi lugar en la vida, mi “camino hacia Dios”, que diría San Ignacio. Nunca hubiera podido imaginarme anticipadamente su desarrollo concreto, imprevisible y sorprendente; pero siempre he experimentado que era Dios quien guiaba mis pasos (por lo menos, los largos).
Si tuviera que entresacar algunos momentos u ocupaciones especialmente gratificantes, escogería estos tres: la inmersión muy a fondo en los documentos institucionales de la Compañía (Constituciones y Congregaciones Generales) en cumplimiento del encargo recibido de ponerlos al día y hacerlos accesibles los jesuitas de hoy; la comunicación posterior a no pocos de ellos de los conocimientos recabados en esa tarea; y la posibilidad de que estoy disfrutando ahora, en mi retiro como jubilado, de escribir y difundir algo de que he logrado aprender sobre espiritualidad ignaciana y vida religiosa, en general, y la ayuda que con ello puedo prestar, según parece, a otros y otras en estos campos. Todo sea para mayor gloria de Dios.
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