Publicado: Lunes, 14 Marzo 2016

Desvelando talentos en Tanzania. Carta de Joan Morera

Joan Morera, jesuita que se encuentra desde hace algunos meses en Tanzania, comparte a través de esta carta sus últimas experiencias, entorno a la actividad que está desarrollando como educador. Sus palabras y la narración de la realidad que está viviendo sugieren reflexiones, retos, inquietudes e ilusiones sobre la educación y la cooperación internacional.

Queridos amigos y amigas,

Tras un largo silencio, os saludo desde este rincón del mundo donde el presente tiene siempre más peso que el futuro o el pasado. En la escuela el tiempo ha trotado veloz, compartiendo actividades y clases, y personalmente he vivido una gincana cuaresmal de enfermedades (amebas, dos fiebres tifoideas y un resfriado) que me han hecho redescubrir el valor de la calidad por encima de la cantidad, y cómo encontrar a Dios desde la fragilidad. 

Problemas, angustias e ilusiones

Una de las experiencias más intensas y llenas de retos la estoy viviendo como tutor de curso en Form 1D: aquí representa ser el educador inmediato en todos los ámbitos de crecimiento personal, humano y académico de estos 41 niños y niñas, un ejercicio de paternidad que me ha adentrado de una manera única en sus problemas familiares, angustias e ilusiones. Un buen número de ellos vienen de escuelas donde el swahili era la única lengua, por lo que ahora sufren más nuestra política de sólo-inglés, una dolorosa poda que pretende darles un futuro mucho más fructífero.

Otros (o los mismos) viven problemas económicos severos, como uno que rompió a llorar cuando pregunté por su familia, y desahogó en swahili sus problemas financieros y lingüísticos, temeroso de ser expulsado de la escuela. O como la tía de uno de ellos, que vino a verme con una lista de minúsculos plazos de pago cada mes, asegurando que la madre del niño estaba muriendo de SIDA y que su padre había desaparecido hacía tiempo. Son niños y niñas llenos de un potencial escondido, enorme. Dios hablaba en sus preciosas cartas que me enviaban cuando yo estaba enfermo, orando por mí y deseando que curara.

Talentos tecnológicos

Una prueba de este potencial lo hemos contemplado en el Loyola Innovative Technology Exhibition (LITE), una espectacular muestra-competición de los talentos tecnológicos de alumnos y ex-alumnos de la escuela. Quizás cuando imaginamos como ayudar a los niños africanos nos viene a la cabeza la asistencia alimentaria a los más hambrientos, pero pocas veces una inversión en tecnología para programar aplicaciones útiles en el día a día, o para conectarse a un universo de conocimiento que los asegure futuro. Algunos de vosotros, que nos estáis financiando este paso, entendéis bien de qué hablo: lo primero, dar pescado, es muy necesario; pero sin «comprar una caña» y enseñar a pescar, desarrollando y capacitando a cada uno según sus dones, no podrían tener un futuro digno.

Aquí en la escuela, una hermana india ha inspirado a generaciones de alumnos para dar lo mejor de sí en esta exhibición: mini-detectores de humedad para activar el sistema de regadío de una plantación; sensores diseñados para generar mensajes auditivos a los ciegos según la distancia de colisión; software para enseñar interactivamente a estudiantes de secundaria los contenidos de matemáticas, o para gestionar universidades enteras; una aplicación móvil para apagar las luces de casa a través de internet, en caso de olvido; o incluso un dron a control remoto y con autonomía de 2 km para monitorizar parques naturales, plantaciones o carreteras, son algunas de las fabulosas ideas que estos chicos y chicas (algunos ya en la universidad o fundando pequeñas empresas propias) compartieron por construir una Tanzania mejor.

Otro tipo de educación es posible

Otro momento especial fue el receso anual de profesores que me encargaron organizar, un rato especial de inmersión ignaciana donde cada uno estaba llamado a superar la mediocridad del «sobrevivir» en la escuela, para apostar por estrategias de educación y de autodonación a los alumnos siempre mayores. Tristemente omnipresente en gran parte de la educación tanzana, el bastón como método de castigo es un elemento aquí cotidiano y que nos escandaliza a todos. Convencido, con algunos profesores, que otro tipo de educación es posible, alentamos métodos de escucha como un buzón, para encontrar la raíz de los problemas.

No podemos pretender cambiarlo todo de golpe, pero los estudiantes entienden perfectamente el lenguaje de autodonación, mucho más fuerte que el del miedo. Y aprenderán especialmente una lección: la pequeña Mulhat, una niña de mi clase, me dijo un día en el pasillo que la pegaban y menospreciaban porque no tenía fuerza. Esa misma tarde, a través de un cortometraje y trabajo por grupos, ellos mismos terminaron contando unos a otros como la fuerza interior, que sale del corazón, es más potente que todos los músculos y las armas. Como decía San Pablo (2 Co 12,10), el auténtico poder viene en la fragilidad.

Joan Morera

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