Testimonio Diego Alonso Lasheras SJ
Ser profesor de la Universidad Gregoriana en Roma es adentrarse en un viaje que te lleva a recorrer todo el mundo sin dejar el aula y a procurar acercarte y hacer tuyas las preocupaciones de alumnos, literalmente, de todo el mundo.
Vivir como jesuita en sitios tan diversos, el contacto con todo el mundo en las aulas y en los pasillos de la Universidad y en la misma comunidad de jesuitas donde vives, te enseña lo verdaderamente católica que es la Iglesia. Ciertamente la realidad de la Iglesia española es una parte muy chiquita de lo que es la Iglesia Católica. Los esquemas necesarios para comprender la realidad y para actuar con los que uno se maneja hay que revisarlos constantemente, purificándolos, ensanchándolos, profundizándolos. En el noviciado el maestro de novicios nos decía y nos repetía que uno no entraba en una provincia concreta sino en la Compañía universal; en mis años en Roma he podido comprobar la hondura de esta afirmación. Mi preparación me ha llevado a cambiar de casa, país, continente y lengua numerosas veces. En mis primeros 20 años de jesuita, he formado parte de nueve comunidades diferentes y residido periodos de al menos un mes en otras 10, lo que te obliga a vivir muy de veras como compañero de Jesús, el único con el que coincides en todas las comunidades. Al mismo tiempo cambiar de país, provincia, continente y lengua te obliga a despojarte de lo que eres. No solamente corrige lo que pueden ser prejuicios o estereotipos, sino que te obliga a despojarte de tu lengua, que es madre, y expresarte en otro idioma en el que eres más débil y más pobre; te obliga a despojarte de la memoria gastronómica que somos cada uno de nosotros; te obliga a despojarte de los recuerdos que compartes con quienes te han acompañado en los primeros momentos de tu vida y a acoger los recuerdos de otros; te obliga a reconocer que es mucho más lo que no sabes y conoces que lo que controlas y dominas.
Ser profesor en la Gregoriana es vivir que nuestra disponibilidad apostólica va ligada al voto de castidad y de pobreza y que seguir al Señor es salir constantemente de la zona de confort, para ser cada día más de Cristo y como él. Es comprender que la diáspora es el único modo de vida del cristiano.
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