Publicado: Domingo, 31 Julio 2016

Volver a sentir la mirada del Señor

La tercera probación recibe muchos nombres. La llamamos habitualmente la “escuela del afecto”. Como es sabido, es la última etapa de formación de la Compañía de Jesús. Un tiempo de volver a la raíz, un tiempo tranquilo de lectura, oración, de volver a las fuentes de la Espiritualidad Ignaciana y de la propia vocación, de recorrer con el Señor un tiempo largo (15 años de media) de vida de Compañía. Se podría decir que es un volver al taller para reajustar las cosas que en el día a día del seguimiento se han desajustado, un volver a centrar la brújula en el Señor Resucitado. Y es eso, y mucho más. Es un tiempo de disponerse para que el Señor renueve la llamada, sane, anime, reoriente, impulse, convierta… y haga lo que Dios quiera.

En la Tercera Probación de Salamanca hemos sido seis tercerones (Domingo García Romero, de Cuba;  Plinio Martins, de Timor del Este;  Wiggert Molenaar, de Países Bajos; Álvaro Pereira y Ponciano Petri, de  Brasil; y José Mª Segura, de España) con Antonio Guillén de instructor. En la web de la provincia hemos ido contando nuestros andares de este tiempo: cursos de formación en Historia de la Compañía, Constituciones, Espiritualidad Ignaciana y la repetición del mes de Ejercicios en Loyola como parte central de este tiempo.

Pero yendo a lo que se me pide, ¿cuál ha sido mi experiencia de la Tercera Probación?

Para mí ha sido un tiempo de gracia. De presencia tranquila del Señor, de confirmación suave, de una brisa constante y refrescante, de reafirmar llamadas previas y de llamadas nuevas sorprendentes. Alguien me dijo una vez que la Tercera Probación era como vivir la segunda llamada de Pedro, ese encuentro en Tiberiades en que el Señor “examina” a Pedro sobre el amor. Ese encuentro con la mirada de Jesús que salva a Pedro y funda la Iglesia. Esa mirada que sana y re-envía, re-crea. Que restaura y lanza a la misión. Ese Encuentro de Pedro con su realidad más honda, con sus deseos y su fragilidad, ¡con la fragilidad de sus deseos! Pero en Cristo, en su presencia amorosa, en su perdón, en su amor sanador y restaurador. Diría que esa ha sido para mí la vivencia más honda de este tiempo: sentir la mirada del Señor sobre ese Pedro que ya sabe que él sólo no puede, que quiere y desea, pero que ahora sabe de verdad que es el Señor quien lo hará, porque mirando hacia atrás cae en la cuenta de que es el Señor quien lo ha ido haciendo. La Tercera Probación es también una comunidad, que hace las veces de Juan y te ayuda a caer en la cuenta de que: “Era el Señor”. Ahora el tercerón lo ha vivido, experimentado, tocado, saboreado, ahora LO SABE (como en “El Seguimiento derrotado” de J.A. Guerrero). Y Jesús, que también lo sabe, que siempre lo ha sabido pero que desde siempre ha soñado a un Pedro mas liberado, se ríe, se sonríe con todo su ser, y esa sonrisa abraza a nuestro Pedro tercerón  y lo restaura, y le ayuda a decir: “Contigo me la juego” enlo que haga falta… porque ese “Contigo me la juego” es lo que ha ido oyendo del Señor todos estos años.  Y así Pedro, que se había puesto en la cabecera de la cama “anduve sobre las aguas, anduve sobre las aguas, anduve sobre las aguas… y volveré a hacerlo con tal de no apartar de El mis ojos” cae en la cuenta ¡liberado! de que es Jesús el que no aparta la mirada de él, hasta cuando Pedro no mira. Como dice Santa Teresa de Jesús “Dios está en todas partes, pero quien hace oración se da cuenta de que Él le mira”.  Y la cito, porque Santa Teresa ha sido uno de los grandes regalos de esta tercera probación.

En este tiempo de volver a las fuentes, a vibrar con la pasión por la misión de los primeros compañeros, con sus discernimientos, con su deseo de vivir al aire del Espíritu, de redescubrir al Ignacio más místico y más profético… se ha colado Santa Teresa con sus escritos tan vivos y tan profundos. Ha sido uno de los regalos inesperados de este tiempo. Y un regalo que ha germinado en la última fase de este año de la Tercera Probación, mi estancia en Ayacucho (Perú).

Terminado el tiempo de la Tercera Probación en Salamanca, el Espíritu Santo, me envió al Centro Loyola de Ayacucho. A conocer una comunidad del Sábado Santo que se entrega “al oficio de consolar”, una comunidad “en salida”, que se prodiga por los caminos de Emaús para servir, formar y acompañar: a Jóvenes Mujeres Líderes, a Trabajadoras Domésticas, a los Desplazados y los Familiares de los Desaparecidos en el conflicto interno, a los Jóvenes en Riesgo, a las Escuelas de Perdón y Reconciliación… y en ese tiempo de acompañar, escuchar, dar charlas, ejercer de cura con misas y confesiones y acompañamientos, todo lo vivido los meses de Salamanca ha germinado. Y así me vi participando de talleres de liderazgo, incidencia política, redes sociales, teología feminista, mística de ojos abiertos. Y, de nuevo, de repente, irrumpió Santa Teresa llevándome a ser confesor de la comunidad del Carmelo “San Francisco de Borja”, una experiencia de crecimiento interior, de poner en juego todas las herramientas e intuiciones vividas en Salamanca y en 15 años de Compañía, de poner el discernimiento de puntillas. Y de rezar mucho: “Señor Jesús, Santa madre Teresa, maestro Ignacio, vosotros veréis dónde nos estamos metiendo”.

Ayacucho ha sido una segunda Tercera Probación, un sentir que el Señor sigue acompañando, que el Señor cumple, que aquello de que el “Es el Señor”, se conjuga en pasado (“¡Era el Señor!”) y en un futuro sostenido por la experiencia y la esperanza (“El Señor será”), El será quien lleve a buen puerto la misión ¡Incluso si se trata de hacer de un activista social como el que suscribe, confesor de sus carmelitas! Al final resulta que Timo, nuestro instructor, tenía razón y que la 5ª Semana está en manos del Señor, como todo lo demás.

Y así uno vuelve a Galilea diciendo con el padre maestro Ignacio “¿A dónde me queréis llevar Señor, dónde me lleváis? Siguiéndoos mi Señor, yo no me podré perder”.  

José María Segura SJ

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