Descubriendo Argelia desde dentro
Este verano he tenido el consuelo de pasar un mes colaborando en la misión de la Compañía en Argelia. El 7 de julio llegamos a Constantina cuatro jóvenes para vivir la experiencia Découverte intérieure de l’Algérie, organizada por los jesuitas de Argel y Constantina. Tras unos días de orientación en Constantina, nos enviaron a trabajar en distintos puntos del país. Uno fue a Batna, pequeña ciudad del este, para colaborar en la parroquia. Otro se quedó en Constantina para colaborar con Damien De Préville SJ en un campamento urbano con chicos del barrio. El tercero fue a Argel, a la Casa de Ejercicios Ben Smen, para colaborar con Christophe Ravanel SJ en un programa de mantenimiento de la casa y el jardín que une a universitarios argelinos y subsaharianos voluntarios.
Mi destino fue la Residencia jesuita del centro de Argel. Trabajaba por las tardes como guía en la hermosa basílica de Nuestra Señora de África. Por las mañanas echaba una mano a Ricardo Jiménez SJ en el Centro Cultural Universitario (CCU) con un curso de español, excursiones y actividades culturales con universitarios argelinos.
Argelia, en general, me ha dado la impresión de ser un país más cerrado y aislado de lo que esperaba. También me ha impresionado profundamente la densidad de juventud en las ciudades visitadas. Muchos jóvenes, pero muy poca actividad: me impresionaba ver grupos de jóvenes simplemente parados en la calle, entre semana, sin hacer gran cosa.
Nada más llegar me hablaron del dégoûtage o desencanto en el que viven muchos jóvenes: lo corroboro. Contrasta con la inocencia de los universitarios. Su actitud frente a la vida, sus aspiraciones y su modo de vivir el ocio son inocentes, sanos: al menos vale para los estudiantes del CCU. Son agradecidos con todas las actividades propuestas, por sencillas que sean (un picnic en la playa, una sesión de guitarra y canciones en el jardín…).
Recogería dos cosas del trabajo y la vida con la población argelina, mayoritariamente musulmana. En primer lugar, la llamada a servir y amar gratuitamente a este pueblo sin esperar productividad: pienso que libera mucho el ejercicio del servicio. En segundo lugar, que el testimonio cristiano de vida (y de palabra cuando a uno le preguntan) pasa en gran medida por la escucha, el silencio, la atención callada al otro, la gratuidad de quien no busca convencer, sino mostrar o exponer con sencillez y alegría.
Ha sido un gozo poder participar de la vida de una Iglesia pequeña y en construcción, pero llena de vida, de evangelio, de posibilidades y de futuro, a pesar de las dificultades reales en las que vive. Qué hermoso es, además, vivir ese encuentro con el Espíritu de Cristo, que actúa fuera de la Iglesia dando alegría, entusiasmo, deseos e ilusiones a los jóvenes, musulmanes, de un país que está en camino de construirse.
Además de manejarse con el francés, un voluntario que vaya allí tiene que tener el deseo de embarcarse sin remilgos en una manera de vivir distinta a la de aquí, deseo de vivir con alegría algunas incomodidades y descubrir en ellas la riqueza de lo genuino.
Como cristiano, el voluntario que vaya a Argelia puede vivir una hermosa experiencia de profundización de su fe. En muchas ocasiones tendrá que dar razones de ella con amabilidad, “con delicadeza y con respeto” (1Pe 3,16), presentando con sencillez lo que uno es, cree y ama, en un diálogo interreligioso cotidiano y sin grandes pretensiones más allá del encuentro con el otro, en ese “toma y daca” de escucha y comprensión.
Manuel Carrasco García-Moreno SJ