Publicado: Martes, 26 Febrero 2019

Apertura de la causa de canonización del Padre Arrupe

Diego Alonso-Lasheras SJ

El 5 de febrero pasado se abría en Roma la causa de canonización del Padre Arrupe. El marco era espectacular. Roma es una ciudad llena de escenarios incomparables para todo tipo de eventos. En este caso se trataba de la Sala de los Pontífices del Palacio de Letrán, también conocida como la Sala de los Pactos, por ser allí donde se firmaron los Pactos lateranenses, casi exactamente 90 años antes del día en que allí nos congregamos. Nos habíamos concretado un grupo no pequeño de jesuitas, religiosas de espiritualidad ignaciana y personas cercanas y afines a la Compañía de Jesús, a las figuras de Ignacio de Loyola y del Padre Arrupe. Estaba el Padre General de la Compañía de Jesús, muchos miembros de la Curia General, un nutrido número de jesuitas en formación y un pequeño grupo de jesuitas que trabajan en Roma, sea en las obras de la Provincia Euromediterránea que en las Casas Interprovinciales de Roma. También estaban algunas autoridades civiles, como la Embajadora de España ante la Santa Sede. La hora no ayudaba mucho a congregar grandes masas, la 4:00 de la tarde de un martes de febrero. Seríamos unos 250, pero en esa sala inmensa parecíamos muy pocos.

No se trataba de un acto litúrgico sino de la apertura de un proceso canónico, y por ello de un acto notarial. Fue un acto sobrio, a pesar del marco en el que se realizaba, de lectura de actas y de firma de declaraciones por parte de los notarios de la Diócesis, del obispo local —  en este caso el cardenal Vicario del Papa para la ciudad de Roma— y del Postulador de la Causa, también Postulador General de la Compañía, el padre Pascual Cebollada. En este sentido, no fue algo emocionante con cantos, gestos cargados de significado y pompa romana. Creo que en su sencillez, le habría gustado al padre Arrupe, que seguramente asiste sorprendido a este primer paso oficial para subirle a los altares.

Se trató, si embargo, de un acto muy significativo. En la tradición de san Ignacio, que tan profundamente vivió el padre Arrupe, se pide a la Iglesia que reconozca la ejemplaridad de vida de Pedro Arrupe Gondra, XXVIII Preposito General dela Compañía de Jesús, que tuvo la tarea, no siempre fácil, de guiar la Compañía en los años inmediatamente posteriores al Concilio Vaticano II. Todos sabemos la devoción por la Iglesia del Padre Arrupe. Muchos recordamos las “fotos oficiales” en las que el Padre Arrupe aparecía arrodillado, recibiendo la bendición del Pablo VI y de Juan Pablo II. Continuando su ejemplo el acto fue un gesto en el que como jesuitas pedimos con humildad a la Iglesia que nos confirme en lo que ya vivimos y experimentamos, que Pedro Arrupe fue un hombre mandado por Dios, un hombre providencial para un tiempo agitado.

Del padre Arrupe aprendimos muchas cosas, pero querría destacar dos que en estos momentos creo que resuenan con el acto y con la actualidad eclesial y mundial. Son dos cosas que nos ayudan a caminar en este momento en que la familia humana y la Iglesia, que acompaña su caminar, viven tiempos tan convulsos. Por un lado del padre Arrupe aprendimos a adentrarnos en el misterio de Dios, un proceso, personal o comunitario, que lleva tiempo, que no es fácil y que supone inmensas renuncias. No en vano, en su discurso a la Congregación General 33 Arrupe dijo: “Toda mi vida, desde mi juventud, he deseado estar en las manos del Señor… hoy es el Señor mismo el que tiene toda la iniciativa. Os aseguro que saberme y sentirme totalmente en sus manos es una experiencia muy profunda.” Dejar que toda la iniciativa venga de Dios es algo en lo que la ejemplaridad de vida del Padre Arrupe nos alienta y nos da fuerza en estos momentos. Esto está muy unido a la segunda cosa que me gustaría destacar, que es poner la esperanza solo en Aquel que da nombre a nuestra Compañía. A pesar de la disminución grande en efectivos, en la Compañía de Jesús podemos seguir experimentando la tentación de poner nuestra confianza en nuestras fuerzas, sean del tipo que sean. El Padre Arrupe no solo fue testigo de un entrañable amor por Jesucristo, sino que nos recordó que sólo en Él podemos poner nuestra esperanza. 

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